Mahler: divino y vulgar
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De hecho, Mahler incorpora la voz humana de forma recurrente como elemento importantísimo en sus obras sinfónicas. En cambio, Brahms, Schubert, y Schumann no lo hicieron en sus sinfonías, y Beethoven sólo incorpora la voz en la última de sus sinfonías, la mítica Novena. No obstante, hay quienes argumentan que las obras más logradas de Mahler no son sus nueve sinfonías, sino sus lieder, las series de canciones con acompañamiento orquestal.
La “Resurrección” y los ciclos de canciones
No sé si estoy de acuerdo. Acabo de volver a escuchar una grabación de la segunda sinfonía de Mahler, la Resurrección en la versión de Leonard Bernstein con la London Symphony Orchestra y la maravillosa Janet Baker como cantante solista. El último tramo de obra es como si se abrieran las puertas al paraíso. Pero hay que pagar un peaje caro para llegar hasta allí: la gran desesperación, miedo, y morbo que trasmite el primer movimiento (originalmente planteado como una pieza independiente, o poema sinfónico, que tituló “Totenfeier”, o “Festividad Fúnebre”), la tristeza y melancolía del segundo tiempo, lo banal de la cotidianidad retratada con ironía en el tercero, para finalmente llegar a una paz espiritual sublime.
Si las dimensiones desmesuradas de sus nueve sinfonías (diez si se tiene en cuenta el extraordinario Adagio que tituló “Sinfonía”, pero que nunca llegó a concluir con más movimientos) resultan un impedimento para algún oyente, mucho más asequibles resultan sus ciclos de canciones. De bella factura son “Lieder eines fahrenden Resellen” (“Canciones de un camarada errante”), “Des Knaben Wunderhorn” (“El cuerno mágico de la juventud”) y “Rückert-lieder”. Posiblemente su mejor obra es Das Lied von der Erde (Canción de la Tierra), ciclo de canciones basadas en poemas traducidos del chino al alemán, pero de dimensiones y un planteamiento sonoro más propios de una auténtica sinfonía. Pero para mi gusto, una obra maestra es Kindertotenlieder (Canciones a los niños muertos), obra de absoluta genialidad compositiva y de gran calado emocional al representar reflexiones sobre la muerte de la misma hija de Mahler.
Mis experiencias directas con la música de Mahler
Cuando yo era estudiante de música, tuve la gran suerte de viajar a la ciudad de Chicago en varias ocasiones para escuchar la Chicago Symphony Orchestra. En una de aquellas ocasiones interpretaron la Sexta Sinfonía de Mahler bajo la batuta de Günther Herbig, y siendo la primera vez que había escuchado una obra de Mahler en directo, no sabía lo que me esperaba. Semejante muralla sonora me dejó atónito, nunca había oído algo tan fulminante en mi vida. Ni una obra tan larga tampoco. Al año siguiente volví, para escuchar la interpretación en directo del genial director Georg Solti haciendo la Quinta Sinfonía. Fue puro dramatismo, desde entonces no he vuelto a experimentar nada igual. La calidad y emisión de sonido de esa orquesta fueron sin parangón; de hecho, hoy en día hay músicos de la profesión que se refieren a la legendaria sección de metales de la Chicago Symphony de aquella época como el “Dream Team”.
Ahora llevo veinte años como músico profesional de orquesta, y la verdad es que tocar las obras de Mahler es toda una experiencia. Una vez, la directiva de mi orquesta programó la Octava Sinfonía, la Sinfonía de los Mil como se suele llamar, a causa del número de efectivos que requiere. Si las dimensiones temporales de sus obras son exageradas, la plantilla de la Octava es una locura (no son mil personas literalmente pero no es extraño ver más de 400 sobre un escenario para realizar esta obra). “Ficharon” a otra orquesta sinfónica más que vino con todos sus componentes, tres coros enteros, un elenco de solistas vocales, y tocamos la sinfonía juntos. Formar parte del enorme caudal de sonido de esta obra fue realmente memorable.
Vivió entre dos mundos
Las dicotomías abundaban tanto en la vida de Mahler como en su música. Era judío pero apostató para poder acceder a la dirección de la Ópera de Viena. Tras la muerte de su hija, y con la creciente persecución antisemita, se fue de su país para cruzar el Atlántico y afianzarse en Estados Unidos, y solo volvió cuando su salud empezó a deteriorarse. Por lo tanto, vivió entre dos mundos: la plena alegría y la depresión, el cielo y la tierra.
La dimensión espiritual de su música queda patente de muchas maneras. La amplitud sonora de su obra hace parecer que siempre está intentando comunicarse con Dios. El constante manejo de tensión a lo largo de las obras apunta a una constante búsqueda, la inquietud de un alma que sabe que el cielo existe pero se encuentra perdida. En multitud de momentos Mahler escribe corales para la orquesta que son fieles reflejos de la música sagrada de la Iglesia, y es como si fuera un novelista que cita la Biblia de manera indirecta.
Por otro lado, Mahler hace uso de la música popular de su época para retratar el aspecto vulgar de la vida. Él mismo afirmó que una sinfonía debe ser un mundo entero. En sus mundos creados se encuentran valses, ländlers, minuetos, y otros géneros de música popular, pero él los distorsiona con tanta ironía que quedan grotescos y mucho más vulgares que las danzas que les dan origen. En algunos momentos, la música se torna desenfrenada, maniática, endiablada, rabiosa, torturada como la misma alma de su autor.
Los contrastes extremos de estos estados de ánimo son típicos de Mahler, y los cambios entre un humor y otro pueden ser abruptos. Lo banal y vulgar se vive junto a lo divino. Esta paradoja es para mí, la esencia de lo que trasmite Mahler y le da el dinamismo que le hace interesante. No obstante, fue incomprendido durante su vida y él mismo predijo con acierto que sus obras tardarían cincuenta años tras su muerte en empezar a ser aceptadas por el público.
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