El arte abstracto es una alteración absurda de los valores humanos

Por Michelle Marder Kamhi

Quizás el giro más extraño en la historia y mitología del arte abstracto fue la promoción del Departamento de Estado de EE.UU. de obras de expresionistas abstractos, desde las notorias pinturas de “goteo” de Jackson Pollock hasta los lienzos de rectángulos de colores de Mark Rothko. En la lucha de la Guerra Fría contra el comunismo en los años 50, la CIA promovió activamente este tipo de obra como una representación de la libertad individual, patrocinando exposiciones por toda Europa. Ese desarrollo político y cultural es irónico en varios niveles.

Para empezar, los críticos y estudiosos estadounidenses que habían sido los primeros defensores influyentes del arte abstracto habían tenido fuertes vínculos comunistas, por muy flojo o mínimo que fuera en años posteriores. Tanto el crítico Clement Greenberg como el historiador de arte Meyer Schapiro publicaron sus primeros ensayos promoviendo la obra abstracta en publicaciones de inspiración comunista como The Marxist Quarterly (El Trimestre Marxista) y Partisan Review (Reseña Partisana). Además, los expresionistas abstractos tenían simpatías fuertemente izquierdistas, y generalmente eran bastante elocuentes en su condena sobre lo que llamaban valores burgueses, capitalismo y el estilo de vida estadounidense.

En un nivel más profundo, abogar por la pintura abstracta como un refugio de la expresión personal, tergiversó fundamentalmente la mentalidad que había llevado a los pioneros del arte abstracto a dar el paso sin precedentes de abandonar la representación. Lejos de tratar de expresar su individualismo, los pioneros abstractos eran profundamente, incluso metafísicamente, colectivistas en su visión. Tanto en el arte como en la sociedad y en la política, abogaron explícitamente por la eventual destrucción de todo lo “individual”.

Piet Mondrian, por ejemplo –que alcanzó la fama con sus coloridas composiciones en cuadrícula– imaginó un arte y una vida radicalmente nuevos para la humanidad. Esto requería evitar “expresar algo ‘particular’, por lo tanto, humano”. Entonces podemos “crear una expresión directa de la belleza”, argumentó, “una belleza sin forma natural y sin representación”.

Mondrian también negó categóricamente el significado de la “mano del artista” personal. Su compañero pionero de la abstracción, Wassily Kandinsky, también rechazó “la personalidad, la individualidad y el temperamento del artista”. Ante todo esto, parece una locura considerar a los diversos “estilos distintivos” de los expresionistas abstractos –desde las pinturas “de goteo” de Pollock hasta los rectángulos “multiformes” de Rothko– como las máximas expresiones del individualismo. Sin embargo, eso es precisamente lo que hicieron los defensores del expresionismo abstracto, ajenos a la historia temprana del movimiento abstracto.

Wassily Kandinsky. (Dominio público)

Finalmente, la importancia oficialmente conferida por el Departamento de Estado a la obra abstracta ininteligible socavó sutilmente, o sin darse cuenta, la actitud de sentido común que fue una virtud primordial de la sociedad estadounidense. Desde el principio, los artistas abstractos declararon que su obra estaría más allá de la comprensión de la mayoría de la gente. ¡Los pioneros abstractos realmente profesaban pertenecer a una élite espiritual dotada de poderes psíquicos que la mayoría de los mortales aún no había alcanzado! Como dijo Kandinsky, eran “visionarios solitarios” condenados a ser acusados de charlatanes y locos hasta que sus semejantes hubieran evolucionado lo suficiente como para ascender a su elevado plano. Del mismo modo, los intelectuales modernistas que han defendido categóricamente la obra abstracta como arte superior, han despreciado con aire de suficiencia a los filisteos ordinarios que no apreciaban dichas obras.

Michelle Marder Kamhi coedita Aristos (Una revisión en Internet de las artes) y es autora de “¿Quién dice que es arte? Una perspectiva de sentido común de las artes plásticas” (Pro Arte, 2014), del cual se adaptó este artículo.

Se estima que el comunismo asesinó al menos 100 millones de personas, pero sus crímenes no fueron compilados completamente y su ideología aún persiste. La Gran Época busca exponer la historia y las creencias de este movimiento, el cual ha sido una fuente de tiranía y destrucción desde su surgimiento. Lea la serie completa en El fin del comunismo.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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