*El autor es escritor mexicano y consultor político. Algunos de sus libros son 'El fin de lo sagrado. Modernidad y catolicismo en México', 'Los réprobos y los devotos' (publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México), ha sido colaborador del periódico Reforma y ocupado altos cargos como asesor en la Presidencia de la República y la Secretaría de Gobernación.
Alguna vez será motivo de estudio la impunidad internacional con la que ha actuado el régimen chino, en su conversión al capitalismo sin dejar de ser, en lo político, una tiranía comunista.
La última voz que se ha levantado para advertir a Occidente de los peligros que entraña esta China híbrida comunista-capitalista, la cual no está dispuesta a jugar un rol constructivo internacional, es Paul Krugman, Premio Nóbel de Economía y quien acaba de publicar un artículo en New York Times, titulado “China va a su aire”, donde señala los perjuicios a la economía mundial que significan las maniobras financieras del gobierno chino, no sin antes considerar que “la frenética compra de activos por parte de China contribuyó a inflar la burbuja inmobiliaria, lo que allanó el camino hacia la crisis financiera” de Estados Unidos.
En realidad la historia es vieja. Sin denunciar los métodos de acumulación salvaje de capital –con una sobreexplotación de la fuerza de trabajo-, ni el auspicio gubernamental a la piratería en gran escala, (1) ni mucho menos la realidad escalofriante del Gulag chino -su sistema Laogai de campos de trabajo forzado, sobre vivencia del maoísmo-, ya en 2004, el Comité de Relaciones Gubernamentales de IPC (Association Connecting Electronic Industries) señaló que “la manipulación de China al yuan ha tenido consecuencias devastadoras sobre los fabricantes estadounidenses”. También calificó las medidas monetarias de China como “violaciones directas de sus compromisos con la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional”. (2)
Esta postura la sostuvo durante su campaña presidencial, Barack Obama, quien varias veces hizo declaraciones en este sentido, más para complacer coyunturalmente a los pequeños y medianos industriales estadounidenses, así como a los sindicatos aliados del Partido Demócrata, que como el sustento de una nueva política respecto a China, pues se sabe que la actitud de este gobierno se basa en la compra de Bonos del Tesoro por parte del gobierno chino, lo que prácticamente ha sido mendigado por el secretario estadounidense Timothy Geithner, quien por su parte informó al Congreso de los EE. UU. que los chinos “no están manipulado su moneda”.
Ahora, justamente alarmado, Paul Krugman, que también es profesor de la Universidad de Princeton, no sólo se burla de la mentira de Geithner, “están de broma, ¿verdad”, sino habla directamente de “la horrible política monetaria china”, señalando que “el mal comportamiento de China se está convirtiendo en una amenaza cada vez mayor para el resto de la economía mundial. En este momento la única duda es si el mundo (y en concreto Estados Unidos) va a hacer algo al respecto”.
Krugman demuestra cómo el enorme superávit comercial chino utiliza una depreciación artificial de su moneda, lo cual hizo “que los productos chinos se abaratasen exageradamente en los mercados mundiales”, pues sin la intervención del gobierno chino al vender cantidades inmensas de su moneda y comprar en cambio activos extranjeros, en especial moneda estadounidense, la ley de la oferta y la demanda hubiera llevado automáticamente al alza el valor de la moneda china y por lo tanto a un aumento en los precios de sus exportaciones, dejando de competir tan deslealmente.
Algo que muchos han denunciado sin tener eco –precisamente por el esquema de impunidad de que goza el gobierno chino al que hago referencia al principio de este artículo-, es decir, la afectación injusta a los empleos en otros países, Krugman lo denuncia ahora como parte de las políticas financieras chinas que “están perjudicando el crecimiento en casi todo el mundo”, lo cual deriva en que las principales víctimas sean “los trabajadores de otros países pobres”. Este tabú de los economistas, el desequilibrio económico provocado por China, es roto por Krugman quien afirma que “en épocas normales, yo sería uno de los primeros en negar las afirmaciones de que China está robando los puestos de trabajo de otra gente, pero ahora mismo es la pura verdad”.
Esta pura verdad ha significado la pérdida de cientos de miles de empleos en México, pero no de ahora, por ejemplo, Ted C. Fishman daba como una causa general de la pérdida de 218, 000 empleos en el sector manufacturero dedicado a la exportación entre 2002-2003, al cierre de fábricas por la competencia desventajosa con China, por lo que como dice este autor “cuando las fábricas mexicanas se van a China, los mexicanos se marchan a Estados Unidos”, luego acota melancólicamente que las fábricas se van también de Estados Unidos, por lo que hay trabajadores mexicanos –como los emigrantes a Chicago- que han perdido dos veces su empleo frente a China.(3) Sin embargo, la Organización Mundial del Comercio ha respaldado incondicionalmente a China, en aras supuestamente de evitar el proteccionismo, eliminando en los hechos por ejemplo el concepto de dumping en relación con este país.
Lo que ahora reclama Paul Krugman no es que se aplique una política proteccionista, sino exige un papel responsable de China en el marco de la economía mundial. Este célebre economista sabe sin embargo que esto no surgirá por sí mismo de un régimen como el que prevalece en China, por eso se pregunta qué hará al respecto la comunidad internacional. El problema es realmente complejo si se enfoca según los dogmas económicos neoliberales o a partir de los intereses de las grandes corporaciones como Wall Mart. Pero es relativamente sencillo si la visión, como en otras grandes coyunturas históricas, vuelve a ser elegir entre la civilización y la barbarie. Y vamos a explicarlo brevemente.
La tesis central de Paul Krugman es que China está jugando bajo un principio de suma cero: yo gano si los otros pierden, o sea, China gana en la medida que todos los demás pierden. ¿Se trataría entonces de darle la vuelta a dicho principio? No, eso tampoco es adecuado y quizás ni siquiera posible. Para alcanzar una suma positiva, que todos ganen, hay que hacer prevalecer los principios básicos de nuestra civilización; en el aspecto económico esto significa que no es posible permitir a China irrumpir con su comercio bárbaro en mercados regulados, donde no se puede obligar a las industrias a competir en condiciones tan desventajosas. Existen legislaciones, reglas, normas, que no se están tomando en cuenta, abonando así a la impunidad china.
Y debe decirse, esta impunidad que ahora indigna al premio Nóbel Paul Krugman comenzó cuando el tema global de los derechos humanos fue prácticamente abolido de la política internacional respecto a China en todo el mundo. El mensaje para los gobernantes de esta tiranía es que pueden hacer lo que quieran, en ese terreno y también por supuesto en el comercial y en el financiero. Por ejemplo, este año en el seno del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, sólo Canadá protestó por la existencia del sistema Laogai de campos de trabajo forzado donde también se maquillan productos para exportación, tal como se denunció en noviembre de 2008 en la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad de Estados Unidos.(4)
Es la hora de que los gobiernos no estén solos, ni sus grupos de tecnócratas dogmáticos sean los únicos que se ocupen cuando se tratan temas que no están lejanos a la vida de todos. Como lo reclama Paul Krugman, la impunidad del gobierno chino debe cesar en el ámbito financiero, comercial y económico, pero esto no será posible si no se acompaña de una defensa de nuestra civilización y eso compete principalmente a un tema como el de los derechos humanos. Con una mayor sabiduría que muchos gobiernos, el Tribunal Internacional Judío de Nacent Sanhedrín, una corte rabínica en Jerusalén, señaló en julio de 2008 que con el genocidio al movimiento espiritual Falun Gong, “el gobierno chino produce un daño al bienestar de la humanidad”, estableciendo así la medida con la cual debe ser juzgada una tiranía comunista transformada en capitalista.
(1) China S.A., Ted C. Fishman, Debate, Barcelona, 2006, capítulo “Nación Pirata”, “Los sistemas de falsificación en China operan sobre el resto del mundo al modo en que los ejércitos coloniales lo hicieron en otro tiempo: invadiendo hasta la médula las economías de sus víctimas, expropiando sus bienes más preciados y, mediante ello, menoscabando la capacidad de sus víctimas para contraatacar”.
(2) Op Cit.
(3) Op Cit.
(4) Documentos de investigación de la Fundación Laogai presentados ante la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad de Estados Unidos. Audiencia sobre el “Memorando de Entendimiento entre Estados Unidos y China con relación a los productos fabricados por prisioneros” (síntesis), 19 de junio de 2008. En México, en el marco del Foro sobre los Derechos Humanos en China, de la Cámara de Diputados, efectuado el 30 de marzo de este año, que tuvo el testimonio de ex prisioneros chinos de los campos, las ponencias de David Kilgour, David Matas, del ex embajador mexicano en Cuba, Ricardo Pascoe y de Eréndira Cruz Villegas, representante de la Comisión de Derechos Humanos del DF, la representación de la CIPFG (Coalición para la Investigación de la Persecución a Falun Gong) en México presentó públicamente una lista de 1,400 empresas chinas que son en realidad campos de trabajos forzados del sistema Laogai, que exportan productos a Estados Unidos y México, lo que motivó una Iniciativa de Ley por parte del diputado federal Armando García Méndez que otorga facultades al Ejecutivo para la defensa de la seguridad económica del país. Además de esta Iniciativa pendiente, en la nueva Legislatura se promueve también la necesidad de armonizar legalmente convenios internacionales como los firmados con la OIT (Organización Internacional del Trabajo) que prohíben este tipo de exportaciones a México.









