Opinión

Los oscuros orígenes del comunismo: Parte 3 de 3

Cómo la ideología comunista fue formada por el oscuro ocultismo, el ateísmo y las sociedades de revolución violenta

Los oscuros orígenes del comunismo: Parte 3 de 3
Una pintura del siglo XVIII presenta los horrores del Reinado del Terror de la Revolución Francesa, la cual se representa como una escena en el Infierno. (Nicolas-Antoine Taunay, "Le Triomphe de la Guillotine")
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Lea la segunda parte aquí.

La Revolución Francesa de 1789 a 1799 tuvo una gran influencia en Karl Marx y en los orígenes del comunismo. Hemos escrito anteriormente sobre Graco Babeuf, considerado como el primer comunista revolucionario, y su influencia directa en Marx; y también hemos escrito sobre Maximiliano Robespierre, cuyo violento Reinado del Terror tuvo una fuerte influencia tanto en Babeuf como en Vladimir Lenin.

Pero, ¿cuáles fueron las ideas que incitaron a Robespierre a iniciar su Reino del Terror? ¿Cuál era el ambiente que inspiraría el odio ateísta detrás del movimiento de descristianización de la Revolución Francesa? ¿Y qué fue lo que inspiró las revueltas revolucionarias que continuarían en los siglos XIX y XX?

Para entender esto, necesitamos mirar el ambiente cultural y filosófico de Europa en la época de la Revolución Francesa.

Religión y Política

El comunismo surgió de una época en la que todo estaba siendo reconsiderado, y a mediados y finales de los 1700s fue una época de cambios masivos tanto religiosos como políticos.

El crecimiento del protestantismo condujo al Primer Gran Despertar en las décadas de 1730 y 1740, y capturó a muchos que estaban insatisfechos dentro de la Iglesia Católica. Asimismo, la Revolución Americana entre 1775 y 1783 demostró que había una alternativa al gobierno de los reyes.

La gente llegó a creer que podían vivir una vida independiente de las jerarquías existentes y buscaron nuevas ideas y alternativas a los sistemas religiosos y políticos predominantes. Sin embargo, los caminos políticos que Europa inevitablemente tomó, fueron opuestos a los de Estados Unidos.

El nuevo sistema americano intentó crear libertades personales al limitar el gobierno. Permitió a las personas construir riqueza y elegir cómo vivir sus vidas con una mayor concesión por el libre albedrío.

Los sistemas europeos emergentes pretendían despojar al individuo de adherirse a las tradiciones, para reemplazar la práctica de la fe individual por las creencias patrocinadas por el estado y así comenzar a jugar con la idea de lograr la igualdad a través de la redistribución estatal. Pronto encontrarían que estos objetivos sólo eran posibles a través de un sistema totalitario que pudiera forzar su voluntad sobre el individuo.

Pocos años después de la revolución bolchevique de Lenin en Rusia, el famoso ensayista G.K. Chesterton escribió el 21 de marzo de 1925, que los nuevos sistemas comunistas “no se rebelan contra una tiranía anormal; se están rebelando contra lo que creen es una tiranía normal: la tiranía de lo normal”.

“No están en rebelión contra el rey”, escribió. “Están en rebelión contra el ciudadano”.

Una ilustración de British ilustrador de libros EJ Sullivan de “La Revolución Francesa: una historia”, escrito en 1837 por Thomas Carlyle.

Una ilustración de British ilustrador de libros EJ Sullivan de “La Revolución Francesa: una historia”, escrito en 1837 por Thomas Carlyle.

El autor Michael Walsh escribió en su libro “El Palacio del Placer del Diablo” que estos problemas persisten en las sociedades occidentales modernas y “se encuentran casi enteramente en nuestro rechazo al mito, la leyenda y a la religión como “anticientífico” y por nuestra aceptación a un “proceso” estéril para entregar soluciones a los males del mundo”.

El comunismo no es sólo un movimiento político, sino también una ideología con su propio sentido de estructura moral y lealtad. Walsh escribe: “Durante la Guerra Fría, los críticos de occidente señalaron que la Unión Soviética y su doctrina del marxismo-leninismo solo parecían una nueva religión”.

Señala que esta “nueva religión” del comunismo refleja las estructuras de las religiones tradicionales, con su propia “escritura” en los escritos de Marx y Engels, con sus líderes erigidos como “profetas” del sistema y con una casta clerical en el comité del Politburó y con apologistas comunistas en el Occidente.

Para comprender la naturaleza oculta y violentamente antirreligiosa de esta nueva religión, es importante comprender el entorno ideológico del que surgió.

Sociedades secretas

Si bien la historia del Iluminismo ha sido desafortunadamente ensombrecida por las teorías de la conspiración y la ficción popular, realmente había iluminados y su papel en influir en las modernas ideologías del comunismo no puede pasarse por alto.

Leon Trotsky, líder del Partido Comunista de Rusia junto a Lenin, señaló la importancia de esto en su autobiografía de 1930, “Mi Vida”.

Trotsky escribió: “En el siglo XVIII, la francmasonería se convirtió en expresión de una política militante de iluminación, como en el caso de los iluminados, que fueron los precursores de la revolución”.

Señaló que aquellos a la izquierda de los iluminados (Illuminati) “culminaron en el Carbonari”, refiriéndose a las sociedades revolucionarias secretas de Carbonari en Italia. Estas sociedades fueron prominentes durante las guerras napoleónicas y en parte se atribuyeron la difusión de ideas socialistas.

Un retrato de León Trotsky, un líder del Partido Comunista junto a Vladimir Lenin, y uno de los siete miembros del primer Politburó. (La revolución bolchevique rusa, 1921)

Un retrato de León Trotsky, un líder del Partido Comunista junto a Vladimir Lenin, y uno de los siete miembros del primer Politburó. (La revolución bolchevique rusa, 1921)

El iluminismo estaba entre las muchas filosofías ocultas de la época, que tuvo influencias de los antiguos sistemas de creencias del gnosticismo y el hermetismo. Se basaba en una idea imprecisa de la iluminación personal a través de la razón, con un gran énfasis en el materialismo y la naturaleza del hombre y a menudo con fuertes matices antirreligiosos y anti-gubernamentales.

La Orden de los Iluminados fue una de las instituciones más influyentes de la filosofía y fue fundada por el revolucionario ocultista Adam Weishaupt en Baviera en 1776. Su organización era conocida por sus numerosos escritos que pedían el derrocamiento de la religión y el gobierno y su batalla ideológica con Los Rosacruces, otra secta oculta que era popular en ese momento.

Sin embargo, la orden de Weishaupt no duró mucho. En 1786, el elector de Baviera, Charles Theodore, prohibió todas las sociedades secretas y se apoderó de la correspondencia y los escritos de Weishaupt y de sus seguidores. Posteriormente, el gobierno publicaría estos informes para incriminar aún más a los grupos de conspiradores que trataban de derrocar a los gobiernos de Europa.

El abad Augustin Barruel, un sacerdote jesuita francés, escribió en su libro de 1797 “Memorias ilustrando la historia del jacobinismo” que las ideas de Weishaupt fueron llevadas a cabo más tarde por los clubes jacobinos, el grupo detrás del Reinado del Terror en la Revolución francesa de la cual Robespierre y Babeuf eran miembros.

Un retrato de Adán Weishaupt (1748-1830), fundador de La Orden de los Iluminados de Baviera en 1776. (Kupferstich nach C. K. Mansinger von 1799, Punktierstich de Johann Friedrich Rossmässler, vía Wikimedia Commons)

Un retrato de Adán Weishaupt (1748-1830), fundador de La Orden de los Iluminados de Baviera en 1776. (Kupferstich nach C. K. Mansinger von 1799, Punktierstich de Johann Friedrich Rossmässler, vía Wikimedia Commons)

Barruel escribió que los jacobinos predicaban la idea de que “todos los hombres eran iguales y libres”, pero que en nombre de la igualdad y la libertad “, pisoteaban bajo sus pies el altar y el trono; estimulaban a todas las naciones a rebelarse y apuntaban a sumergirlas finalmente en los horrores de la anarquía”. El mismo Weishaupt pidió la abolición de todo gobierno ordenado, herencia, propiedad privada, patriotismo, familia y religión. En los escritos de Weishaupt, podemos encontrar muchas de las mismas creencias básicas predicadas por Marx.

Weishaupt también desarrolló la idea de las etapas de la civilización, más tarde reflejada por Marx en su teoría de las seis etapas de la sociedad, con el comunismo siendo la etapa final. Bajo los líderes comunistas que seguirían, su creencia de que sus ideas eran utópicas fue utilizada para justificar la destrucción de todas las demás tradiciones y creencias.

La historiadora sobre el ocultismo Nesta Webster escribió en su libro de 1924 “Sociedades secretas y los movimientos subversivos” que ni la Revolución Francesa ni la Revolución bolchevique surgieron de las meras condiciones de su tiempo o de las enseñanzas directas de sus líderes.

Ella escribió: “Ambas fueron producidas por fuerzas que, aprovechando el sufrimiento o el descontento popular, habían estado juntando fuerzas durante un largo tiempo, no sólo para arremeter contra el cristianismo, sino contra toda la sociedad y el orden moral”.

Oscuro ocultismo

Había discusiones populares sobre la naturaleza de la religión y la política en Francia en la época de la Revolución Francesa, y sobre esto, todas las ideologías de Europa y del extranjero estaban siendo observadas y discutidas.

Muchos franceses comenzaron a cuestionar a la iglesia, con sus dudas alimentadas en parte por el intento de la iglesia de suprimir la duda, particularmente bajo la Inquisición, que continuó procesando herejes hasta 1834 en España. En los debates sobre la religión, los franceses comenzaron a abandonar el catolicismo por otras variantes del cristianismo y también se volcaron a muchas creencias ocultas oscuras.

Las ideologías de la época fueron influenciadas por el hermetismo, así como sectas oscuras ocultas del gnosticismo. Los cultos gnósticos a menudo incorporaban partes del cristianismo y de otras creencias, y se oponían en gran medida al orden moral cristiano. Sus creencias básicas desempeñaron un papel clave en la formación de las filosofías morales en la Revolución Francesa.

Algunas de estas creencias eran más directas en su naturaleza. La secta gnóstica llamada los Cainitas, por ejemplo, presionó por una rebelión directa contra el orden moral, y llamó a los seguidores a destruir la creencia en los Dioses y a comprometerse directamente en el pecado.

Otros tomaron un camino menos directo y enmascararon su naturaleza con un velo de razón. La secta conocida como los Carpocratianos, por ejemplo, negó la divinidad de Jesús y creyó que no debían ser sujetos a las leyes o a la moral, cosas que consideraban como construcciones humanas.

Jacques Matter, autor en siglo XIX de la historia eclesiástica, escribió sobre los Carpocratianos en su libro “Histoire Critique du Gnosticisme” de 1828, señalando que la secta se opuso a la religión y que sus seguidores creían que el abandono de las restricciones los hacía iguales a Dios.

Su creencia en la naturaleza humana, más que en las aspiraciones morales, era algo que reflejaba las ideologías materialistas que el comunismo adoptaría más tarde. Fue la idea de que si la naturaleza tiene superioridad, todo lo que brota de la naturaleza humana es entonces correcto, incluyendo cualquier crimen y cualquier pecado.

Ateísmo militante

El autor e historiador ruso Alexander Solzhenitsyn dijo en su discurso de 1983 Templeton, que “dentro del sistema filosófico de Marx y Lenin, y en el centro de su psicología, el odio a Dios es la principal fuerza impulsora, más fundamental que todas sus pretensiones políticas y económicas”.

Agregó, “El ateísmo militante no es meramente incidental o marginal a la política comunista; no es un efecto secundario, sino el eje central”.

Todo esto vuelve a las raíces de la ideología comunista: la promoción de la naturaleza humana por encima de las aspiraciones divinas y la destrucción de la moral.

Y esta deificación de la naturaleza humana fue un elemento clave en las filosofías sociales e instituciones ocultas de la Revolución Francesa.

La primera religión estatal de la Revolución Francesa, el Culto a la Razón, llevaba el mismo fervor antirreligioso y deificaba el concepto de la “razón” humana en lugar de una creencia en lo divino. Con esto, Jacques Hébert y sus seguidores “Hébertistas” llevaron a cabo el movimiento de descristianización para calumniar y destruir el cristianismo.

Parte de la obsesión anticristiana bajo el Culto de la Razón puede atribuirse a la prevalencia de las enseñanzas de Voltaire, un filósofo influyente de la época.

Un retrato de François-Marie Arouet (1694-1778), conocido como Voltaire, un filósofo y escritor anti-religioso de la Iluminación Francesa. (Taller de Nicolas de Largillière, vía Wikimedia Commons)

Un retrato de François-Marie Arouet (1694-1778), conocido como Voltaire, un filósofo y escritor anti-religioso de la Iluminación Francesa. (Taller de Nicolas de Largillière, vía Wikimedia Commons)

En sus cartas, Voltaire se refirió frecuentemente a los cristianos y Cristo como “el desgraciado”, y frecuentemente llamó a “aplastar al desgraciado”. Instó a uno de sus seguidores clave, Jean-Baptiste le Rond d’Alembert, a realizar esto usando una táctica que llamó “golpea pero oculta tu mano”.

En una carta de 1765 escribió: “La victoria nos está anunciando por todos lados, y puedo asegurarles que pronto, ninguno más que el populacho seguirá el estándar de nuestros enemigos, y condenamos igualmente a ese populacho, ya sea para nosotros o contra nosotros”. Y en una carta de 1768, escribió que el” monstruo “de la religión” debe caer, perforada por cien manos invisibles; sí, que caiga bajo mil repetidos golpes.

John Robinson, el primer secretario general de la Royal Society de Edimburgo en 1783, escribió sobre los conspiradores detrás de la Revolución Francesa en su obra de 1797 “Pruebas de una Conspiración”, y señaló los efectos de Voltaire.

Robinson escribió que el “proyecto predilecto” de Voltaire y sus seguidores era “destruir el cristianismo y toda la religión, y lograr un cambio total de gobierno”. Escribió que Voltaire adoptó el enfoque de la influencia ideológica y produjo en masa escritos “igualmente calculados para inflamar los apetitos sensuales de los hombres y para pervertir sus juicios”.

Solzhenitsyn creía que este concepto está en la raíz de muchos males que el mundo ha presenciado bajo el comunismo. Él dijo: “Las debilidades de la conciencia humana, privadas de su dimensión divina, han sido un factor determinante en todos los crímenes más grandes de este siglo”.

Cuando la gente pierde el sentido de responsabilidad moral, y cuando la razón humana, con una voluntad y deseos sin restricción como base, se convierten en el único fundamento para comprender el bien del mal, ¿qué motiva entonces a la gente a elegir el bien sobre el mal? Solzhenitsyn señaló que esto era una brecha fundamental dentro de la ideología comunista.

“Cuando los derechos externos no tienen restricción, ¿por qué debería uno hacer un esfuerzo interno para contenerse de actos innobles?”, dijo. “¿O por qué debe uno abstenerse de darle rienda suelta al odio, cualquiera que sea su base-raza, clase o ideología? Tal odio está de hecho destruyendo muchos corazones hoy. Los maestros ateos en occidente están criando a una generación más joven con un espíritu de odio hacia su propia sociedad”.

‘Virtud’ social

Una fuente ideológica similar fue encontrada en las enseñanzas de Jean-Jacques Rousseau, un filósofo político que fue una gran influencia en la Revolución Francesa y el socialismo moderno.

Similar a las sectas gnósticas, Rousseau sostuvo que el carácter y la identidad se formaron postnatalmente, y predicó una “virtuosa” nueva visión social que creía que acercaría a la gente a la naturaleza humana desenfrenada.

Entre sus libros clave estaba “El Contrato Social” publicado en 1762. El libro contiene las teorías de Rousseau sobre cómo establecer una sociedad política, que tenía como objetivo liberar a la gente de su concepto de esclavitud haciendo que todos renunciaran igualmente a sus derechos.

Robespierre fue fuertemente influenciado por Rousseau, aunque la creencia de Robespierre en el uso del terror no se encuentra en el pensamiento de Rousseau.

Entre las otras creencias principales de lo Iluminados se encontraba el deísmo, una creencia fundamental en el Culto del Ser Supremo de Robespierre y una religión filosófica que creía que el universo era razonable y podía ser comprendido por una razón humana sin ser asistida. Mientras que el deísmo no llegó tan lejos como el ateísmo, su moral se centró en el hombre más que en lo divino.

Detrás de todas estas creencias había un cambio en el pensamiento religioso. Se buscaría una “razón” personal en lugar de la fe y la creencia tradicional. De esto surgió un nuevo concepto de la deificación del hombre, y una tolerancia a todos los males que surgen del desenfrenado deseo humano.

Éliphas Lévi, el principal ocultista francés del siglo XIX, explicó la naturaleza de algunas de estas sectas en su libro “Histoire de la Magie” de 1860. Se refirió a ellos como “rebeldes al orden jerárquico” y dijo que en lugar de la sobriedad moral de la religión tradicional, buscaban “pasiones sensuales” y “libertinaje”, lo cual alimentaba su deseo de destruir toda jerarquía social, incluso hasta la misma estructura familiar.

Nesta Webster escribió que estas sectas tenían dos enfoques: lo esotérico y lo político. Utilizaron la perversión para atar a los hombres a un sistema, que luego actuó para “oscurecer todas las ideas reconocidas de moralidad y religión”.

Los escritos de Marx y Friedrich Engels reflejarían esta apreciación. En el “Manifiesto comunista” dijeron que su nuevo sistema “abolía toda religión y toda moralidad”.

Solzhenitsyn dijo que antes de la revolución comunista en Rusia, “La fe era la fuerza formadora y unificadora de la nación”, y la cultura religiosa era la base moral que mantenía unida a la sociedad.

Dijo que cuando era niño, “recuerdo haber escuchado a un número de personas mayores ofrecer la siguiente explicación de los grandes desastres que habían sucedido en Rusia: Los hombres se han olvidado de Dios; por eso ha sucedido todo esto”.

Después de más de 50 años investigando, dirigiendo entrevistas y escribiendo sobre la historia de la revolución comunista, dijo: “Si me pidieran hoy que formulara lo más breve posible la causa principal de esta ruinosa Revolución que se tragó a unos 60 millones de nuestro pueblo, no podría decirlo con más precisión que repetir: Los hombres se han olvidado de Dios; por eso ha sucedido todo esto”.

Se estima que el comunismo ha matado al menos 100 millones de personas, no obstante sus crímenes no han sido recopilados y su ideología aún persiste. La Gran Época busca exponer la historia y creencias de este movimiento, que ha sido una fuente de tiranía y destrucción desde su surgimiento. Lea toda la serie de artículos aquí.


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