Por qué la élite china está lista para viajar
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Chen Liangyu, uno de los 24 miembros del politburó comunista chino y secretario del partido de la ciudad de Shanghai, fue encontrado con 13 pasaportes extranjeros, cuando lo arrestaron por corrupción en 2006.
El riesgo de enfrentar cargos de corrupción es parte del juego político en la China actual. Los cargos por los cuales condenaron a Chen no fueron por la corrupción en la que indudablemente se vio involucrado, sino un castigo por entrar en la competencia por el poder entre Hu Jintao y Jiang Zemin.
Chen no es el único que almacena pasaportes extranjeros. Funcionarios de alto rango en el Partido Comunista Chino (PCCh) están haciendo lo mismo. Además, envían a sus hijos y parientes cautelosamente a países extranjeros.
Estas medidas no han sido tomadas para evitar cargos de corrupción, sino más bien para evitar un día de ajuste de cuentas diferente y más definitivo. Después de todo, la misma persistencia de la corrupción en China, proporciona la esperanza a cualquier funcionario de poder ganar la contienda.
La élite china sabe que ha gobernado al país para su propio enriquecimiento, mientras venden el pueblo. A medida que las quejas del pueblo chino se acumulan, la élite reconoce que la situación no puede continuar indefinidamente. Y cuando llegue el cambio, su poder, riqueza y privilegios pueden perderse en un instante.
El momento clave para la formación de la élite actual en China fue la decisión de Deng Xiaoping de terminar con las protestas en la Plaza Tiananmen en 1989.
Para promover la reforma económica de China, Deng Xiaoping decidió permitir el enriquecimiento de una "pequeña fracción de personas". Este grupo se formó con miembros de familias de poderosos veteranos líderes del PCCh. Cuando empezó a gestarse el movimiento por la democracia en la primavera de 1989, este grupo salió a la luz.
La consigna "abajo la corrupción", señalaba especialmente a los hijos de Deng, Li Peng (ex primer ministro), y Zhao Ziyang (ex secretario general del PCCh). Ellos y otros niños privilegiados de la generación revolucionaria tuvieron acceso a los bienes especiales, la tierra y las finanzas que la gente común no tenía.
Los chinos de aquella época todavía creían en la enseñanza de Mao de que los funcionarios del partido no deberían tener privilegios especiales. También creyeron que la reforma política aseguraría la reforma económica.
Frente a las más grandes protestas de las masas en China desde el 04 de mayo 1919, el grupo que llegaría a ser denominado los "principitos" debió sentir miedo y tal vez un poco de culpabilidad por su riqueza y privilegios recientemente adquiridos.
Cuando Deng depuso a Zhao Ziyang por simpatizar con los manifestantes de la Plaza Tiananmen y envió tanques para reprimirlos, el camino para los principitos quedó abierto.
Enriquecerse es glorioso
En aquel tiempo corría en Beijing el rumor de que los líderes del PCCh sentían que solamente podían confiar en sus propios parientes. Verdadero o no, el hecho de que Deng designara a Hu Jintao, como sucesor de Jiang Zemin en el cargo de secretario general demostró que no había otra manera de poder entrar a la élite.
Los principitos heredaron sus privilegios. Aquellos quienes, como Hu, se acercaron a través de la Liga Juvenil Comunista ganaron los privilegios a través de la lealtad al partido.
Para Deng, el desarrollo económico estuvo siempre al servicio de hacer un PCCh más eficaz para regir China y la preparación del camino para una eventual conquista de Occidente.
La visión del desarrollo económico de Deng, combinada con la continua preeminencia del PCCh, fue la fórmula para la corrupción, ya que las conexiones del Partido se convirtieron en los medios para el progreso económico.
Por otra parte, la élite del Partido, es decir, especialmente los principitos, como también los luchadores con suerte como Hu Jintao, sabían que la clave para la legitimidad del PCCh después de 1989 era el crecimiento económico. También sabían que el crecimiento económico podía conferir una especie de legitimidad a los privilegios de la élite.
Entonces, como Deng enseñó que enriquecerse era glorioso, la élite empezó a atiborrarse con las nuevas oportunidades.
Ellos podían vender empresas y tierras de propiedad estatal (o tierras expropiadas a usuarios de mucho tiempo, cuyo título nunca les fue conferido por el PCCh) a propietarios privados y desarrolladores que a menudo eran los mismos de la élite o sus amigos. La tierra y las empresas podrían ser vendidas a precios muy por debajo de su valor en el mercado y revendidas inmediatamente, mostrando una instantánea desproporción.
La élite podía realizar ventas a compañías extranjeras a precios tan bajos que era casi imposible cubrir los costos. Luego pedían dinero prestado del banco estatal, que nunca pagarían. Debido a las pérdidas registradas en sus libros, por ventas a empresas extranjeras, los bancos de propiedad estatal perdonarían los préstamos.
Para reducir costos, podían contratar, a salarios ridículamente bajos, a los inmigrantes chinos (las personas del campo que no tienen el derecho legal para estar en las ciudades, podrían ser explotados sin piedad), y utilizar a los presos como mano de obra esclava. Podían aprovechar los recursos naturales de China y el medio ambiente sin tener en cuenta cómo se destruía la riqueza natural del país, mientras envenenaban y enfermaban al pueblo.
Por supuesto, la élite china sabe que el crecimiento económico es impulsado por las necesidades del poder absoluto, por medio de la corrupción, el detrimento de los recursos naturales, del ambiente natural, los derechos humanos, y la incapacidad de sostener la moralidad social.
Es por eso que el mercado inmobiliario en la Costa Oeste de Estados Unidos sigue vendiendo a funcionarios chinos casas muy costosas. Y esos pasaportes se mantienen listos y a la mano.
Michael Young es un escritor chino-americano que reside en Washington D.C., es un analista especializado en China y la relación entre China y EEUU.
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