Jerarca comunista chino prófugo, arrepentido de visitar Argentina en 2005
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|nid=11532|title=|desc=Practicante de Falun Gong siendo golpeado en los aledaños del Congreso de la Nación. (La Gran Época) Su viaje a Argentina había sido anunciado por la prensa oficial del partido comunista chino (PCCh). “Invitado por el gobierno argentino y el Partido Justicialista”, era el argumento ofrecido por la agencia Xinhua, que le sirvió al entonces funcionario para salir ese día en el avión presidencial. No obstante, del otro lado del mundo, en el país de Sudamérica, en ninguna de las instituciones mencionadas tenían idea de quién era Luo Gan, y menos aún podían confirmar haberlo invitado; ningún medio de comunicación tenía idea de que uno de los nueve miembros de la cúpula del PCCh visitaría el país; es que no había ninguna agenda oficial, y mucho menos había una razón para su visita.
En ese entonces, La Gran Época pudo saber que Luo Gan llegaría para quedarse cinco días, y que su único contacto oficial sería una breve entrevista improvisada con el entonces Presidente del Senado, Daniel Scioli. Breve e improvisada, porque era justo minutos antes de la jura de los nuevos legisladores argentinos; ‘para la foto’, se diría en léxico argentino. ¿Qué venía a hacer entonces Luo Gan durante cinco días en un viaje en el que salió de China de manera oficial, pero cuyo arribo a Argentina fue extraoficial y en silencio? Evidentemente tenía motivos personales o ulteriores suficientemente grandes como para armar semejante movimiento. Pero algo le salió mal.
Es que Luo Gan, a donde quiera que vaya, lleva una carga que no puede separar de su equipaje. Es una enorme masa negra generada por su rol central en la ejecución y planificación del genocidio contra los practicantes de Falun Gong en China desde 1999. Esa masa negra no fue detectada por los inspectores de la aduana en el aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, quienes –y quizás tampoco sea un detalle menor– tampoco pudieron saber qué otras cosas traía el jerarca en su equipaje, debido al manto engañoso de oficialidad de su viaje. Pero sí fue detectado por los practicantes de Falun Gong locales, que hicieron saber de esa carga al Juzgado Federal. Pero eso no fue todo, porque luego vino el escándalo.
El perfil bajo de la visita quedó tan dañado como las banderas, remeras y cuerpos de los practicantes de Falun Gong argentinos que osaron denunciar públicamente frente al Congreso de la Nación lo que habían denunciado el día anterior en los tribunales. Curiosamente, las imágenes que quedaron de esa reunión de cinco minutos “para la foto (que se mostraría en China)” entre Luo Gan y el ex Presidente del Senado argentino, no fueron de aquel protocolo fugaz, si no de la paliza que propició una suerte de “seguridad” organizada por grupos de chinos afines a la embajada de la RPC, cuya misión era impedir que prosperara cualquier acusación pública al dirigente rojo.
Buenos Aires se convirtió en Beijing; y la Plaza del Congreso, en la Plaza Tiananmen: una escena calcada de diez años atrás, cuando, recién comenzado el genocidio contra Falun Dafa, los practicantes de Falun Dafa iban de uno tras otro a la emblemática plaza frente a la ‘Ciudad Prohibida’, donde abrían banderas diciendo «Falun Dafa hao» (Falun Dafa es bueno) y «Zhen-Shan-Ren» (Verdad-Benevolencia-Tolerancia), y la policía –bajo las directivas de la Oficina 610 dirigida por el propio Luo Gan– les quitaba las banderas y los golpean brutalmente, sin que aquellos les devolvieran la agresión. La Plaza del Congreso se convirtió ese día en un espejo de aquella realidad que algunos no quieren ver: una decena de argentinos, hombres y mujeres, eran golpeados salvajemente por un grupo de cuarenta “guardias rojos” chinos que incluso llevaban credenciales y no eran tocados por la policía local. Les quitaban y rompían las banderas que llevaban las mismas frases que aquellas expuestas fugazmente en Tiananmen. El grito de “¡Falun Dafa hao!” enfurecía aún más a los camaradas de Luo. Incluso algunos partidarios peronistas que asistían a la jura de sus diputados vivieron en carne y sangre propia, de rebote, el rigor de la persecución comunista.
Es que la criminalidad no es algo que Luo Gan podía simplemente dejar en su oficina para salir de viaje. Como la fábula de la rana y el escorpión, el ex funcionario no puede evitar llevarla consigo donde quiera que vaya, pues su persecución a Falun Gong ya ha marcado su destino.
Los periodistas que estaban apostados para cubrir la jura de los legisladores nacionales transmitieron en vivo la ferocidad de la persecución que Luo Gan había traído al suelo argentino. El escándalo de su trasfondo ya era tan público como su extraña visita.
No obstante, aún después de los incidentes, nada pudo saberse de la razón original de la venida del funcionario. La agencia de noticias DYN (segunda en importancia de Argentina) publicó en ese entonces que “en el interior del Congreso hubo hermetismo total sobre la visita del funcionario” de pocos minutos. Es que quizás no había nadie que pudiera dar una explicación oficial de la reunión. En los días siguientes, el entonces funcionario siguió sus planes y desapareció dentro del país.
Argentina: de tierra soñada a pesadilla
Varias hipótesis surgieron sobre las razones personales de Luo Gan para visitar Argentina. Una ponía a Luo Gan como titular de la empresa compradora de la mina de Sierra Grande (se había afirmado que el mismo era un “alto funcionario chino”), la cual se reactivó poco después de su visita. Fuentes inmobiliarias del noroeste argentino también dijeron a La Gran Época, una semana antes de la llegada del funcionario, que un “alto funcionario chino” que estaba “arribando al país en pocos días” tenía interés en adquirir terrenos para explotación minera y fincas, al menos en Catamarca. Si a esto sumamos que Luo Gan es ingeniero en minería, las piezas del rompecabezas encajan demasiado bien. También surgió que un hijo del funcionario podría estar en Argentina, desde que, en el momento de las agresiones, preguntado por la prensa sobre por qué golpeaban a los argentinos, uno de los agresores declaró que “están atacando a mi padre”.
Una asiática asidua al barrio chino de Buenos Aires –quien pidió que no mencionemos su nombre–, cuando el escándalo de Luo no escapaba a ninguna conversación entre los chinos de Argentina, comentó: “Argentina también tiene funcionarios deshonestos, y todos estos se juntan fácilmente. Es bastante confortable asegurarse un futuro en este bello país, con oportunidades de hacer grandes negocios”.
Nadie desconoce que la corrupción en el Partido Comunista Chino es estratosférica, y abarca desde los funcionarios bajos hasta las más altas esferas de régimen. Entonces, esta clase de inversiones particulares de funcionarios del régimen comunista chino en viajes oficiales montados, para muchos integrantes de la comunidad china no es otra cosa que solucionar varios problemas de una vez: lavar el dinero de corrupción (en el caso de Luo Gan y otros se suma el de las bonificaciones por planificar los crímenes masivos del PCCh a través de la Oficina 610 –la GESTAPO china que él manejaba– y el dinero que confiscaron de los practicantes de Falun Dafa mediante saqueos y robos); asegurarse una fuente económica para el futuro; y establecer contactos con el poder, quizás otorgando algunos favores, a fin de conseguir un refugio seguro para vivir el resto de su vida a salvo de la justicia.
Es que los funcionarios del PCCh –especialmente los altos– y muchos chinos ya prevén que al PCCh le quedan pocos días. Con tantos casos sangrientos que cargan a sus espaldas, jerarcas como Luo Gan tienen que hacer cuentas y planear su futuro para asegurarse un placentero refugio de la justicia para el futuro cercano.
Para alguien con poder, dinero y buenas relaciones, no sería problema conseguir asilo extraoficial en base a intercambios por beneficios, y así resguardarse de una retribución por sus innumerables crímenes contra la humanidad cuando el PCCh caiga. Y cuando de negocios se trata, no hay mejor vehículo que un avión presidencial con un “invitado de honor” para traer el efectivo a lavar sin mediar interferencias.
Argentina, de hecho, ya tiene el antecedente de haber sido morada de jerarcas nazis después de la Segunda Guerra Mundial. La Asociación del Estudio de Falun Dafa en Argentina había alertado sobre esto en su momento, al expresar que “muy probablemente, al igual que ocurrió con los nazis cuando Hitler estaba por ser derrotado, funcionarios chinos implicados en crímenes contra la humanidad, incluido Luo Gan, están haciendo viajes semi-oficiales con el verdadero objetivo personal de buscar, entre otras cosas, un hermoso lugar como Argentina para exiliarse cuando el PCCh se desintegre, conseguir fácilmente la ciudadanía y continuar su vida como un rico ‘estanciero argentino’.”
Probablemente no se imaginaba Luo Gan en ese momento que la madriguera soñada que preparaba lo esperaría con el martillo de la justicia. Con marcas de sangre por la persecución a Falun Gong dejadas por Luo Gan de manera imborrable sobre las calles Hipólito Yrigoyen y Entre Ríos que rodean el Congreso Argentino, el Juzgado Federal nº9 avanzó indoblegablemente en las investigaciones por causa presentada aquel día en su contra, para librar, cuatro años más, la orden de captura del ahora fugitivo Luo Gan y del impulsor de la persecución, el ex líder del partido comunista chino, Jiang Zemin.
Arrepentido estará hoy Luo Gan de haber soñado un alivio en suelo argentino. Pero no es que Argentina tenga un sentido de justicia especial. Es que el destino y la propia naturaleza del genocida se encargaron de dejar claro que donde quiera que vaya, la justicia lo estará esperando.
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