Reconsiderando la ética y ventajas económicas de la explotación del trabajo
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La noticia que un taller de explotación laboral rumano se encargó de la confección de uno de los vestidos más famosos de la Duquesa de Cambridge, Kate Middleton, ha inspirado un renovado interés popular en torno a la ética y ventajas económicas de la subcontratación de mano de obra super barata.
Esto es sólo lo más reciente de una cadena de casos que ejemplifican la alarmante proliferación de talleres o fábricas de explotación, incluso en Europa, en el curso de las últimas décadas. Pero la parte verdaderamente preocupante de la historia, es la lógica que los defensores de Kate han invocado para justificar esta tendencia, basándose en argumentos de economistas estadounidenses supuestamente "progresistas".
Argumentos a favor de talleres
Jeffrey Sachs, conocido autor de El Fin de la Pobreza, efectuó una vez la siguiente famosa declaración: "Mi preocupación no es que haya muchas fábricas de explotación, sino que son muy pocas". Del mismo modo Paul Krugman ha argumentado que los talleres de explotación "reubican a cientos de millones de personas en situación de extrema pobreza a otra condición considerada aún terrible, pero significativamente mejor… [por tanto] el crecimiento del empleo en talleres de explotación, son tremendamente buenas noticias para los pobres del mundo".
En un artículo de la Revista New York Times , preocupantemente titulado Dos Ovaciones para los Talleres, Nicholas Kristof hizo suya esta lógica, explicando que cuando se mudó por primera vez a Asia, "igual que la mayoría de los occidentales", se indignó por la existencia de talleres de explotación, pero llegó a apreciarlos como "una clara señal de revolución industrial que está empezando a reformar todo Asia". Señaló también que "los trabajadores asiáticos se aterrorizarían con la idea de que los consumidores estadounidenses puedan boicotear la compra de determinados juguetes o ropa elaborados en talleres de explotación en señal de protesta. La forma más sencilla de ayudar a los asiáticos más pobres, sería comprar más productos provenientes de fábricas de explotación, no menos".
Se ven obligados por las circunstancias a venderse ellos mismos en condiciones infrahumanas
Todos estos argumentos encierran una simple idea que a menudo vence a los críticos con su aparentemente inexpugnable lógica económica: que los talleres de explotación existen porque la gente está dispuesta a aceptar empleos por salarios de explotación. Las personas tienen una opción de trabajo, continua sosteniendo esta corriente, y los talleres de explotación son a menudo la mejor oferta en la ciudad, ciertamente mejor que no tener trabajo. Si no existieran talleres de explotación, millones de personas estarían hambrientas en las calles.
Esta opinión se basa en la presunción de que los países que atraen la proliferación de fábricas de explotación, son aquellos poblados por masas de pobres desesperados por obtener algún salario, ya que la pobreza es de alguna manera una condición a priori. En un mundo tal, los talleres de explotación sólo pueden ser un beneficio.
Pero esta hipótesis pierde totalmente de vista un punto crucial sobre la pobreza. Las personas — en Tailandia y Perú, por ejemplo - eligen puestos de trabajo en fábricas de explotación porque ellos han crecido en la desesperación y no les han ofrecido otras alternativas de subsistencia.
En consecuencia, no se trata realmente de una "elección". Ellos se ven obligados por las circunstancias a venderse en condiciones infrahumanas. Sociólogos refieren esto como la "violencia estructural" del desempleo.
Legados coloniales y neoliberales
La desesperación que guía a las personas a los talleres de explotación, es un fenómeno históricamente reciente. La mayoría de la población del denominado tercer mundo solía estar conformada por agricultores de subsistencia que lograban autosostenerse de manera adecuada gracias al rendimiento de sus tierras.
Esto comenzó a cambiar en los regímenes coloniales de fines del siglo XIX. En la mayoría de los lugares en África, Asia y América del Sur, a los colonizadores inicialmente no les resultó nada fácil conseguir nativos que trabajen en sus minas, fábricas y plantaciones. Para resolver este problema, tuvieron que expulsar a los agricultores de sus tierras, o gravarlos con onerosos impuestos para obligarlos a buscar trabajo, todo bajo el pretexto de la "misión civilizadora".
Esto causó que cientos de miles de personas fueran desplazadas a ciudades industrializadas donde formaron un ejército de reserva de trabajadores dispuestos a tomar cualquier ocupación que pudieran encontrar, y estar de este modo listos para reducir el salario de los demás.
A partir de la década de los 70's, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y más tarde la Organización Mundial de Comercio, comenzaron a impulsar nuevas formas de desregulación del mercado, conocido como "programas de ajuste estructural" dirigidos a gobiernos del tercer mundo, exigiéndoles a estos últimos dejar de subvencionar a sus sectores agrícolas y permitir la importación barata de granos en sus mercados. Estas políticas neoliberales paralizaron la agricultura a pequeña escala, al punto del colapso y crearon una nueva oleada de personas obligadas a emigrar a las ciudades para poder sobrevivir.
Esto ocurrió simultáneamente con otros dos ajustes estructurales cruciales. Primero, las tarifas comerciales proteccionistas fueron drásticamente reducidas, permitiendo que las empresas occidentales muevan sus operaciones al extranjero sin pagar aranceles de importación prohibitivos. Segundo, se derogaron o recortaron importantes regulaciones laborales tales como como el derecho de negociación colectiva y la fijación de altos salarios mínimos, al punto de conferir poder a las empresas o corporaciones a demandar a sus gobiernos anfitriones por expedir normas que recortaran el retorno de la inversión.
Esto creó un clima ideal para que empresas como Nike, Walmart y General Motors mudaran sus plantas de producción a lugares donde pudieran contratar trabajadores por salarios en muchas veces menor al salario permitido en economías más desarrolladas. Este proceso de buscar la ubicación más explotable posible se conoce como "la carrera a la rebaja": el costado oscuro de lo que los economistas alertan tan tranquilamente como "ventaja comparativa".
Una nueva economía
Un estudio de 2002 realizado por el economista Robert Pollin, encontró que los precios de rebaja en prendas de vestir en los Estados Unidos, tendría que aumentar en sólo el 1,8% para cubrir un aumento salarial de 100% para los trabajadores en fábricas de explotación de confección mexicana.
En otras palabras, los £ 175 que cuestan los trajes de Kate aumentarían sólo a £ 178.15; sin embargo con ello se permitiría duplicar los salarios de las costureras que lo hicieron. Esto es especialmente importante a la luz de un estudio de 1999 realizado por la Oficina Nacional de Investigación Económica que encontró que los consumidores están dispuestos a pagar el 15 por ciento más sobre un artículo de $ 100 dólares y 28 por ciento más sobre un artículo de $10 dólares, si fue hecho en "buenas condiciones de trabajo".
El punto aquí es que las empresas no tienen que utilizar mano de obra de fábrica de explotación para obtener beneficios, del mismo modo que los trabajadores del tercer mundo no tienen que estar suficientemente desesperados por trabajar en talleres de explotación. Nada de esto es natural ni inevitable, a pesar de lo que los amantes de los talleres de trabajo esclavista están desesperados por hacernos creer.
La conclusión absurda de Sachs y Krugman consiste en que deberíamos promover talleres de explotación como una solución al problema de la pobreza global, se deriva de un profundo déficit de perspectiva histórica. Es una pena que los sacerdotes más apreciados de la economía progresista no tengan nada que ofrecer más allá que la de un mundo de talleres, justificando la explotación bajo la bandera de "libertad de mercado" y ventaja comparativa. Es trágico que esto se haya convertido en la visión utópica de nuestro tiempo.
Sólo unos pocos cambios específicos a las normas del comercio global bastarían para crear un mundo donde no existan fábricas de explotación. Si a los países en desarrollo se les permite elevar aranceles de importación para proteger la agricultura a pequeña escala, y hacer cumplir normas laborales para garantizar que todo ciudadano de trabajo gane un salario digno, el concepto de fábrica de explotación sería completamente innecesario.
Por supuesto, si los trabajadores que hacen zapatos, ropa y electrónica para consumidores occidentales estuvieran ganando salarios decentes, eso significaría que todos pagaríamos un poco más por nuestras compras, y las empresas que lo hacen podrían ganar un poco menos. Pero la redistribución del ingreso a lo largo de estas líneas no sería malo, especialmente si se tiene en cuenta los niveles sin precedentes de desigualdad social actuales: el 1% de los más ricos en la población mundial controlan el 40% de la riqueza mundial; mientras que el 50% de la parte inferior, sólo controla un 1%.
El argumento en contra es: si las condiciones de trabajo se volvieran demasiado humanas con salarios muy decentes en cualquiera de estos países, las empresas se reubicarían en otros países que los acogieran con "mejores ventajas", perjudicando de este modo el PIB del país y dejando a los pobres con menos oportunidades de empleo. Esto se podría resolver con una ley de salario mínimo internacional (poner un piso en la carrera al fondo), y un sistema de cuotas de comercio específicas que canalice la inversión extranjera directa a donde sea necesario para aliviar la pobreza, más que al lugar donde el trabajo sea más explotable. Además, los estados pueden ayudar a crear buenos empleos para sus ciudadanos mediante la protección de industrias nacientes locales e implementando programas de sustitución de importaciones.
Estas políticas han sido juzgadas anteriormente. Los Estados Unidos, Gran Bretaña y virtualmente cada potencia económica se ha construido precisamente en estos principios, y fue una práctica estándar para muchos países en desarrollo emergentes del colonialismo en la década de los 60's. Si el mundo en desarrollo restituyera estas políticas, girando hacia atrás el reloj a un tiempo anterior al ajuste estructural, podría mejorar significativamente el empleo local y generar un PIB adicional de 480 mil millones de dólares al año mayor a los niveles actuales. Pero esas reformas requieren confrontar los arraigados intereses de los Estados y las empresas que controlan las políticas de comercio global en aras de su propio y estrecho beneficio.
Las fábricas de explotación de hecho pueden ser preferibles a la pobreza. Pero en lugar de tener por sentada la pobreza de antemano, debemos cuestionar los procesos que la producen, las políticas que hacen caer a la gente en desesperación. Los talleres de explotación son una solución fácil e irracional, y sólo tienen sentido si estamos dispuestos a someternos a los dictados de la "eficiencia del mercado" y aceptar la explotación como una solución económicamente racional.
Lo que necesitamos es una nueva economía, una que pueda pensar más allá de las limitadas fronteras de la ideología neoliberal y que haga un esfuerzo por construir un mundo más humano y democrático. La cuestión no es si tenemos la capacidad para hacerlo, sino si tenemos el suficiente coraje.
Colaborador de política exterior en foco, Jason Hickel tiene un doctorado en Antropología de la Universidad de Virginia y en la actualidad es asociado en la “London School of Economics”. Su investigación se centra en Comercio, Desarrollo y Conflicto Político en el África sub-sahariana. www.fpif.org.
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