¿Por qué no se debe olvidar a los perseguidos en China? | lagranepoca.com

¿Por qué no se debe olvidar a los perseguidos en China?

El modelo de capitalismo de Estado, corrupto y exitoso, dicta ahora la realidad vigente del sistema internacional.
Por Gerardo de la Concha
Mar, 26 Oct 2010 18:00 +0000

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En un mundo donde la tortura, los campos de trabajos forzados, la esclavitud de los niños y la depuración étnica son tan corrientes como en el siglo pasado, nuestro combate por la supervivencia no depende sólo de algunas personas que están en el poder
Gao Zhisheng fue torturado y amenazado de muerte por contar la verdad del régimen comunista chino, ahora está nuevamente desaparecido por publicar esta estremecedora declaración

La causa de los derechos humanos es universal y, por tanto, lo que suceda en este ámbito en el mundo no debe sernos ajeno. Por supuesto, en México existen muchos casos dignos de atención —como los provocados por la guerra fallida del presidente Felipe Calderón— y si el gobierno de George Bush violentó principios elementales en la guerra de Irak, no debe silenciarse.

Sin embargo, el caso de China es muy particular. El gigante asiático se proyecta como una de las potencias del siglo XXI, pero lo hace a partir de un sistema político tiránico y de una escala inusitada de violaciones de derechos humanos en contra de grupos de su población, cometiendo crímenes contra la humanidad.

Esta realidad se calla y se oculta. China ha sido en los últimos años el país de moda. Goza de buenas relaciones públicas en organismos como el Banco Mundial, la OMC, la OCDE. La correduría Goldman Sachs, por ejemplo, no deja de hacer informes que son verdaderos promocionales, parecieran querer —después de desfalcar a Estados Unidos—, cambiar la sede de Wall Street a Pekín.

Desde los Juegos Olímpicos, la cara internacional del régimen se ha lavado, tanto que en la última sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en enero de este año, sólo Canadá mantuvo una posición crítica, en especial en relación con el sistema Lao Gai de campos de concentración llamados de “reeducación por el trabajo”, el olvidado Gulag chino como le llama Jean-Luc Domenach.

Para no ir más lejos, la esfera académica en México, desde la UNAM —con su Centro de Estudios especializado en el país asiático— al Colegio de México, pasando por el ITAM y otras instituciones, soslaya en sus estudios sobre China la temática de los derechos humanos. Tengo en mis manos un libro de reciente publicación con el título China en el siglo XXI. Economía, política y sociedad de una potencia emergente, publicado por la UAM, y pude constatar cómo esta materia no existe en tan grueso volumen, a pesar de la promesa del subtítulo.

Es triste decirlo, pero la guerra fría permitía que en la confrontación entre uno y otro bando surgieran las verdades a pesar de la propaganda. Hoy vivimos el tiempo de los consensos groseros y todo se vela, en aras de los intereses económicos. Pero digámoslo claramente, en el caso de China se trata de los intereses de grandes corporativos (como Wall Mart): no existen así piratería avalada oficialmente, ni dumping, ni manipulaciones financieras con la moneda, ni robo de empleos, ni destrucción de pequeñas y medianas empresas, ni tampoco violaciones de derechos humanos que valgan, si acaso tímidos reclamos, por no dejar.

Pero lo más grave no es esto, a pesar de ser una tragedia para millones de seres humanos. Lo peor es el abandono de valores y principios que conformaron la base ética de Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las quejas iracundas del régimen chino por el otorgamiento del Premio Nobel a Liu Xiaobo, visto esto por ellos como una conspiración occidental, la realidad es más bien una contaminación mundial llevada a cabo por China. No es Occidente quien presiona, es el régimen comunista chino el que impone. Su modelo de capitalismo de Estado, corrupto y exitoso, dicta ahora la realidad vigente del sistema internacional.

¿No tenía Europa una cláusula democrática en sus tratos comerciales? Ya lo olvidaron. El presidente Barack Obama hizo el ridículo recibiendo en la cocina al Dalai Lama pues no fuera a enojarse mucho el gobierno chino. La ONU, por su parte, ha mandado al bote de la basura la Declaración Universal de los Derechos Humanos, violada en la totalidad de sus preceptos por China. No se necesita así a Hugo Chávez denostando a Liu Xiaobo con un discurso. La indiferencia práctica es, quizás, algo peor, pues no se trata de estupidez servil sino de cobardía.

Acaban de hacer una redada en China de disidentes democráticos. Entre ellos se encuentra desaparecida Ding Zilin, conocida como la madre de Tiananmen, una mujer de 74 años de edad. En la concentración nocturna de Hong Kong del 4 de junio, ante 150 mil personas quienes portaban velas, dijo: “La economía no debe hacer olvidar las injusticias”.

Liu Xiaobo dedicó a las víctimas de Tiananmen su premio, también lo hizo con otros activistas como Gao Zhisheng, torturado y luego desaparecido, un abogado quien se atrevió a señalar los crímenes del régimen en contra del movimiento espiritual de Falun Gong.

En un reportaje reciente, El País (11/03/2010) demostró de manera fehaciente la existencia del tráfico de órganos de prisioneros, asesinados ex profeso en un comercio calificado por David Matas —veterano perseguidor de nazis—, como “una nueva forma de mal que la humanidad no había conocido antes”. David Matas —con David Kilgour, ex secretario de Estado de Canadá, y también Manfred Nowak, relator de derechos humanos de la ONU—, ha denunciado el asesinato de prisioneros de Falun Gong para llevar a cabo este tráfico.

En una conversación con el doctor Charles Lee —quien fue torturado y preso varios años en un campo del sistema Lao Gai—, me dijo unas palabras, grabadas de manera indeleble en mi memoria: “Si en el mundo se olvidan de los perseguidos en China, el mundo entonces entrará en la oscuridad”.

 

El autor es un escritor y consultor político mexicano, colaborador de La Gran Época, republicamos con su autorización este artículo originalmente publicado en el diario mexicano La Razón.

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