La verdadera revolución debe ser moral
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El pasado 15 de octubre millares de personas en todo el mundo de diferentes estados, ideologías y religiones, se echaron a las calles al unísono tras la iniciativa del movimiento “indignados” de España para pedir un cambio global. Con cierta carga emocional la multitud clamó por una trasformación esencial de valores en el panorama socio-económico mundial y contra el poder político y financiero.
El carácter global de este movimiento invita a reflexionar en profundidad sobre la naturaleza del malestar que viven millones de seres en todo el mundo. Las protestas se dirigen contra los sistemas políticos y económicos, tanto de los países sometidos a una dictadura como de los países democráticos.
Esas dos maneras de gobernar tienen hoy en día algo en común, buscan el beneficio inmediato. La meta es volverse una potencia mundial. Tanto el dictador como el presidente intentan conseguir dinero sin que les importe mucho el medio de obtenerlo. Dos de los argumentos bajo los cuales se esconden son la competencia y la crisis, dos conceptos que se intergeneran mutuamente.
De hecho, para que un país tenga ese crecimiento y esa posición a nivel mundial, parece que sus habitantes deben renunciar a las condiciones de vida establecidas en estas últimas décadas, y a veces a su propia vida. Tomemos como ejemplo al país con mayor crecimiento del PIB en los últimos años, China.
Las grandes empresas occidentales que desembarcaron allí hace una década pronosticaron que la apertura del mercado chino traería democracia y derechos humanos a su población. Sin embargo, como recordó el ex ministro canadiense David Kilgour, durante la Asamblea General de la Asociación Médica Mundial el 13 de octubre pasado en Montevideo (Uruguay), el régimen chino todavía mantiene sus campos de trabajos forzados, donde se tortura a presos de conciencia, a quienes extirpan sin consentimiento sus órganos para venderlos al mejor postor.
Esta atrocidad resume la dirección de la sociedad actual: el ser humano se ha convertido en un medio para conseguir dinero, perdiendo su valor en sí mismo. Uno podría pensar que esa mentalidad de considerar primero el beneficio es patrimonio únicamente de las clases dirigentes, sin embargo, ésta pertenece a varias generaciones y a todas las clases sociales.
El hombre es considerado en la sociedad con relación a lo que posee, y no en relación a lo que es, a sus actos. Los políticos y las grandes empresas luchan por el dinero y de igual forma el pueblo lucha por su bienestar, que está relacionado directamente con el dinero, ¿no están luchando por el mismo beneficio? La diferencia estriba en que cada uno lo hace en su nivel y a su manera, la historia nos ha dado lecciones al respecto.
Recordemos por ejemplo la Revolución Francesa o la Revolución bolchevique de 1917. ¿No fueron los líderes de las clases oprimidas bajo la realeza quienes se convirtieron en dirigentes que más tarde oprimieron a la clase obrera? El caso más reciente de Egipto está mostrando cómo la clase militar, que se ocultaba tras el levantamiento del pueblo, ahora está privando al mismo de aquellas libertades que tanto ansiaba.
Este círculo vicioso revela que las revoluciones no solucionan el problema a largo plazo; pueden traer un beneficio inmediato, pero no duradero. Ha llegado la hora del cambio, cierto, pero si se actúa siempre de la misma manera, siempre se obtienen los mismos resultados. El ser humano debe tener cuidado de no dejarse llevar por el odio, y evitar así que la historia se repita una y otra vez.
Algunos de los mensajes difundidos por grupos anónimos en las manifestaciones del pasado 15 de octubre promueven la lucha del hombre contra el hombre, instigando al odio con consignas como “no olvidamos, no perdonamos”. Este tipo de consignas reúne a las personas contra un enemigo común, pero también las aleja del problema real, que es el valor que cada uno de nosotros da a las otras vidas, todos los días. ¿Cuáles son nuestras prioridades: que los demás no sufran o que uno mismo viva bien?
Existe otro horizonte, y es el cambio profundo del comportamiento del ser humano, dejando a un lado las peleas entre nosotros y siendo cada uno el ejemplo vivo de los valores morales que quiere imponer. Si nos hacemos responsables de nosotros mismos respecto a esos valores, el resultado esta vez será diferente y saldremos finalmente de ese círculo vicioso.
Esos trastornos sociales son una oportunidad para redefinir nuestras prioridades y liberarnos de la influencia del dinero sobre nuestras mentes.
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