El cuento de Charles Dickens, Canción de Navidad, es todo un clásico de estas fechas, que de vez en cuando es llevado al cine con menor o mayor acierto. Independientemente de la calidad de estas versiones cinematográficas, por encima de ellas sobrevuela siempre la profunda enseñanza que este relato encierra, y que inspira y emociona a cualquiera que se precie de tener corazón, e incluso a aquellos que no lo tienen pero desean tener uno, como el hombre de hojalata de El Mago de Oz.
Esta enseñanza es parte de cada cultura que ha existido y existe sobre el planeta tierra, y que mis padres me resumieron con “uno recoge lo que siembra”. Algo aparentemente tan simple y sencillo de comprender, no lo es tanto cuando solo pensamos en el beneficio inmediato, y nos olvidamos de su repercusión en el futuro, en nuestro futuro.
Apartándose del camino de baldosas amarillas
Un ejemplo de esta falta de comprensión de proporciones planetarias es lo sucedido recientemente en Copenhague, donde un grupo de personas, llamadas “líderes mundiales”, no consiguieron llegar a un mínimo acuerdo beneficioso para este planeta en el que ellos, sus hijos, y los hijos de sus hijos habitan. Según informaron los periódicos ingleses The Independent y The Guardian, y según denunció uno de los funcionarios presentes en las reuniones a puerta cerrada, el responsable de que no se llegara a un consenso fue el régimen chino. Y yo me pregunto: De todos los “líderes” allí presentes, ¿es uno quien decide el futuro bienestar de este planeta?. Claro, quién mejor si no el régimen que controla con mano de hierro el país más contaminado y contaminante de la Tierra, la llamada fábrica del mundo, para decidir por todos nosotros en qué medida podemos seguir destruyendo el planeta.
Si éste dice que no quiere que ningún organismo internacional mida las emisiones de dióxido de carbono en China, el espantapájaros lo acepta. Si éste dice que no se establezca ningún porcentaje en las reducciones de emisiones, no solo dentro de sus fronteras, sino en el resto del planeta, el león lo acepta. Y mientras tanto, el hombre de hojalata abre otra fábrica donde se hace jarabe, leche, dentífrico, o juguetes, en condiciones infrahumanas y con materiales tóxicos. Ojala todos siguieran aquel camino de baldosas amarillas de El Mago de Oz en busca de un cerebro, valor y un corazón, porque eso significaría que aún hay esperanza de volver a Kansas, o lo que es lo mismo, que el ser humano no destruya su propio hogar.
La casa de chocolate chino
Pero el cuento de Copenhague me recuerda al de aquellos niños que, cegados por el chocolate, terminan prisioneros de una malvada bruja que los ceba para luego comérselos. La diferencia estriba en que los que allí se reunieron piensan que no están prisioneros, y no son conscientes de que con cada fábrica nueva en China o cada préstamo chino aprietan un poco más fuerte sus propios grilletes, y los de millones de personas que sufren los abusos y la opresión de este régimen tan perverso, como tonto. Porque aunque a primera vista parezca que es muy listo, tanto en los cuentos, como en la vida real, el malvado siempre es el más tonto, por el mero hecho de ser malvado.
De todas formas prefiero el final del cuento de Dickens, que nos recuerda que siempre hay una posibilidad de hacer lo correcto, como han hecho recientemente el Juez Ismael Moreno y el Juez Octavio Aráoz de Lamadrid, actuando contra varios genocidas chinos, que en esto de la tortura y el asesinato sí que son líderes mundiales. Para llegar a entender la actuación de estos jueces justos, tal vez alguno necesite que un fantasma del futuro lo muestre moribundo en su cama de chocolate con un último suspiro de insatisfacción porque no siguió el camino de baldosas amarillas. Los Gobiernos de España y Argentina tienen ahora otra posibilidad de hacer lo correcto no dejándose influenciar por las presiones económicas de los mismos que bloquearon un acuerdo en Dinamarca. Yo recomiendo a todos leer Canción de Navidad, y muy especialmente a los hombres de hojalata.








