La horrible cosecha de órganos en China | lagranepoca.com

La horrible cosecha de órganos en China

El mundo no parece observarlo ¿por qué?
Por Ethan Gutmann
Mie, 31 Dec 2008 17:37 +0000

Bangkok

 El conductor del jeep nos caló en el minuto en que nos subimos. Mi asistente en la investigación es un saludable joven israelí, por lo que yo debo ser el del dinero. Se dirige a mí chapurreando en su inglés: ¿Chicas?

¡No, chicas no ¡ Llévenos a...

¿Niño dama? ¿Kickboxer?

No. Niño dama, no. Kickboxer, tampoco, gracias. Puede que mi aspecto de hombre blanco barrigudo, de mediana edad y con pintas de ser un poco desaseado, haga pensar así, pero estoy aquí para... bueno, en realidad, he quedado con una mujer china en la esquina de una calle. Ella me va a contar historias íntimas de humillación, torturas y abusos. Y la verdadera parte vergonzosa es que después de unas 50 entrevistas, con refugiados chinos de campos de trabajos forzados, no voy a poder escuchar con demasiada atención. Estoy en Bangkok porque los practicantes de Falun Gong, el resurgido movimiento budista proscrito por la ley, tienden a ir hacia el sur cuando escapan de China. Aquellos sin pasaportes entran en Birmania montados en sus motocicletas circulando por carreteras secundarias. Algunos han sido interrogados por funcionarios de las Naciones Unidas, pero pocos han sido entrevistados por la prensa, aunque, habiendo salido de los campos de trabajos forzados, están ansiosos, incluso desesperados, por contar sus historias. Con esta mujer china, intentaré dirigir mis preguntas más allá de lo que ella quiera contarme -persecución y espiritualidad- hacia algo que posiblemente tenga escasos recuerdos, una parte de su experiencia aparentemente inocua: una inyección con aguja, algunos pinchazos alrededor del abdomen, rayos X, muestras de orina, exámenes médicos consistentes con las declaraciones de prisioneros para cosecha de órganos…

Mi línea de investigación comenzó hace más de un año en un centro comunitario de Montreal, al escuchar a un hombre chino llamado Wang Xiaohua, de voz suave, de edad mediana, un hombre que se diferenciaba del resto por una mancha morada que tenía en su frente.

Él recuerda una escena; alrededor de 20 practicantes de Falun Gong, todos hombres, estaban parados frente a un descampado en pleno invierno, vigilados por dos escoltas armados. En lugar de dirigirlos a cavar rocas y a diseminar fertilizantes, la policía los había preparado para algún tipo de excursión; parecía como si fuera una fiesta. Wang no había visto antes a casi ninguno de esos prisioneros. Aquí, en el Campo de Trabajos Forzados No. 2 de Yunan, los detenidos de Falun Gong eran cuidadosamente mantenidos en pequeños grupos en las celdas, de modo que los criminales reincidentes pudieran darles palizas.

A los practicantes de Falun Gong se les prohibía comunicarse libremente. Pero, a medida que los guardias los animaron para que comenzaran a caminar, Wang sintió que el grupo entró en un paso parecido al de un suave rebaño migratorio. Miró desde la tierra roja manchada con paja y excrementos humanos, hacia las áridas montañas en el horizonte. Wang sabía que ellos no temían a lo que les pudiera venir.

Después de 20 minutos, vio en la distancia una enorme y reluciente estructura, ¡parece un hospital! pensó Wang. El verano del 2001 fue brutal en el sur de China. Después de trabajar durante meses bajo el sol ardiente, la cabeza afeitada de Wang comenzó a infectarse profundamente. Tal vez comenzaba a mejorarse, o, tal vez, ya se había acostumbrado. Más tarde, cuando se despertó, él sólo percibió la calidez y el rancio hedor de su podrido cuero cabelludo.

Wang, rompió el silencio al preguntarle a uno de los guardias si ése era el hospital del campo. El guardia le respondió serenamente, “ya sabes, nos preocupamos tanto por ustedes... por eso los estamos llevando a que se hagan un examen médico. ¡Fíjense lo bien que los trata el partido!. Regularmente, este tipo de cosas nunca suceden en un campo de trabajos”.

Los practicantes hicieron una fila dentro del edificio y a cada uno les iban sacando una gran muestra de sangre. Después, se recogía una muestra de orina y se les sometía a un electrocardiograma, rayos-X abdominal y un examen de ojos. Cuando Wang señaló su cabeza, el doctor murmuró algo así como que estaba bien y pasó a atender al siguiente paciente. De regreso al campo, los prisioneros se entían aliviados, incluso hasta un poquito creídos, en relación con todo el episodio. A pesar de toda la tortura que ellos habían resistido y de las brutales condiciones, el propio gobierno parecía estar obligado a supervisar que los practicantes de Falun Gong gozaran de buena salud.

Ellos nunca conocieron los resultados de ninguno de esos exámenes médicos, comenta Wang dejando asomar una pequeña sonrisa; no puede evitarlo porque él sobrevivió.

Yo hablé con Wang en 2007, era una de las 100 entrevistas que realicé para escribir el libro sobre el conflicto entre Falun Gong y el estado chino. La historia de Wang no es nueva. Dos afamados abogados de derechos humanos canadienses, David Kilgour y David Matas, destacaron también su caso, y muchos otros, en el “Informe sobre alegatos de Cosecha de Órganos a Practicantes de Falun Gong en China”, publicado y cargado en la web en el 2006.

Al entrevistar a Wang, no buscaba nada nuevo, lo que trataba era ampliar información sobre las investigaciones ya realizadas por otros. No esperaba que se repitieran los patrones de otros en Wang y en la medida que avanzaba en mi entrevista, tampoco esperaba encontrar en él nada relacionado con la cosecha de órganos, más allá de Falun Gong. ¡Estaba equivocado!

Falun Gong se hizo ampliamente popular en China a finales de los años 90. Por diversas razones, tal vez porque la cantidad de personas practicando este movimiento era superior a los del partido comunista chino (e interrumpidos por), o porque el legado de Tiananmen no estaba resuelto, o debido a que 70 millones de personas súbitamente parecían estar buscando un camino hacia el cielo (en lugar de dinero), el partido decidió eliminarlo. En 1998, el partido decidió silenciosamente revocar las licencias de negocio de las personas que practicaban Falun Gong. En 1999 realizó arrestos masivos, embargó bienes y torturó. Entonces, a comienzos del 2000, a medida que el movimiento respondió con activismos más abiertos, demostrando en Tiananmen e interceptando señales de televisión, las cifras de muertes comenzaron a elevarse, alcanzando al 2005 aproximadamente 3.000 muertes confirmadas por tortura, ejecuciones y negligencias.

Según datos obtenidos, más de 100.000 practicantes de Falun Gong estaban en algún lugar del sistema penal chino. Al igual que la mayoría de los números que se barajaban en China, éstos eran estimados dudosos, además podían considerarse no fiables por los resultados que se barajaban en la comparativa chatter de afirmaciones y negaciones. Pero hay un punto indiscutible: La represión contra Falun Gong se extendió sin control. Arrestos, sentencias, y lo que fuera que se llevaba a cabo en los centros de detención, instituciones psiquiátricas, y campos de trabajos forzados, no seguían ninguna restricción o procedimiento legal establecido. Como un acto de resistencia pasiva, o simplemente para evitar problemas a sus familias, muchos practicantes de Falun Gong comenzaron a ocultar sus nombres a la policía, identificándose simplemente como “practicantes” o “discípulos de Dafa”. Cuando se les preguntaban el nombre de la provincia de su hogar, ellos contestaban, “el universo”. Por eso, al no existir posibilidad de ser reclamados o rastreados ni poder manifestarse las familias por falta de información, los sin nombres, han podido pasar página sin que exista ningún tipo de información sobre ellos.

A inicios de 2006, las primeras acusaciones de cosecha a gran escala, extirpación quirúrgica de órganos, a prisioneros de Falun Gong vivos, aunque por supuesto el procedimiento los mataba, emergió al noreste de China. Los cargos desencadenaron un silencioso escándalo en la comunidad de derechos humanos. Aún así, el cargo no era inverosímil.

El disidente chino Harry Wu, quien estableció la Fundación Laogai, ya había generado muchas evidencias de que el estado, después de ejecutar a criminales sentenciados formalmente a muerte, vendía sus riñones, hígados, corneas y otras partes del cuerpo a extranjeros, o a cualquiera que pudiera pagar el precio. La práctica comenzó a mediados de 1980. A mediados de 1990, con el uso de drogas anti rechazo de tejido utilizadas por primera vez en China, el negocio había progresado. Furgonetas manejadas por servicios armados se estacionaban rutinariamente justo afuera de los terrenos de ejecución, para asegurar que los hospitales militares obtuvieran lo primero cosechado. Esto no era secreto. Hablé con un ex oficial de la policía china, un simple hombre de campo, quien dijo que, como favor a su amigo condenado, él había abierto la puerta trasera del furgón y la bolsa donde estaba el cuerpo. El pecho del cadáver estaba “limpio” de órganos.

Los doctores taiwaneses quienes arreglaron que sus pacientes recibieran trasplantes en China continental, declararon que no había sistema de supervisión alguna ni base de datos centralizada de órganos, ni tampoco historia médica de donantes, ni burocracia que disminuyera las ganancias médicas. De modo que ante la oferta de US$62.000 por un riñón fresco, la pregunta era evidente, ¿para qué iba un hospital chino a desperdiciar cualquier cuerpo que ellos pudieran apropiarse?

Con todo, lo que inicialmente causó más controversia en los escépticos, fue la afirmación de que los órganos estaban siendo extirpados a personas antes de su muerte. Según todas las dramatizaciones de Falun Gong, esta afirmación tampoco era tan disparatada. Cualquier médico experto sabe que un recipiente es susceptible a un rechazo de un órgano vivo; y cualquier proveedor de trasplantes confirmará que los compradores pagarán más por uno. Hasta hace poco, altos volúmenes de centros de trasplantes chinos publicitaban abiertamente el uso de donantes vivos en sus sitios webs.

Hay que tener en cuenta que la muerte cerebral no está legalmente reconocida en China, sólo cuando el corazón deja de latir, el paciente está considerado realmente muerto. Esto quiere decir que los doctores pueden dispararle en la cabeza a un prisionero, como si lo estuviera, quirúrgicamente, y después extirparle los órganos antes de que el corazón deje de latir. O pueden administrar anestesia, extirpar los órganos, y cuando la operación está cercana a concluir, administrar una droga que detiene el funcionamiento del corazón, el último método. De cualquier modo, el prisionero ha sido ejecutado, y la extirpación es sólo entretenimiento en el camino. De hecho, según los doctores con quienes he conversado recientemente, todos muy versados en las prácticas actuales en China continental, la extirpación de órganos a prisioneros sentenciados a muerte durante el curso de la ejecución, es una rutina.

El verdadero problema fue que los cargos provinieron de Falun Gong, el hijo no deseado de la comunidad de disidentes. A cambio de los estudiantes líderes de Tiananmen y de otros prisioneros de conciencia chinos quienes se han establecido en el exilio en el occidente, Falun Gong marchaba por el mundo, como si marcara el sonido de un verdadero tambor chino. Con raíz en una tradición espiritual del interior de China, Falun Gong nunca construiría una versión de la Estatua de la Libertad para marchar a su alrededor para CNN. En realidad, para los observadores occidentales, las manifestaciones públicas de Falun Gong dejaban ver algo oscuro de la cultura del partido comunista: una percepción de que los practicantes tienden a exagerar, creando cuadros con imágenes de tortura salidos directamente de la trama de la Revolución Cultural, para declamar lemas en lugar de hechos.

Por varias razones, algunas válidas otras vergonzosas, la credibilidad de los refugiados perseguidos ha suscitado algunas dudas en el occidente. En 1939, un oficial del Ministerio del Exterior Británico, expuso públicamente que algunos testimonios de los que decían ser testigos de la persecución a los judíos, no era completamente fiable. Durante la Revolución Cultural, numerosos refugiados de China Continental con el aspecto muy demacrado inundaban Hong Kong, gimoteando sobre pueblos abandonados y canibalismo. Los crueles periodistas occidentales ignoraron estos relatos por subjetivos y parciales.

Los lamentos de predicadores espirituales cuentan, aparentemente, incluso menos que el testimonio de un campesino o de un judío. Por lo tanto, cuando Falun Gong revela que la esposa de un doctor, quien declara que su esposo, un cirujano, ha extirpado miles de córneas a practicantes en un hospital al Noreste de China llamado Sujiatun, el cargo se enfrentó con cauteloso escepticismo de la comunidad de disidentes y casi completo silencio de la prensa occidental (con la excepción de la revista National Review).

Mientras las comisiones de Falun Gong se volcaban por completo a investigar, los abogados canadienses Kilgour y Matas compilaban en su informe las evidencias acumuladas. Incluían transcripciones de llamadas telefónicas grabadas en las que los doctores confirmaban que sus donantes de órganos era jóvenes, saludables y practicaban Falun Gong; testimonios escritos de las experiencias de las detenciones de practicantes en China continental; una creciente actividad de trasplantes de órganos, que coincidía con el aumento de encarcelamientos de practicantes de Falun Gong, con el elevado número de clientes internacionales en lista de espera, que lo obtenían en el corto tiempo de una semana que es el tiempo prudencial para la compatibilidad de tejidos (en la mayoría de los países, los pacientes esperan durante más de un año). Finalmente, Kilgour y Matas compararon la tasa de ejecuciones en China, esencialmente constante, según Amnistía Internacional, y el número de trasplantes. Lo que arrojó una discrepancia de 41.500 casos inexplicados, en un período de cinco años.

Este informe nunca no ha sido rebatido de una manera minuciosa y la amplia mayoría de los activistas de derechos humanos han mantenido su distancia. Pero si las quejas de Falun Gong eran sospechosas, las aseveraciones de sus aliados también lo eran. ¿Médicos especialistas en trasplantes diciendo que tenían donantes de órganos de Falun Gong en sus sótanos? Ellos sólo estaban diciendo lo que los receptores de órganos querían oír. ¿Testimonios escritos de practicantes? Estos eran preparados por los activistas. ¿El aumento en las actividades de trasplantes? Tal vez informando mejor. ¿La discrepancia entre ejecuciones y trasplantes? Como un respetado académico en derechos humanos me preguntó, por qué Matas y Kilgour usaron la estimación de Amnistía Internacional acerca del número de ejecuciones en China para sugerir que la tasa de ejecuciones había permanecido constante durante 10 años? Incluso Amnistía reconoce que sus cifras podrían representar una gran subestimación. Podría no haber ninguna discrepancia.

Finalmente, ¿por qué no obtener testimonios reales de médicos o enfermeras que hubieran operado a practicantes de Falun Gong? Con estas pruebas, (aunque la credibilidad de tales individuos siempre puede ser atacada, incluso con documentos que avalen), los defensores de los derechos humanos argumentan que no había razones para tomar en serio la historia. Ciertamente, no había un terreno apropiado para que el Presidente Bush mencionara la cosecha de órganos en su discurso sobre derechos humanos en las vísperas de los Juegos Olímpicos.

Los críticos hicieron alusión a puntos legítimos de discusión. Pero también lo hizo el gobierno chino: la confesión en 2005 de que se extirpaban órganos de prisioneros comunes ejecutados, y después de emitir sus esperables negaciones de cosechas de órganos a Falun Gong, súbitamente Beijing pasó una ley en junio de 2006 prohibiendo la venta de órganos sin el consentimiento del donante.

Sucedieron tres cosas. El suministro de órganos fue más estricto. Los precios se duplicaron. Los trasplantes continuaron. De este modo, a menos que hubiera ocurrido un dramático cambio cultural desde 2004, cuando un informe chino reportó que sólo el 1,5 por ciento de los riñones trasplantados eran donados por parientes, los órganos vendidos aún debían provenir de algún lugar. Asumamos que eran de prisioneros, que es lo que piensan los doctores taiwaneses, y teoricemos que la nueva ley era una señal: Emitan un formulario de consentimiento y detengan la extirpación de órganos a practicantes de Falun Gong. Por ahora.

Había una cosa en que los críticos estaban en lo cierto: la precisión es una ilusión. Ninguna conversación grabada con médicos de China continental proviene de fuente fidedigna. Todos los testigos de China tienen siempre diversos motivos. Y, nuevamente, ninguna cifra proveniente de China, incluso las últimas del último párrafo, pueden ser consideradas definitivas.

En realidad, toda la investigación puede ser todavía considerada en una etapa temprana e incluso primitiva. Nosotros no sabemos realmente la escala de lo que aún está sucediendo. Piensen en 1920, cuando un puñado de doctores, científicos y cazadores aficionados de fósiles intentaban dar sentido a dispersas evidencias sugerentes y a una pila de inconexos huesos. Veintidós años pasarían antes de que un paleontólogo inglés acuñara términos como “dinosaurio” -“espantosa lagartija”, y de que los estudios modernos de esas criaturas extinguidas fueran realmente serios. Aquellos de nosotros que investigamos la cosecha de órganos de donantes involuntarios en China somos comos los primeros cazadores de dinosaurios. No trabajamos de cerca consultándonos unos a otros; incluso, aún esperamos por un doctor de China continental que haya extirpado órganos a prisioneros de conciencia con vida. Hasta que eso suceda, es cierto, nosotros ni siquiera tenemos huesos de dinosaurios. Pero si tenemos las huellas. Aquí hay algunas de las que hemos encontrado.

Qu Yangyao, una prestigiosa profesional china que cuenta con tres títulos de maestría, es también la primera refugiada que describe un examen médico “sólo para órganos”. Qu huyó hacia Sydney el año pasado. Cuando estuvo detenida en China en 2000, ella rehusó ser “transformada” al no firmar una declaración de rechazo a Falun Gong y, finalmente, fue transferida a un campo de trabajos forzados. A pesar de haber perdido algo de peso durante las huelgas de hambre, la salud de Qu era bastante buena. Considerando el estado y educación de Qu, ella asumía que existían razones para mantenerla saludable. La policía china quería evitar muertes en custodia, menos trabajo burocrático, menos preguntas.

Qu tenía 35 años de edad cuando la policía la llevó a un hospital junto con otros dos practicantes. Ella recuerda claramente que le sacaron mucha cantidad de sangre, le hicieron un examen de rayos X del tórax y la examinaron. “No estaba segura de qué se trataba. Ellos sólo te tocaban en diferentes lugares... abdomen, hígado”. No recuerda que le hubieran hecho un examen de orina en esa oportunidad, pero el doctor sí examino sus ojos con una luz, examinó sus córneas”.

¿Acaso el doctor le pidió que siguiera el trazo de la luz con sus ojos o le examinó la visión periférica? No. Sólo examinó sus córneas, saltándose cualquier prueba relacionada con la función cerebral. Y eso fue todo: ninguna prueba de reflejos en sus rodillas, ni exploración de sus nódulos linfáticos, ni examen a sus oídos o boca o genitales. El médico chequeó sus órganos de venta al detalle y nada más.

Durante algunos momentos de nuestra entrevista he llegado a sentir un escalofrío subiendo por mi espina dorsal, pero Qu, como muchos sujetos educados, parecía estar ajena a las potenciales implicaciones de lo que me estaba diciendo. Muchos prisioneros mantienen un tipo de sensibilidad como “esto no puede estar sucediéndome a mi”; el mantra del sobreviviente es “soy demasiado importante para que me borren”. En la mayoría de las entrevistas presentadas aquí, mis argumentos, aunque conscientes del tema de extirpación de órganos, no tenían una idea clara del valor de mis preguntas o de la profundidad de sus respuestas.

Los practicantes de Falun Gong no dicen mentiras (acorde al principio del Vedad que practican); eso no quiere decir que nunca lo hagan. Durante el curso de mis entrevistas escuché un par de distorsiones. No porque a las personas se les haya “preparado”, sino porque sufrieron un trauma. Sin embargo, las distorsiones deliberadas, son extremadamente escasas. La mejor forma de evitar falsos testimonios es confiar en prolongadas entrevistas sentados.

En total, entrevisté a 15 refugiados de Falun Gong de campos de trabajos forzados o detenidos de larga duración, quienes experimentaron algo inexplicable en ambientes médicos. Leeshai Lemish, mi asistente en la investigación, entrevistó a Dai Ying en Noruega, llegando así al total de 16 entrevistas. Si el número parece bajo, consideren la dificultad para sobrevivir y escapar. Incluso así, más de la mitad de los sujetos pueden ser descartados como candidatos serios para extirpación de órganos: muy viejos, demasiado dañados físicamente por el duro trabajo, o demasiado demacrados por huelgas de hambre. Algunos estaban simplemente muy temblorosos al recordar procedimientos específicos, como para que nos ayudaran. Algunos fueron sometidos a pruebas de drogas. Otros recibieron chequeos aparentemente normales de exhaustivos exámenes físicos; esas personas ofrecieron a veces claves valiosas.

Por ejemplo, Lin Jie, una mujer de 60 años que vive en Sydney, informó que en mayo de 2001, cuando estaba detenida en la cárcel de mujeres Yong Chaun de Chongqing, más de 100 mujeres practicantes de Falun Gong pasaron un examen médico muy minucioso por todo el cuerpo y les preguntaron acerca de su historial médico”. Bien. Pero, Lin se preguntaba por qué para pasar un examen médico, cada practicante era acompañada por un policía, como si fueran criminales peligrosos. Los practicantes de Falun Gong son muchas cosas, intensos, moralistas, resueltos, pero definitivamente, no son violentos. Sin lugar a duda, alguien del sistema de seguridad chino, estaba nervioso.

O, tomen el caso de Jing Tian, una refugiada de 40 años, que ahora está en Bangkok. En marzo de 2002, les hicieron exámenes físicos completos a todos los practicantes, en la prisión de Shenyang. Jing observó cuidadosamente los procedimientos y no vio nada extraño. Entonces, en septiembre, las autoridades comenzaron a hacer costosas pruebas de sangre que llenaban ocho tubos de las de prueba por practicante, cantidad ésta necesaria, para diagnósticos avanzados de compatibilidad de tejido. Jia Xiarong, una prisionera de mediana edad que provenía de una familia bien relacionada, le comentó directamente a Jing: “Hacen esto porque algún oficial de edad necesita un órgano”.

Pero Jing sentía que algo más estaba ocurriendo, algo más sustancial: los prisioneros llegaban a medianoche y desaparecían antes del amanecer. Había transportes hacia “hospitales de estructura de defensa civil” con nombres como Sujiatun y Yida, y practicantes sin nombres, sólo números.

Una refugiada de 30 años que recientemente había llegado a Hong Kong explicaba que ése no era el momento de mostrar una actitud enfurecida. Ella tiene familia en China, por eso la llamaremos Jiansheng Chen. En 2002, Chen se dio cuenta de otro patrón. Cuando comenzaron los análisis de sangre, “antes de firmar una declaración de renuncia a Falun Gong, a todos los practicantes les hacían un examen físico. Después de firmar, volvían a hacer un nuevo examen”.

Chen no sólo era una “no transformada”, sino que tenía una característica. No sólo rechazó renunciar a Falun Gong, sino que gritaba al que lo hiciera. A Chen le estaban dando medicina tres veces al día (posiblemente sedantes), por lo que no podía evitar que le suministraran drogas. Pero, a medida que su resistencia continuaba, la policía le dijo, “Si no te transformas, te alejaremos. El camino que has elegido es el de la muerte”. Hicieron esfuerzos durante ocho días por persuadir a Chen para que renunciara a Falun Gong o la torturaban. Súbitamente, los guardias le ordenaron que escribiera una nota suicida. Chen se burló de ellos: “No estoy muerta. Por lo tanto, ¿por qué iba a firmar un certificado de defunción”?

El director trajo a un grupo de médicos de la policía militar vestidos de uniformes blancos, compuesto de hombres y mujeres. Según cuenta Chen, los miembros de la policía del campo de trabajos estaban “muy asustados” y continuamente le repetían: “Si no te transformas, lo que te espera es el camino de la muerte”.

Chen tenía los ojos vendados. Entonces, oyó una voz familiar de una mujer policía que pedía a los médicos que se fueran por un minuto. Cuando se quedaron solas, la mujer comenzó a rogarle: “Chen, tu vida terminará, no estoy bromeando. Hemos estado juntas aquí mucho tiempo; hemos tenido algún punto de conexión y no puedo soportar ver esto, una persona con vida frente a mis ojos a punto de desaparecer”.

Chen se mantuvo en silencio. No confiaba en la mujer policía, ¿por qué iba a hacerlo? Durante los últimos ocho días, ella estuvo colgada del techo, la quemaron con bastones eléctricos y bebió de su propia orina. Por lo tanto, no eran convincentes los últimos trucos de apoyo. Luego, Chen se dio cuenta que algunas gotas caían en sus manos y observó que eran lágrimas de la mujer policía. Por un momento, Chen aceptó pensar acerca de transformarse. “Eso es todo lo que necesito”, dijo la policía. Después de una prolongada polémica con los doctores, la policía se retiró.

A los practicantes les gusta conversar acerca de cambiar los comportamientos de la policía y del personal de seguridad a través del poder de sus propias creencias. Es su símbolo favorito. Así como a un prisionero de guerra su deber se relaciona con intentar escapar, a un practicante de Falun Gong su código moral le requiere que intente salvar a los seres conscientes. Con este cálculo espiritual, los policías que usan torturas se destruyen a sí mismos, no a los practicantes. Si los practicantes pueden cambiar el comportamiento de los policías, con su ejemplo moral o con medios sobrenaturales, hay un orgullo natural, incluso si el practicante es aún torturado.

Pero los practicantes varían. Chen no mantuvo su compostura al contar su historia. Ella la relató a gritos, con catarsis, en una sola nota de consumidora furia abrasiva. Es también relevante saber que Chen no es testaruda, imposible, o un poquito loca, sino una joven atractiva y carismática. Ella entregó su relato de la mujer policía sin fanfarronería, sólo culpable, con alaridos de dolor por haber firmado finalmente su declaración de transformación. La mujer policía había encontrado a una compañera guerrera, sus lágrimas eran convincentes.

Dai Ying es una mujer de 50 años que vive como refugiada en Suecia. A inicios del 2003, 180 practicantes de Falun Gong fueron chequeados en el campo de trabajos forzados Sanshui. El típico discurso de nuestro partido se preocupa por ustedes se dejaba oír en los exámenes médicos, rayos X, la masiva extracción de muestras de sangre, cardiogramas, exámenes de orina y después el sondeo: “Nos hacían tendernos boca abajo y examinaban nuestros riñones dando unos golpecitos y nos preguntaban si dolía”.

Y esto era todo, sólo examinaban los órganos sin olvidarse de las córneas, un hecho que Dai, casi ciega por torturas en esa época, recuerda vívidamente. Las córneas son entradas relativamente pequeñas, que tal vez valgan US$30.000 cada una. En 2003, los doctores chinos eran maestros en trasplantes de hígado, con un precio de US$115.000 cada uno para clientes extranjeros.

Para cubrir las demandas, se necesitaba una nueva fuente de provisiones. Fang Siyi, refugiada en Bangkok de cuarenta años, estuvo encarcelada desde 2002 hasta 2005. Fang fue examinada repetidamente y en 2003, seleccionada para exámenes especiales en el centro de detención Jilin al noreste de China.

Fang no había visto antes a los médicos, cuenta que, “al llegar, les pusieron uniformes del campo de trabajos pero lo que realmente me impactó fue su pinta de médicos militares”. Seleccionaron a doce prisioneros. Fang cree que ocho de ellos eran de Falun Gong. ¿Cómo lo sabía? “A los de Falun Gong, ellos les llamaban Pequeños Falun”. ¿Quiénes eran los otros cuatro? “El personal diría, aquí viene otro de esos Rayos del Oriente”.

Los Rayos del Oriente son cristianos marginales para ellos; incurables, desviados no transformables para el partido, para nosotros son chinos cristianos. Jing recuerda que a los Rayos del Oriente les sacaron también muestras de sangre en 2002, pero cuenta que los exámenes en Jilin eran más específicos: Los exámenes extras eran sólo exámenes de sangre, electrocardiogramas y rayos X, nada más. “Eran practicantes de Falun Gong y Cristianos”.

¿Se filtra la fatiga de la compasión? Esto será breve.

Secreto de Masanjia

Ella tiene familia en China, por lo que seremos prudentes y sólo diremos que tiene cerca de 40 años y que es natural de Bangkok. Su experiencia nos lleva a lo que yo llamo “La última era de cosecha” de 2005, cuando muchos practicantes parecían haber sido borrados; cuando pasaban el examen médico súbitamente desaparecían. Cuando le pregunté si alguien del campo de trabajos de Masanjia había recibido algún tratamiento médico, ella respondió sin titubeos: “Si alguien era transportado en camilla, sólo le hacían un tratamiento superficial. Por el contrario, teniendo buena salud, el chequeo era completo. Necesitaban personas sanas, personas jóvenes. Si eras una persona de 60 ó 70 años, ni te consideraban”.

¿Había personal militar presente durante los exámenes físicos? “No era necesario. Masanjia queda muy cerca del hospital Sujiatun; el viaje es muy corto. Si necesitaban a alguien podían coordinar para que lo mandaran. Normalmente los llevaban por la noche”.

Yu Xinhui, fue liberado en el 2007 después de permanecer cinco años en la prisión de Guangdong. Decidió hacer un viaje al extranjero, junto con su mujer y su hijo, con un grupo de chinos. Al llegar a Bangkok, ellos escaparon al YMCA y postularon a un estatus de refugiados de las Naciones Unidas. Yu tiene actualmente 30 años y luce una imagen robusta y saludable. Mientras estuvo en prisión, fue chequeado en varias ocasiones, y finalmente se graduó con un chequeo “sólo para órganos” bajo supervisión militar en 2005.

Yu hace una buena demostración por responder mis preguntas, pero para él, nunca hubo un gran misterio: “Existía un conocimiento común acerca de la cosecha de órganos en la prisión... Incluso antes de morir, tus órganos ya estaban reservados”. Los prisioneros criminales se mofaban de los practicantes: “Si no haces lo que te indicamos te torturaremos hasta morir y venderemos tus órganos”. Eso suena como un juego estúpido, pero todos sabían que existía una lista de verdad: Los prisioneros y los practicantes, eran llevados anualmente sin distinción. Yu sabía perfectamente en qué mes llegarían los autobuses y dónde estacionarían en el patio. Usando Google Hearth, me hizo una croquis de los lugares exactos.

Cuando en marzo de 2006, Falun Gong lanzó la noticia de la extirpación dé órganos, Yu languidecía en prisión totalmente incomunicado. Por lo tanto, él recuerda vívidamente con gran pavor, como deportaban prisioneros (unas 400 personas incluyendo practicantes) en mayo de 2006. “Era aterrador”, dice Yu. “Incluso yo estaba aterrado”. La coordinación era perfecta: Con toda la mala publicidad, los doctores de China continental insinuaban una venta de órganos por cierre, exactamente en ese momento.

Ya para 2007, el consenso era que el gobierno chino había terminado de extirpar órganos a Falun Gong para evitar nuevas y vergonzosas revelaciones antes de las Olimpíadas. Por lo tanto, mi caso debe ser visto como fronterizo, un completo examen médico seguido de... bueno, juzgue usted mismo.

Liu Guifu es una mujer de 48 años, llegada recientemente a Bangkok. Ella pasó por exámenes físicos muy completos, uno de ellos, en el campo de trabajos forzados de mujeres en Beijing en 2007. Ella también fue diagnosticada de esquizofrenia y, posiblemente, le suministraron drogas.

Pero ella recuerda bien los exámenes. En un solo mes le sacaron tres muestras de orina. Le dijeron que bebiera líquido y que retuviera la orina hasta que llegara al hospital. ¿Se trataba de un examen para diabetes o para drogas? Nada podía descartarse. Pero no se le llegó a hacer una valoración de la función de sus riñones. Y durante el mismo mes, le sacaron tres muestras de sangre, cuyo coste rondaba los US$1.000. ¿Estaban preocupados los miembros de la dirección del campo sobre la salud de Liu o por el estado de un órgano en particular? ¿Tal vez un órgano estaba siendo examinado para ver la compatibilidad de tejido con un oficial de alto rango o con la de un rico cliente extranjero?

Lo cierto es que Liu era uno de los miembros de practicantes de Falun Gong no transformados, susceptible de ser usada para venta de órganos y considerada enferma mental. Era inútil intentar acercarse a un practicante sin nombre, esos que nunca dieron su nombre ni provincia a las autoridades y, por lo tanto, perdía la mínima posibilidad de protección social.

Ciertamente, había miles de practicantes identificados sólo por números. En una ocasión escuché que el número doscientos y pico, era una joven bella y con mucho talento, pero no sé que pasó realmente. Ninguno de ellos salió de China con vida.

Es probable que ninguno de ellos lo haga. Las fuentes tibetanas estiman que 5.000 manifestantes desaparecieron en la represión de este año. Muchos han sido enviados a Qinghau, un potencial centro de extirpación de órganos. Pero eso es especulativo. Tanto los doctores taiwaneses que investigan la cosecha de órganos y aquellos que organizan los trasplantes para sus pacientes taiwaneses, están de acuerdo en un punto: La ceremonia de cierre de las Olimpiadas, abrió nuevamente la temporada para la extirpación.

Algunos, en la comunidad de derechos humanos leerán esa aseveración con escepticismo. Sin embargo, hasta que hayan evidencias compensatorias, apuesto que habrán precios de liquidación por los órganos en China. Confieso, que hasta yo mismo, me siento agobiado con este pensamiento. Es un riesgo ocupacional.

Por eso es que conté esa broma en una noche en Bangkok, para hacer que leyeras ese primer párrafo. Pero, lo que realmente causa risa, es esa respuesta arrastrada, formalista y vergonzosa hasta el desmayo, de tantos, sobre los asesinatos de prisioneros de conciencia con el propósito de extirpar sus órganos. Ése es un crimen perverso.

Washington enfrenta sus propios imperativos: Las mareas del poder financiero chino son fuertes. Aquellos en el gobierno, no quieren saber de Falun Gong y del genocidio en momentos de crisis financiera con China, que tiene grandes cifras de bonos de EEUU. Así continúa la historia hasta irse a pique con el peso dirigente de la apatía americana política y periodística. Al menos los europeos le han dado un poco más de emisión. Pueden darse el lujo. No son el líder del mundo libre.

Discutiré, obviamente en silencio, de que América no tiene un punto de fácil influencia, ni habilidad para deshacer lo hecho, ni bala de plata que pueda cambiar al régimen chino. Tal vez no, pero podríamos prohibir a los americanos de que se hagan trasplantes en China. Podríamos boicotear las conferencias médicas chinas. Romper los vínculos médicos. Embargar los equipos quirúrgicos. Y rechazar la realización de cualquier cumbre diplomática hasta que los chinos emitan una amplia base de datos de donantes de órganos en China.

Tal vez por ahora tengamos que vivir con el partido comunista. En ese caso, podemos consolarnos de que no hay huesos por ahora. No habrá hasta que caiga el partido y el pueblo chino comience a registrar las tumbas y cenizas.

Se nos permite un poco de cansancio compasivo, es comprensible. Pero no se equivoquen: Existen terribles lagartijas. Y ahora que los Juegos Olímpicos terminaron y las cámaras miran en otra dirección, ellas vagan por la tierra nuevamente.

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