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El ocaso imperial: últimas horas de la milenaria tradición dinástica en China

Dinastía tras dinastía tras dinastía, emperador tras emperador, el pueblo chino fue un inmutable observador de los cambios suscitados en cada período dinástico de su imperio ancestral


Por Leonardo Vintiñi - La Gran Época
17.05.2008 12:43


Pu-Yi, el último emperador de China. (Wikimedia Commons)

La bandera de la dinastía de Qing, ondeante sobre China desde muchos siglos antes que la actual bandera del comunismo. (Wikimedia Commons)

Melancolía en los pasillos de la histórica Ciudad Prohibida. (Flickr)

Últimos años del ejército Manchú. (Wikimedia Commons)

Nueve de la noche; disparos sonoros quiebran el silencio en el Campo de Ejercicios Norte de la ciudad de Kunming, en Yunnan. Li Jingxi, gobernante oficial de la ciudad por la Dinastía Qing, despierta atemorizado. Antes de espabilarse por completo, telefonea a Cai E, jefe militar al mando de la 74º división del Nuevo Ejército de Yunnan, y pide ayuda para sofocar los disturbios. Pero el jefe revolucionario cuelga el auricular y acude de inmediato al Campo de Ejercicios Sur, no para aplacar la rebelión en puerta, sino ya como líder del levantamiento contra la última dinastía que conocería la historia de China.

Las horas finales del Gran Imperio Amarillo comenzaron la noche del 30 de octubre de 1911. El descontento del pueblo de China hacia el gobierno de la Dinastía de los Qing era general. Agitadores revolucionarios propagando el odio hacia el Imperio del Cielo se contaban desde hace años tanto entre la clase trabajadora, como en el seno de todas las divisiones del nuevo ejercito de China. Incluso entre los jefes de división de todos los ejércitos del país se encontraban aquellos empapados por los sueños febriles de la revolución proletaria, contagiada desde la en ese entonces Unión Soviética. Días antes, en Wuchang, la explosión accidental de una artefacto explosivo en manos de revolucionarios había despertado de forma anticipada una rebelión que la policía imperial había tenido el infortunio de subestimar. Ahora, las cosas se habían puesto peores y casi imposibles de contener. El principio del fin del clan de los Manchues había comenzado ha materializarse.

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La Dinastía Qing fue la última de las dinastías “celestiales” de la historia de China. Tomó el poder de la Nación tras el ocaso de los Ming en 1644, y fue conformada por la minoría étnica Manchú, por lo cual también se la conoce como Dinastía Manchú. Desde el Emperador Kangxi (1662 - 1722), contó con once sucesiones. El último “Hijo del Cielo”, el joven Puyi, ascendió al poder a la corta edad de tres años, en noviembre de 1908. El designio celestial le fue conferido por su tía, la “Emperatriz Viuda Cixi” (quien fuera consorte del Emperador Xianfeng), la cual imperó durante sus últimos 47 años sobre una China sumida en vertiginosos cambios.

Aunque la mayoría de las decisiones del joven Puyi eran momentáneamente ejecutadas por su padre, el Príncipe Chun, el poderío del nuevo monarca sobre el pueblo de China era, literalmente, ilimitado. Al igual que cada uno de sus ancestrales predecesores, Puyi (denominado oficialmente como Emperador Xuantong) era capaz reclamar beneficios, castigos, o brindar derechos por voluntad propia para sí mismo o cualquiera de sus millones de súbditos. Originalmente y hasta el último año del imperio, la tradición China reclamaba en su emperador la figura de “padre y madre de su pueblo”; cada monarca era considerado el señor absoluto de todos y todo bajo el cielo. Sin embargo, sin imaginarlo quizás, el destino Xuantong y el de miles de años de una tradición y cultura excepcionales sucumbirían en el transcurso de un abrir y cerrar de ojos.

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Profundas divisiones dividían al gigante amarillo en los albores del siglo XX. La reputación de la Dinastía Qin había caído en una depresión irrescatable. La propaganda impulsada por diferentes facciones internas y el descontento de los soldados del Nuevo Ejército con la corrupción del gobierno y los malos tratos recibidos en el ejército anunciaban una explosión social inminente. Gran parte del pueblo exigía reformas inmediatas; la facción conservadora de los funcionarios, por el contrario, presionaba a la cúpula de los Qin para mantener la línea de gobierno llevada hasta el momento. En medio de tal clima, la corte imperial optó por el camino peor: intentar conformar a ambas partes, resultando ser rechazada por ambas.

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El asalto a la ciudad de Kunming fue completado a las 12 de la noche. Las fortificaciones levantadas por Li Jingxi en torno a la ciudad y a la sede de gobierno para contener al enemigo no habían hallado su propósito; el enemigo se encontraba infiltrado dentro de cada fila del ejército. Para cuando Cai E avanzó sobre la ciudad, la mayor parte de la caballería y los guardas de la sede de gobierno no solo no opusieron resistencia alguna; la mayoría se adhirió a las filas rebeldes.

La alborada del 31 de octubre encontró a cada acceso de la capital de Yunnan bajo el control absoluto del ejército insurgente y a su gobernador prófugo de la ira enemiga.

Los siguientes días, previa masacre de los ejércitos de patrullaje, puntos estratégicos de la provincia fueron cayendo bajo el poder de las tropas rebeldes. El primer día de noviembre de 1911 la provincia de Yunnan se clamaba oficialmente independiente al poderío imperial.

A partir de aquel momento, el caos y las divisiones reinantes sobre el imperio en decadencia, se incrementaron a puntos críticos. Cada tropa del ejército estallaba día a día en motines de fieles y traidores al gobierno de China. Las capitales imperiales caían una tras otra, mientras el joven Puyi, permanecía recluido en la Ciudad Prohibida, mundo único al cual los emperadores chinos encontraban limitada su existencia. Los estallidos civiles reinaban en toda la extensión del viejo imperio. El período de los Señores de la Guerra, había comenzado a gestarse.

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Dinastía tras dinastía tras dinastía, emperador tras emperador, el pueblo chino fue un inmutable observador de los cambios suscitados en cada período dinástico de su imperio ancestral. Como el sol se esconde para renacer con cada nuevo día, cada nueva dinastía surgió como una nueva esperanza para el pueblo chino. Sin embargo, el ascenso de Aisin Gioro (nombre manchú) como emperador, marcaría el último destello de un ocaso tras el cual la Nación China jamás volvería a recuperarse.

La dinastía Qing fue oficialmente derrocada el 12 de febrero de 1912 con la abdicación forzada del joven emperador Puyi, luego de la revolución republicana promovida en 1912 por Sun Yat-sen y Yuan Shikai. Sin embargo, iban a concedérsele al ex monarca los beneficios de los “Artículos de tratamiento favorable de emperador del gran Qing después de que su abdicación”, lo que significaba un trato gubernamental correspondiente a un monarca extranjero.

Así, con más énfasis de lo que se hubiera esperado en su corta vida de líder imperial, Puyi se veía confinado a una Ciudad Prohibida enclavada en medio de una China con ansías de progreso. Dentro de sus muros, la milenaria tradición y protocolos de de la legendaria China aún parecía sostenerse sin que el hechizo se rompiera. Paredes afuera, China era gobernada por un presidente de facto.