Buscando una cueva para cultivar el Tao

Una breve historia china para aprender que todo momento es una buena oportunidad para mejorarnos
Por Alejandra y Alberto Peralta - La Gran Época
Jue, 22 May 2008 17:17 +0000

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Hao Datong, uno de los Siete Supremos Taoístas, es bien conocido en China. En su juventud se sentó bajo un puente en meditación durante seis años. Durante ese tiempo, los niños traviesos se divertían y burlaban de él, incluso amontonando piedras sobre su cabeza, pero él nunca se molestó.

Su maestro era Wang Chongyang que al fallecer se convirtió en un dios taoísta. Un día, Wang Chongyang se le presentó a su discípulo y le dijo que sólo cavando una cueva y cultivándose dentro iba a poder obtener el Tao. Tao es “el camino de la naturaleza y el universo”; también significa un ser iluminado que ha alcanzado este Tao.

A través del desarrollo de la historia se ha entendido por cultivación, renunciar a todos los deseos de la vida mundana y concentrar los esfuerzos en el ser interior, para obtener la iluminación convirtiéndose luego en un Buda o un Tao. Para esto, los budistas utilizan el método de renunciar a la sociedad cultivándose en monasterios con muchos otros monjes; mientras que los taoístas eligen una cultivación solitaria. En el pasado, había muchos monjes taoístas yendo a desoladas montañas buscando cuevas para cultivarse en soledad.

Hao Datong siguió las palabras de su maestro y fue a la montaña Hua en el centro de China a cavar una cueva. Pasó tres años excavando en una empinada ladera. En un momento, dos discípulos comenzaron a seguirlo, ellos trabajaban muy duro y Hao Datong también se hizo responsable de ellos.

Cuando la cueva estuvo lista para ser utilizada, un hombre mayor sorpresivamente se presentó y dijo, “Eres joven todavía y tienes mucho tiempo. Yo ya soy demasiado viejo y debo apresurarme en mi cultivación, de otro modo será demasiado tarde para mí. Por favor, cédeme esta cueva”.

Después de pensarlo Hao Datong cedió la cueva al hombre mayor. Los dos discípulos se molestaron, pero no podían hacer nada, ya que era la decisión de su maestro.

Fueron a otra parte de la montaña para cavar una nueva cueva y luego de muchos esfuerzos lograron terminar y limpiar el interior de la segunda cueva para poder utilizarla. En ese momento, una persona que tenía las manos y los pies impedidos entró y dijo, “Ves, tus manos y pies son perfectos, puedes encontrar otra cueva. Pero para mí, con estas manos y pies… me es imposible hacerlo. Por favor, déjame quedarme aquí”.

Hao Datong era reticente a abandonar esta cueva, pero después de reflexionar, la cedió al hombre minusválido.

Casos como estos se sucedieron sin cesar; una tras otra, Hao Datong y sus dos discípulos, regalaban las cuevas que excavaban. Pasaron más de 40 años excavando y completaron 70 cuevas, pero ellos todavía no tenían un lugar para cultivarse.

Una vez más y después de mucha dificultad dado que ya no eran jóvenes, terminaron una nueva cueva. Justo entonces, un hombre joven entró y le dijo: “Anciano, veo que tienes muchos años. Aunque empieces tu cultivación ahora, no te queda mucho tiempo. Por el contrario, yo soy todavía joven y tengo bastante tiempo para hacerlo. ¿Podrías por favor cederme esta cueva?” Hao Datong se la cedió.

Los dos discípulos decidieron originalmente seguir a Hao Datong para cultivarse a sí mismos en dioses taoístas, pero a lo largo de los años, solo ayudaron a Hao Datong a cavar cuevas para regalar a otros, mientras que ellos no aprendían nada sobre el Tao; ellos no tenían más fuerzas para continuar y querían renunciar, pero no querían que su maestro los viera.

Un día, Hao Datong llevó a sus dos discípulos a un acantilado de la montaña y les pidió que lo bajaran con una cuerda para buscar un lugar para acondicionar una nueva cueva. Los discípulos pensaron que era una buena oportunidad para huir, cortaron la cuerda y lo dejaron abajo.

A medida que se alejaban, pasando por un canto rodado, vieron a Hao Datong con una sonrisa caminar hacia ellos. Los dos discípulos de inmediato se dieron cuenta de que su maestro había alcanzado la iluminación.

Sintieron un gran pesar por perder su gran oportunidad de empezar a cultivarse, ya que aprendieron que cultivar el Tao no empezaba luego de encontrar una cueva, sino, tal como lo hacía su maestro, aprovechando cada dificultad como una oportunidad para mejorarse a sí mismo y considerando en toda circunstancia primero a los demás, iluminándose así al verdadero camino de la naturaleza y el universo.

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