¿Qué es vivir con ataques de ansiedad? El trastorno que Pilar busca entender para ser comprendida

Hasta sus 32 años, Pilar se consideró una chica promedio, como las de su edad ahí donde vivía. Pero un día comenzó algo que le cambió su vida, y sigue día a día reconociendo cómo lidiar con la ansiedad crónica que padece, y con la que debe aprender a vivir.

Todo comenzó un día común y cualquiera de mayo, en 2004. Disfrutaba sus vacaciones viendo la tv con su pareja, cuando sintió que su corazón comenzó “a latir desbocado”, le contó Pilar a Verne.

“Tranquila, Pilar, relájate, que todo esto pasará”, pensó para sí, pero su estado era tal fue llevada al hospital. Fue el primer ataque de ansiedad, al que seguirían otros más recurrentes.

Pero en ese momento Pilar no dio atención a ese episodio, pensando que sería algo pasajero,  sin dar importancia a la sugerencia de guardar reposo.

Imagen: Verne| Pilar

Después de 13 años, Pilar dice que le resulta bastante complicado describir un ataque: “quizás sea como un alud de nieve. Empiezas a notar los primeros síntomas y ya no hay refugio que valga”.

Cuando tiene “ataques -y puede ser en cualquier momento, especialmente en los lugares con mucha gente-, todo se suspende”, dice Pilar. “Trato de ser consciente de mi propia situación e intento cambiar el rumbo de mis pensamientos, pero entonces no existe nada más que ese presente angustioso”.

Tampoco estar rodeada de gente le ayuda: “La reacción de quienes te rodean despierta más preocupación. Suena paradójico, pero empiezas a tener miedo al miedo, y el ataque cobra la fuerza de cien tornados”.

“Por mucho que lo intentes, ya no estás en tu cuerpo. Esta es una sensación que se conoce como “despersonalización””, dice Pilar sobre uno de los síntomas de la ansiedad que padece.

Ahogos, taquicardia, temor a la muerte, hormigueo, desamparo, son otros de los síntomas de la ansiedad con los que Pilar lucha desde entonces, y con sus consecuencias como depresión o agorafobia.

Posted by Amtaes on Thursday, April 27, 2017

Y en el camino ha ido encontrando cómo ayudarse ante la ansiedad: “siempre llevo una bolsa para respirar en ella si siento la proximidad de un ataque… Llevar una bolsa… me genera tranquilidad”.

Algo que también le resulta es mantenerse alejada de actividades estresantes, pasear por lugares tranquilos, escuchar música suave o contemplar el mar, cuando la agorafobia o el miedo al exterior no la dominan.

Para Pilar sufrir de ansiedad es una lucha constante para sobreponerse. ”Llega un momento en que cada ataque es una lucha atroz entre el cuerpo y la mente. Y, después de sufrirlos, me encuentro tremendamente desgastada, arrasada”.

Y también una lucha en su vida social. La gente no conoce ni entiende su situación, y el dolor del estigma es aún mayor, “me duele cada vez que escucho la palabra “loca”. Es una etiqueta estéril e hiriente que desdeña las profundas razones de nuestros trastornos”.

Sin sentirse en confianza para hablar de su ansiedad, la ayuda que puede recibir es limitada, “las herramientas de la salud pública aún son precarias. En los centros de salud no hay psicólogos de cabecera. Y, cuando te derivan a los especialistas, las consultas están demasiado espaciadas como para resolver eficazmente los problemas”.

Pero no todo es oscuridad, Pilar dice, “mi gran descubrimiento y esperanza han sido las asociaciones como Amtaes, un ejemplo de ayuda mutua” contra trastornos de ansiedad, donde ha encontrado comprensión y la compañía de su actual pareja, un “fóbico social”, dice ella.

“Ni un solo día de mi vida he dejado de luchar por aceptar mi situación, por encontrar las herramientas que hagan más llevadera mi existencia. Y creo que he avanzado mucho”, termina diciendo Pilar.

Imagen principal alusiva: Captura de pantalla| YouTube  

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