La finalidad del cambio climático: El socialismo

El cambio climático no tiene que ver con el medio ambiente

Por Mark Hendrickson

En mi columna anterior hablé de algunos de los temas científicos relacionados con la alarma del cambio climático que sonó en un comunicado de prensa emitido por el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), “Resumen para Legisladores del Informe Especial del IPCC sobre el Calentamiento Global de 1.5ºC Aprobado por el Gobierno”, publicado el 8 de octubre.

El IPCC es el órgano de las Naciones Unidas encargado de evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático.

Ahora vamos a hacer un experimento mental: imagine por un momento que nunca ha oído hablar del “calentamiento global” o del “cambio climático”.

Entonces enfóquese completamente en las recomendaciones de políticas del IPCC. El comunicado de prensa pide cambios “rápidos y profundos” “en tierra, energía, industria, edificios, transportes y ciudades”. Entre otros cambios importantes que las Naciones Unidas desean supervisar, apunta a que “todo lo que tenemos que hacer es comer un tercio menos de carne, mudarnos a casas más pequeñas, usar el transporte público y cambiar completamente de combustibles fósiles a renovables”, escribió con la ironía de una subestimación masiva Brian McNicoll, de Accuracy in Media.

Pregunta: ¿a qué tipo de agenda política suena esto? El movimiento ambientalista de hoy está dominado por una ideología que busca un poder gubernamental masivo sobre cada esfera importante de la actividad humana.

La libertad individual debe ser restringida. El ambientalismo es simplemente la repetición más reciente de esas ideologías antilibertades  –fascismo, socialismo y comunismo– que comparten la cosmovisión de que el mundo es un desastre crítico que solo puede ser salvado si los gobiernos despojan a la gente de los derechos individuales y la obligan a obedecer al plan central diseñado por el gobierno.

Sin duda, Naciones Unidas se inclina fuertemente hacia el socialismo. El Objetivo n° 10 de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas apunta a “reducir la desigualdad dentro de los países y entre ellos”, lo cual “solo será posible si se comparte la riqueza”. El documento continúa promoviendo por “hacer cambios fundamentales en la forma en que nuestras sociedades producen y consumen bienes y servicios” – típico de una planificación económica central verticalista.

El cambio climático tiene que ver con la distribución de la riqueza

Ottmar Edenhofer, alto funcionario del IPCC, dijo abiertamente: “Hay que liberarse de la ilusión de que la política climática internacional es una política medioambiental. En cambio, la política de cambio climático se trata de cómo redistribuir […] la riqueza del mundo”. Ahí lo tiene al experto en cambio climático: la verdadera agenda es la redistribución de la riqueza. Y el cambio climático no es más que un pretexto conveniente.

¿Y qué hay de los ambientalistas aquí en los Estados Unidos? ¿Tienen ellos objetivos políticos similares? Sí. La primera vez que me di cuenta de la orientación izquierdista del movimiento verde fue en la década de 1970. Como joven profesor, enviaba periódicamente una modesta contribución a varios grupos ambientalistas –el Sierra Club, la Sociedad Cousteau, y otros.

Sin embargo, cuanto más leía sus publicaciones, más claro me quedaba que estos grupos no solo estaban haciendo lobby para conseguir aire y agua más limpios –objetivos muy valiosos tanto entonces como ahora– sino que también estaban utilizando –mal utilizando, tal como yo lo veía– las contribuciones de mis donaciones para promover una lista completa de causas izquierdistas/progresistas, incluyendo el desarme unilateral de Estados Unidos frente a las agresiones soviéticas en todo el mundo, el aborto, los privilegios de los sindicatos, etc.

Pasemos a principios de la década de 1990, cuando la Unión Soviética colapsó. El socialismo quedó desacreditado a nivel mundial, pero ¿qué pasó con los intelectuales y activistas socialistas estadounidenses? Lejos de arrepentirse y abandonar el control gubernamental de la actividad económica, encubrieron su deseo de un gobierno más grande con el traje verde del ambientalismo. Esto dio lugar al término “sandía” –verde por fuera, rojo por dentro.

En una conferencia en Moscú en 1990, Mijail Gorbachov, secretario general del Partido Comunista, dijo con franqueza: “…la amenaza de una crisis ambiental será la llave del desastre internacional para desbloquear el nuevo orden mundial”. Gorbachov pidió explícitamente que se creara una organización verde internacional para promover ese plan. La trama se complica: Al Gore habría asistido a esa conferencia.

La difunta Natalie Grant, experta en desinformación soviética, escribió en un artículo de 1998 titulado “Cruz Verde: Gorbachov y el Comunismo Ambiental” que el plan de Gorbachov incluía que los simpatizantes pro-Moscú y los crédulos ingenuos de la academia, las ciencias y la prensa inventaran y difundieran historias para infundir el miedo sobre el medio ambiente.

Hoy en día hay abundantes pruebas de la participación rusa en las campañas nacionales contra el fracking y los oleoductos. El objetivo es paralizar la producción estadounidense de combustibles fósiles para que Rusia pueda ganar más cuota de mercado. Aquí, los rusos y los verdes americanos hacen causa común.

La conexión ruso-ambientalista

Kenneth Stiles, un oficial retirado de la CIA, encontró un rastro de dinero que iba desde los intereses energéticos rusos a través de las Bermudas hasta varios grupos ambientalistas estadounidenses. Stiles declaró que “sin duda”, “los grupos ecologistas son […] agentes de influencia para Moscú a través de [un] sistema de redes de empresas ficticias y fundaciones”.

No es una coincidencia que el IPCC haya hecho públicas sus últimas predicciones a un mes de las elecciones bienales en Estados Unidos. Al IPCC le encantaría ayudar a los demócratas a conquistar el Congreso en las elecciones de mitad de período del próximo mes. Buscan vengarse del presidente Trump por tener el valor de retirarse del llamado “Acuerdo de París sobre el Clima”, que era un enorme ardid para la redistribución de la riqueza. ¡Sorpresa! No son solo los rusos los que quieren influir en las elecciones estadounidenses.

Hay un indicador más importante de que la histeria del cambio climático no tiene que ver principalmente con el medio ambiente. ¿Por qué “verde” es sinónimo de medio ambiente? Es porque creemos que un ambiente saludable es exuberante y verde, no estéril y marrón. Siendo así, el movimiento ecologista debería reconocer con gratitud y celebrar con alegría el hecho de que el mundo se ha vuelto notablemente más verde en las últimas décadas.

Un estudio global realizado por un equipo internacional de científicos y publicado hace dos años en la revista “Nature Climate Change” encontró que la “reverdecimiento [de la Tierra] en los últimos 33 años […] equivale a añadir un continente verde dos veces más grande que los EE.UU. continentales”.

La causa principal de este reverdecimiento mundial es el aumento de la concentración de CO2 –el elixir de la vida vegetal– en la atmósfera de la Tierra.

Entonces, ¿qué quieren los autoproclamados “verdes”? Claman por políticas anti-verdes. Quieren reducciones drásticas en las emisiones de CO2 –algo malo para las plantas–, un uso reducido de energía relativamente barata (algo especialmente malo para los pobres) y buscan imponer fuertes controles gubernamentales sobre nuestras vidas diarias –algo malo para todos aquellos que no forman parte de las élites políticas nacionales y globales y sus secuaces.

No está dentro de la capacidad humana decidir cuál será la temperatura de la Tierra en los próximos años. Sin embargo, está dentro de nuestro poder decidir si queremos vivir en una sociedad libre y próspera o en una sociedad pobre y altamente reglamentada. Los verdes anti-verdes prefieren esto último. Yo no.  Y usted, ¿de qué lado está?

El Dr. Mark Hendrickson es Profesor Adjunto de Economía en Grove City College. Es autor de varios libros, entre ellos “El Panorama Completo: La ciencia, la política y la economía del cambio climático”.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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