Es evidente que el amor es el motor que mueve nuestras vidas. Sin amor no tendría sentido nuestra existencia y todo el mundo vive por este amor: el amor por nuestra pareja, el amor por nuestros hijos, por nuestros padres, por nuestra patria, por nuestra religión, por nuestros equipos y asociaciones, el amor por nuestros ídolos... Y por amor, somos capaces de hacer cualquier cosa: cruzamos los mares y montañas, conquistamos territorios y tesoros, construimos imperios, luchamos y nos batimos en duelo, damos la vida, y por amor, hasta subiríamos a la luna.
Nuestra vida se convierte en una carrera veloz para demostrar nuestro amor y sentirnos amados, y deseados. Los políticos buscan el amor de sus votantes, los padres buscan el respeto de sus hijos, los hijos la aprobación de los padres, los maridos buscan el deseo de sus esposas y viceversa; los famosos la aclamación de sus fans...
La palabra amor resuena en nuestra sociedad y nuestra cultura con gran fuerza. Las novelas literarias, el cine, el teatro, la televisión y toda la industria musical giran alrededor de esta palabra, y todo el mundo habla de ella con gran pasión y entusiasmo. En definitiva, estamos empapados de amor.
Entonces, en contraste: ¿Por qué con este sentimiento de amor coexisten otros sentimientos como el odio, la envidia, los celos, el rencor, el miedo, el resentimiento… ¿Cómo puede ser que hablemos tanto de amor en un mundo tan violento, competitivo y tenso?
En la lengua escrita china hay un caracter de significado muy profundo, que se escribe en chino moderno qing -se pronuncia [ching]- y que se puede traducir como sentimentalismo, cariño, hacer algo en relación a un vínculo.
Todo el mundo vive por este qing. Es el entendimiento que se tiene del amor en el nivel de ser humano común.
Lo que denominamos amor en la sociedad, no es más que una parte concreta y puntual de este qing, que además, tiene polaridades y cambios.
Todo en este plano de existencia es efímero, así que cuando aparece el encanto, este trae implícito el desencanto; cuando aparece la ilusión, le seguirá la desilusión, cuando sea amor, surgirá el desamor y el odio…
Estas fluctuaciones que conlleva el qing humano, o sentimentalismo, son muy palpables en todas las relaciones sociales actuales: si hoy nos ilusionamos con alguna persona concreta, días más tarde nos desilusionamos rápidamente. Nos enamoramos hasta los huesos, pero con el tiempo terminamos detestando y odiando desde lo más profundo de nuestro corazón. Las relaciones se han hecho más superficiales y poco duraderas.
¿Cuál es la perspectiva de la medicina natural respecto al amor, y cómo afecta a nuestro organismo?
La medicina natural dice que el cariño influye directamente en el hígado. El hígado, tiene su característica energética del viento. Es un órgano muy material, acumula mucha sangre y tiene la función de limpiarla y refrescarla.
Es decir, por un lado favorece a toda la sangre del organismo pero a la vez la hace suya como una gran esponja.
Un hígado fuerte, es capaz de dirigir y proteger al organismo de todos los factores externos nocivos (ofensas, disgustos, tóxicos, contaminación, drogas, medicamentos, alcohol...), proporcionando seguridad y tranquilidad. Pero a causa de su poder, tiene tendencia a volverse autoritario, controlador y dictatorial. Un hígado con demasiada responsabilidad, peso o volumen de sangre, o por su sensibilidad y búsqueda de respeto, se vuelve muy vulnerable, y ante cualquier conflicto interpersonal se irrita fácilmente y hace “hervir su sangre”, hinchándose y endureciéndose. El cuerpo empieza a reaccionar agresivamente ante todo estímulo externo. Se vuelve intolerante hacia determinados alimentos, se hace incapaz de asimilar y desechar los medicamentos, se vuelve alérgico al polen y al pelo de los animales; el viento interno empieza a mover y desestabilizar nuestro cuerpo y mente, y los temblores se producen por todo nuestro organismo. Todos estos síntomas tienen su raíz de origen en la sensibilidad emocional con la que nacemos o nos desarrollamos en nuestra vida.
El amor del hombre debe asimilarse al amor del viento, que en su sentido positivo, hace madurar todos los frutos a su paso; fortalece y arraiga árboles y matorrales, hasta las más pequeñas e insignificantes hierbas, limpiando a su vez lo sucio, lo rígido y lo podrido de la naturaleza; estimula el calor interno de todos los seres con los que tiene contacto... y todo sin ser visto, ni necesitar ser reconocido.
Una vez más, las dificultades y enfermedades que nos acechan están mostrándonos el camino y el propósito del ser humano.











