Un exjuez habla sobre ejecuciones masivas llevadas a cabo en China

Zhong Jinhua fue testigo de fusilamientos, inyecciones letales fallidas y sustracción de órganos.

Por Zhong Jinhua

En este ensayo narrativo, Zhong Jinhua, exjuez y abogado de Wenzhou, al sudeste de China, comparte sus terribles experiencias como testigo de ejecuciones masivas, así como de la sustracción de órganos de presos condenados a muerte durante sus 14 años de carrera. Zhong pasó cinco años como juez en procesos penales, donde “lidiaba con presos condenados a muerte casi todos los días”. Sus escritos han sido editados para mayor claridad.

Ya sea en China, Estados Unidos o en cualquier otro lugar del mundo, servir a la justicia en los tribunales y vestir la toga de un juez es un honor al que aspiran muchos profesionales del derecho, incluido yo mismo. Con trabajo duro y un poco de suerte conseguí un puesto en el Tribunal Popular Intermedio de Wenzhou tras graduarme de la facultad de derecho en julio de 1994. Después de servir como secretario legal en la división penal de un tribunal de primera instancia durante más de tres años, fui nombrado juez, cargo que desempeñé durante 14 años. En julio de 2008, finalmente tuve suficiente y renuncié para ejercer como abogado.

A lo largo de mis 14 años en la corte, los nueve años que pasé en la división penal fueron los más difíciles de olvidar. Fui secretario legal durante tres años y luego juez en lo penal durante otros cinco años. Traté con presos condenados a muerte casi todos los días, y cada mes tenía que presenciar una sangrienta ejecución. Aquí quiero poner al desnudo los recuerdos que atormentan mi cerebro, y espero que al hacerlo, pueda desterrar la pesadilla que durante años ha abrumado mi corazón.

Al principio, cuando veía a los presos condenados a muerte maniatados, con sus identidades verificadas y sus sentencias llevadas a cabo, pensaba que era simplemente una cuestión de castigar a los malvados y mantener la justicia, que es, después de todo, la misión de un juez. Pero a medida que pasaba el tiempo y aumentaba el número de ejecuciones que veía, fui testigo de algunas escenas brutales e increíblemente horrorosas que me sacudieron hasta la médula. Mis puntos de vista cambiaron gradualmente. Cada vez me resultaba más difícil manejarlo emocionalmente y me atormentaban las pesadillas.

La primera conmoción mental se produjo entre 1996 y 1997, en el campo de ejecución “Montaña Nevada” de Wenzhou. Me causó una fuerte impresión, por un lado, porque fue una de las mayores ejecuciones por fusilamiento que vi en mi vida, con 26 prisioneros ejecutados, y porque muchos de ellos eran miembros de dos pandillas en mi pueblo natal, el condado de Cangnan en Wenzhou; una era llamada la Banda de la Planta de Refrigeración y la otra Banda de Xu Haiou. Fue en el punto álgido de otra medida de “mano dura” contra las actividades criminales en toda China, y como región económicamente desarrollada en la costa sureste, Wenzhou tuvo que desempeñar el papel que le correspondía.

El día de la ejecución, Montaña Nevada se llenó de policías armados y agentes de seguridad pública. Esa tarde, muchos criminales condenados a muerte escoltados por policías armados llegaron en vehículos militares y policiales de todo el país. Los prisioneros fueron trasladados a un muro de sacos de arena, contra los cuales se les hizo arrodillarse en fila. Cada uno de los agentes de la policía armada tenía un rifle semiautomático que se había cargado previamente. Presionaron los cañones de sus rifles contra la espalda de los prisioneros, justo alrededor del corazón.

Yo todavía era nuevo en el tribunal, registraba las actas de los juicios, las audiencias en la sala del tribunal y las ejecuciones. Fue horrible ver esas escenas por primera vez, sin embargo, recordando los deberes que me había encomendado el gobierno, conté rigurosamente todos los prisioneros de izquierda a derecha, y luego de vuelta de derecha a izquierda –eran 26 en total.

El comandante dio la orden de disparar, y el aire se llenó con el estruendoso ruido de los disparos. Los prisioneros cayeron uno tras otro, y su sangre salpicó por todas partes. Comencé a sentirme mareado, y me costaba mucho mantenerme erguido. Me froté la cara y la cabeza con las manos, tratando de calmarme. El equipo del crematorio pronto llegó y sacó los cuerpos en una carretilla.

Como juez, no sabía si era un defensor de la justicia o simplemente un asesino legitimado por el velo de la ley.
— Zhong Jinhua, exjuez chino

Las escenas en el campo de ejecución siempre me recordaron a las películas de guerra antijaponesas que veía cuando era joven, en las que soldados japoneses mataban a tiros a los chinos en masa. También me hacía pensar en los mataderos, donde los carniceros arrojaban cerdos muertos en carretillas para ser transportados. Es difícil precisar el sentimiento exacto; mi corazón se sentía muy pesado.

El segundo recuerdo que me impresionó profundamente fue un incidente con un verdugo de la Policía Armada. No recuerdo el momento ni el lugar exacto, pero lo más probable es que ocurriera después de convertirme en juez.

No estoy seguro de quién se encarga de ejecutar a los condenados a muerte en otras regiones de China, pero aquí en Wenzhou, normalmente lo hace la Policía Armada en el centro de detención respectivo. Había menos prisioneros que la vez anterior, pero no por mucho. Justo cuando todos habían tomado sus posiciones, nos dimos cuenta de que los brazos y las piernas de uno de los hombres temblaban terriblemente. Probablemente era la primera vez que realizaba una ejecución. El comandante se le acercó y le ordenó que dejara de temblar, pero no podía evitarlo. El comandante lo regañó severamente y dio la orden de abrir fuego.

Pero cuando se produjeron los disparos, el prisionero que estaba arrodillado ante el tembloroso policía armado, no cayó muerto. Lentamente se levantó y giró su cara manchada de barro para mirarlo. El guardia estaba tan asustado que dio un fuerte grito y arrojó su arma al aire, y luego comenzó a bailar como un loco. Todo el mundo estaba aturdido. El comandante se apresuró a acercarse al prisionero, lo pateó al suelo y luego le disparó dos veces con su pistola. No sé qué le pasó a ese verdugo, si fue disciplinado o si el incidente le produjo cicatrices mentales, pero la mirada de terror en su rostro estará conmigo para siempre.

Una vez, en una calurosa tarde de verano, vi la ejecución de una presa, una joven condenada a muerte por el Tribunal Popular Intermedio de Wenzhou por su participación en el contrabando de más de 200 gramos de heroína. La Corte Popular Suprema había aprobado la ejecución. Recuerdo todo el proceso porque me encargaron verificar su identidad. La narcotraficante, vestida con un largo vestido blanco, gritaba y lloraba desesperadamente desde el centro de detención. No paraba de llamar al “Cielo” y a su “madre”. Sus dos manos, esposadas fuertemente detrás de su espalda, se habían vuelto de color púrpura oscuro, y temblaba incontrolablemente. En el instante en que la hicieron arrodillarse, de repente emitió un grito penetrante: “¡Cielo! ¡Madre! ¡Cielo! ¡Madre!” Fue algo insoportable de presenciar.

El disparo sonó, y ella con su largo vestido blanco cayó al suelo y dejó de llorar para siempre. El forense dijo que estaba tan asustada que se había defecado encima.

No pude decir nada, pero me invadió una oleada de angustia. ¡Pena de muerte, cómo te detesto, cómo te odio!

El cuarto incidente fue un accidente con una inyección letal alrededor de 2001 o 2002, también en el lugar de ejecución de Montaña Nevada. La ejecución por inyección letal fue un método de ejecución, además del fusilamiento, desde 1997. Se adoptó en Wenzhou alrededor de 2001 o 2002. Se supone que la inyección letal es una alternativa más humana, reduciendo el terror que siente el prisionero cuando se enfrenta al pelotón de fusilamiento.

En este caso, sin embargo, no solo no se redujo el dolor ni el miedo, sino que se hizo aún más horrible por la negligencia del verdugo.

El verdugo no estaba a cargo de un prisionero de un caso que yo hubiera manejado, así que por reglamento no era necesario que yo estuviera allí. Pero debido a que Wenzhou había adoptado la inyección letal hacía poco, como jueces penales jefes se nos recomendó observar el proceso de ejecución y familiarizarnos con el método.

Primero llegamos a la recién renovada sala de observación de inyección letal, que estaba conectada a la cámara de ejecución. La mesa de ejecución ya estaba en su sitio, y unos pocos empleados vestidos con batas blancas estaban moviendo el equipo. Se trajo a un prisionero masculino. Los guardias fijaron sus extremidades y su cabeza a diferentes partes de la mesa y le colocaron diferentes equipos de inyección. Había dos botones de ejecución. El prisionero estaba en silencio y parecía estupefacto; estaba paralizado por el miedo.

La ejecución fue llevada a cabo por un alguacil. Todo estaba en su sitio, y el comandante gritó “¡Preparado! ¡Comience!” Cuando el alguacil presionó uno de los botones, en lugar de ver al prisionero entrar en un sueño anestesiado según lo planeado, de repente comenzó una violenta lucha, gritando como si le estuvieran arrancando una extremidad tras otra. Los empleados y los guardias arrancaron los bastidores y el equipo de apoyo en un frenesí, rápidamente sacaron al prisionero, lo inmovilizaron en el suelo y le dispararon en la cabeza.

Más tarde nos informaron que el verdugo se había equivocado en la ejecución, confundiendo el botón de inyección letal con el de la anestesia, lo que llevó al grotesco final. Como juez regular, yo no tenía ningún poder para cambiar nada, todo lo que tenía era silencio y desesperación.

Además de las ejecuciones, también me sorprendió ver a médicos abrir los cuerpos de los prisioneros para quitarles sus órganos. Ya había oído hablar de eso antes un poco –la sustracción de órganos de prisioneros condenados a muerte para la cirugía de trasplante de órganos era un “secreto a voces” en los círculos del régimen chino y en toda la sociedad– pero verlo con mis propios ojos fue una conmoción terrible.

También fue en el sitio de ejecución de Montaña Nevada, aunque no puedo recordar el momento exacto. Fue cuando aún estábamos llevando a cabo las ejecuciones por fusilamiento. Después de la ejecución, me apresuré a ir a un retrete cercano para hacer mis necesidades. En el camino de regreso, tomé la dirección equivocada y entré en un pequeño edificio que aparentemente estaba siendo utilizado como un quirófano improvisado. El tipo que yacía en la mesa de operaciones era el prisionero que acababa de ser asesinado a tiros. Estaba boca arriba, y tenía una gran y profunda forma de cruz en el pecho, hasta el estómago. El abdomen estaba abierto hacia afuera y colgaba del borde de la mesa de operaciones mientras dos médicos vestidos con batas blancas extraían sus órganos. Un olor fuerte y nauseabundo inundaba toda la habitación, y me repelió tanto que estuve a punto de vomitar. Me di la vuelta y salí corriendo del edificio, luego vomité sobre el césped cerca de la pared exterior del edificio.

Todavía siento la necesidad de vomitar cada vez que recuerdo esa escena. Me mostró claramente la existencia de ese “secreto a voces”. No sabía quién era el responsable detrás de todo esto y quién les había dado permiso. Estaba completamente a oscuras de todo esto.

Como juez, no sabía si yo era un defensor de la justicia o simplemente un asesino legitimado por el velo de la ley.

En octubre de 2003, fui transferido de la división penal a la división de supervisión judicial como juez presidente. Me quedé cinco años tratando con peticionarios, errores judiciales y acusaciones falsas. En julio de 2008, renuncié a mi cargo en el Tribunal Popular Intermedio de Wenzhou y dejé definitivamente el poder judicial chino.

Pero las pesadillas continuaban persiguiéndome. A menudo soñaba que era arrastrado por una multitud de personas a la guillotina. Me despertaba sin aliento y cubierto de sudor, en el preciso momento en que la cuchilla caía.

Las ejecuciones también afectaron a mis colegas. Una vez, al regresar del lugar de ejecución, un juez llamado Zhang se desmayó y colapsó en un arrozal.

Cuando estuve en China trabajando como juez penal, opté por un castigo indulgente en todos los casos en los que me fue posible hacerlo. Luché con uñas y dientes cada vez que tenía la oportunidad de no otorgar la sentencia de muerte. Como resultado, ofendí a un gran número de colegas y supervisores, pero siempre creí que todo jurista debería considerar el respeto a la vida y a la libertad como su deber ético básico. ¡Porque todo el mundo tiene una sola vida!

Sobre el autor

Zhong Jinhua es un abogado chino exiliado especializado en derechos humanos, exjuez y trabajador autónomo.

De agosto de 1994 a julio de 2008, Zhong Jinhua trabajó en el Tribunal Popular Intermedio de Wenzhou en Zhejiang, China, como secretario legal en la división penal, juez presidente y juez presidente de la división de supervisión judicial.

Desde julio de 2010 hasta agosto de 2015, Zhong Jinhua trabajó en el bufete de abogados Beijing Yingke, en el estudio jurídico de Capital Equity Legal Group de Shanghai y en el estudio de abogados Junlan de Shanghai como socio y socio principal, respectivamente.

En la víspera de Año Nuevo a finales de 2011, Zhong hizo un anuncio público en su blog personal de Weibo haciendo un llamamiento al Partido Comunista Chino (PCCh) para que levante las restricciones a los partidos políticos, por la libertad de prensa y las elecciones democráticas. También declaró que renunciaba el Partido y que organizaría un partido de oposición para derrocar la dictadura del PCCh. Como resultado, fue citado por las autoridades chinas y amenazado con ser arrestado. También fue despedido por Dong Dongdong, director del bufete de abogados Beijing Yingke. Se vio obligado a abandonar su casa durante medio mes.

Durante una represión de 2015, cuando cientos de abogados defensores de los derechos y ciudadanos fueron arrestados, Zhong Jinhua también fue acosado e “invitado a tomar el té” por abogar a favor de los peticionarios rurales y los abogados defensores de los derechos. El 13 de julio de 2015, la policía china llegó a su casa con órdenes de arrestarlo, pero escapó gracias a la presión y el apoyo del exterior.

El 11 de agosto de 2015, Zhong Jinhua llevó a su esposa y a sus dos hijos al Aeropuerto Internacional Pudong de Shanghai. Después de pasar tres horas bajo custodia y de pasar por un registro corporal, pudieron embarcar en un vuelo hacia los Estados Unidos, donde hoy viven en exilio.

Traducción de Eva Fu

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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