(Minghui.net)—Fan Chunren (1027-1101) fue el segundo hijo de Fan Zhongya, un notable literato en la historia china y una importante figura en el ámbito político en la Dinastía Sung (960-1279). Él le enseñó a sus hijos a vivir de acuerdo a altos estándares morales.
“La persona más confundida y ofuscada puede tener la cabeza bien clara y despierta cuando examina las faltas de otros, una persona muy inteligente se puede volver bastante tonta cuando excusa sus propios errores. Por lo tanto si uno pudiera reprenderse a uno mismo de la manera que uno reprende a otros y excusar a otros de la manera que uno se perdona a sí mismo, muy fácilmente podría volverse sabio” dijo Fan.
Algunos le pedían a Fan que los guiara en como conducirse a sí mismos y como relacionarse con otros de buena manera. Él dijo: “Sólo la frugalidad puede albergar una sensación de honor y vergüenza, y sólo el perdón puede traer benevolencia y virtud”.
Fan practicó la cultivación personal. Cada día después de trabajar en la oficina del gobierno, se cambiaba de ropa y se vestía con algo barato. Él nunca fue fastidioso con la comida y mantuvo esta forma de ser sin importar el rango que mantuviera en su vida.
En las relaciones personales la gente de la antigua China educaba a sus hijos a ser estrictos consigo mismos y a perdonar a los demás. Por lo tanto Fan aconsejaba a sus hijos y estudiantes a que la clave para altos niveles de moralidad era “criticarse a uno mismo de la manera que se encuentran defectos en otros y perdonar a otros como nos disculpamos a nosotros mismos”.
En la práctica esto no es fácil. La gente tiende a ver el mundo de una forma insatisfactoria y corrupta y se siente triste y e incómoda. Molesta y enojada empieza a culpar y a censurar a los demás.
Normalmente comentamos grandes principios para cubrir nuestros propios problemas. Cuando vemos las faltas en otros nos sentimos bien acerca de nosotros mismos. Esta no es manera de cultivar la moral y la propia conducta.
El primer paso en cultivar la virtud es empezar ha identificar nuestras propias deficiencias. Una vez que se aprende un principio es fácil aplicarlo a otros pero es muy difícil aplicarlo a nosotros mismos.
Solo hablar de principios no funciona hasta que lo ponemos en acción. Cuando los conflictos o las dificultades aparecen, debemos corregirnos a nosotros mismos en vez de criticar o culpar a otros. Nuestro capital moral se acumularía si constantemente nos examináramos a nosotros mismos y fuéramos tolerantes de las fallas de otros. Al mismo tiempo esto nos permitiría influenciar en otros de forma positiva.
Los problemas que vemos en otros deberían servir como alerta para que no cometiéramos los mismos errores. Si pudiéramos realmente perdonar a otros de la misma manera que nos excusamos a nosotros mismos, entonces la santidad estaría al alcance.










