Especial Muro de Berlín: Alemania Oriental, la cultura del miedo
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Hosse era capataz en un silo perteneciente a una empresa de propiedad estatal en Madgeburg durante la primavera de 1984. Fue despedido tras defender a sus subordinados frente al director.
Después de que Hosse intentara abandonar Alemania Oriental, las autoridades comunistas intentaron hacer que retirara su solicitud de salida y empezaron a hacer su vida aun más difícil. Tenía que presentarse ante la policía dos veces por semana para ser interrogado. El proceso siempre era el mismo: tras hacerle esperar durante dos horas, le llamaban a la sala de interrogatorios donde los policías e interrogadores le exigían que retirara su solicitud de salida del país.
Había dos policías junto a los dos interrogadores en la habitación, cuenta Hosse. “Se quedaban de pie detrás de mi, cerca de la pared y miraban hacia el techo todo el tiempo, de esa manera se podían concentrar en mi voz, mi disposición y mi humor”.
Al mismo tiempo que se producían los interrogatorios, las solicitudes de empleo de Hosse nunca tenían éxito; él cree que ambas cosas estaban relacionadas. Incluso su hija era discriminada y acosada en la escuela por los profesores y alumnos, recuerda.
Pronto se percató de que su casa estaba bajo constante vigilancia y que él mismo era vigilado donde quiera que fuera. Pero eso no lo intimidó.
Hosse, no entendió sino hasta después de la caída del muro, la razón por la cual su permiso de salida había demorado tanto. En 1990 descubrió que quien había sido su mejor amigo durante 17 años, era un espía. Rememorando se considera un hombre afortunado. “Podría haber sido mucho peor”, reflexiona. “Podría haber desaparecido de repente, como le pasó a tantos otros”.
Justo dos semanas antes de la caída del muro de Berlín, Hosse finalmente recibió su permiso para abandonar el país. “Es posible que supieran entonces que el muro caería pronto”, cuenta. En 1989, a pesar de tener autorización para salir del país con su esposa y su hija de 10 años, la policía seguía poniéndole obstáculos. No tenía permitido usar la frontera más cercana y tuvieron que dar un rodeo vía Bavaria de casi 1000 kilómetros. Sólo pudieron llevar lo que cabía en una maleta pequeña; la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental, confiscó todo lo demás, incluyendo la casa y todos sus muebles.
Pensando en el pasado, Hosse afirma, “Los comunistas eran tan malos como los nazis” .
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