Las Grutas de Ajanta, un sereno lugar para los sentidos
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En un viaje turístico, tal vez sean los sentidos de la vista y el gusto los más patentes y conscientes, se contempla aquí y allá hasta marearse, y se come en un restaurante y otro hasta saciarse. Pero ¿y el oído, el olfato y el tacto?, ¿Somos conscientes de ellos y escuchamos lo que ellos perciben cuando viajamos?.
Las Grutas de Ajanta están enclavadas en un lugar de gran belleza escénica. Como si de un teatro romano se tratara, por su forma oval y profundidad, están situadas en la localidad de Ajanta, a un centenar de kilómetros al nordeste del distrito de Aurangabad, en el estado federado de Maharashtra, India. Fueron descubiertas al mundo occidental en 1819 por soldados ingles que habían salido de caza, y en 1983 la UNESCO las declaró Patrimonio Universal de la Humanidad.
Viajar a Ajanta para visitar sus grutas puede convertirse en todo un estallido de sensaciones. Su especial enclave y lo que representa, excitan los sentidos, pues están situadas en una exuberante hondonada boscosa, en el centro de los montes Indhhyagiri, en cuyo fondo se desliza una corriente de agua del pequeño río Vaghora, que se nutre de unas pequeñas cascadas que caen de las paredes circundantes. Un rumor constante se escucha a la par que el trinar de los pájaros y el aroma mitad floral, mitad incienso, obligando al viajero visitante a entrar en un trance sereno y una calma monástica. La misma que debieron experimentar los monjes que durante siglos vivieron allí.
Sólo el cincel y el martillo de los escultores de otro tiempo pudieron haber desgarrado ese sonido, que aún así, de tanto tras-tac-trac durante siglos, terminaron en simbiosis rítmica como la percusión lo es a una orquesta. El coro, otrora interpretado por los mantras de los monjes, hoy se escucha siseante por los cuchicheos de los visitantes, asombrados ante tal monumentalidad.
En realidad, aunque una parte son grutas naturales, se trata de un auténtico monumento arquitectónico, pues las 29 cuevas que lo conforman han sido literalmente excavadas y talladas en roca de basalto por la mano del hombre. Se encuentran colgadas en la pared más abrupta, incrustadas entre diez y cuarenta metros de altura y fueron construidas entre el siglo II a.C., y el siglo VIII d. C. Y si al arte del esculpido -patente ya en las columnas que soportan las entradas a las cuevas- le añadimos el arte pictórico de sus murales en el interior, el resultado no puede ser otro más que para el que fue concebido: como viharas o lugar monacal para los monjes budistas y como caityas o templos para adorar a Buda.
En su época de más esplendor, como monasterio, dio alojamiento a maestros y discípulos, y a otros tantos centenares de personas. Xuanzang, monje budista chino, llegó a referir que el célebre Dignaga, filósofo y autor de famosos libros de lógica, vivió allí.
Un excelso arte mural desubicado en el tiempo
Cuando se descubrieron las Grutas de Ajanta, sus frescos se mantenían en relativo buen estado de conservación, pero el paso del tiempo ha hecho inevitable el deterioro de algunos, en parte por el turismo desmedido y en parte por algunas malas restauraciones. Pero, algunas grutas aún ofrecen una apariencia bien conservada, casi como cuando los soldados ingleses las descubrieron. El conocimiento del buen estado de las pinturas es posible gracias al libro La pintura en los templos de cueva budistas de Ajanta, escrito por el director de La Escuela de Arte de Bombay, John Griffiths, de importantísimo valor porque muestra cómo era el arte pictórico anterior a la “contrarreforma” hinduista.
Se puede contemplar en el interior de las grutas escenas de la vida de Buda, constatándose que se utilizó una asombrosa y depurada técnica mural que ha conseguido sobrevivir a lo largo de diez siglos. Tal vez el secreto sea en parte haber utilizado para los colores las cales de las rocas talladas.
Los artistas que concibieron tales murales, aún siendo desconocidos y de una época de cuando la perspectiva y la profundidad en el arte no estaban ni imaginados, las expresiones y emociones logradas son de un realismo tal que todavía hoy asombra por su perfección. Una técnica, que en occidente fue alcanzada muy posteriormente, allá por el Renacimiento.
Las grutas se crearon para ser templo y monasterio budista, y las pinturas que allí se representan tienen como temática las atractivas leyendas budistas, sobre divinidades de exuberancia y vitalidad sin igual, como solo el arte hindú sabe expresar. También por supuesto se representa a Buda, sus jataka -reencarnaciones- y los episodios de su vida.
De todos los murales destaca el conocido como Ciclo de Ajanta del periodo del arte del Imperio Gupta, gobernado por esta dinastía en el período entre el 240 y el 550 d.C, y que proporcionó un ciclo de paz y prosperidad que favoreció el desarrollo de la cultura hindú. En ese tiempo, el hinduismo adquirió sus más importantes características, constituyéndose las principales divinidades y las prácticas religiosas, a la vez que se dio mucha importancia a los templos.
En los frescos de las grutas, la figura humana se erige como representación central, sobre todo la femenina, donde se nota el sentimiento que mueve a crear formas de expresión contenidas, a la vez que un trazo lineal constante y colores contrastados, consiguiendo una increíble plasticidad y volumen. Se observa diversidad en las representaciones, logradas por esa expresividad contenida y la facilidad para sugerir de forma natural lo que es inherente a la estética india. Porque parte de su maravilla está en la manera cómo se funden ese naturalismo hindú con el misticismo budista.
Una arquitectura hinduísta representativa de Buda
La escuela de Sanat, de estética clásica hinduísta con tendencia a la monumentalidad es la que caracteriza las representaciones repetitivas de Buda en las grutas. Se entrecruzan desde el fondo de la roca conformando un estilo arquitectónico muy utilizado en el arte hindú.
Las caityas y las viharas son las que de forma natural clasifican en dos los tipos de grutas y por tanto su arquitectura. Unas, las viharas, se utilizaban como habitáculos para que los monjes se refugiaran en los monzones y las caityas, para asambleas y plegarias.
Las viharas presentan un largo pasadizo, hoy en su mayoría derruido, cubierto por un techo sostenido por pilares. Tras esta especie de porche, hay un espacio que hace hall, con habitáculos a derecha e izquierda.
Las salas caityas, o santuarios, se adentran más en el fondo de la roca. Tienen los techos arqueados y traviesas de madera que se entrelazan en ribetes y con pilares de piedra decorados, y en la sala principal una considerable estatua de Buda.
Las construcciones más antiguas pertenecen al periodo entre los siglos II al I a. C., durante el reinado de la dinastía Shatavahana. Otras pertenecen al la dinastía de los Vakataka, entre los siglos III al V, y otras, las más modernas, a los siglos VI al VIII de la dinastía Vatapi.
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