El remilgado nombre Dharamsala había sido extraño para mí. No tenía ningún recuerdo del nombre, aparte de haberme cruzado con él en algunos artículos relacionados con el Tibet. A las 3am del 12 de noviembre, después de varias conexiones de vuelos durante más de 20 horas, finalmente llegué a Delhi, la capital de la India.
La misma tarde conocí a Xiang Xiaoji en un tren. Xiang había llegado desde Nueva York para asistir a una reunión en Delhi, e iba a Dharamsala a cubrir las noticias. El viaje en tren eran otras más de 10 horas. Entonces, nos subimos en un SUV que el gobierno del Tíbet en el exilio tenía esperando por nosotros. Finalmente, después de tres horas de un viaje agitado y con recodos en un camino montañoso, llegamos a los pies de una montaña cubierta con nieve de la cadena del Himalaya. Vimos el pequeño pueblito de Dharamsala, escondido tras los cerros.
El pequeño pueblo montañoso estaba claramente definido, elegante y simple. Como turistas curiosos, excitadamente, nosotros le pedimos a Losang, nuestro conductor, que se detuviera para que nosotros tomáramos fotografías. Poquito después, entramos al centro del pueblo. De una forma extraña, nuestra excitación inicial dio pié a un tipo de complejo, inexplicablemente amargo y desesperado, ánimo. Un aire de escalofriante tristeza se suspendía sobre el pueblito, reflejando las trágicas y desgarradoras historias que cada uno tenía para contar.
El peligroso paso de refugiados por los Himalayas
Desde 1989, cada año aproximadamente 2.000 tibetanos escapan desde China hacia el campo de refugiados en el centro de Dharamsala. El año pasado, el número se duplicó, saltando a 4.000. La tarde de nuestra llegada, nos encontramos con Dawa Tsering para una entrevista, una autoridad del Departamento de Asuntos Extranjeros y Noticias, del Gobierno del Tíbet en el exilio.
La casa central del campo es un edificio de dos pisos entre otros dos contiguos. El primer piso tiene varias filas de camas conectadas para los nuevos refugiados, quienes recientemente han escapado desde China. Algunas mujeres refugiadas viven en el segundo piso. En ese momento, estaban viviendo en el campo entre 70 y 80 tibetanos refugiados quienes recientemente habían escapado desde China. Muchos de ellos eran niños y adolescentes. Algunos de ellos no estaban acompañados de sus padres, pero habían sido confiados al cuidado de otros refugiados.
Cuando entramos caminando al campo, todos nos recibieron con tímidas miradas. Me senté entre los niños a conversar con unos pocos de ellos, y rápidamente se relajaron. Muchos de estos niños me rodearon con curiosidad. Yo comencé a distribuir lápices que había traído desde Canadá, y todos se excitaron. Comencé a conversar con ellos.
A un niño de alrededor de 10 años le pregunté, “¿Cuál es tu nombre?”
En mandarín puro, él respondió “Soy Sonanmido” (traducción fonética)
“¿Cuántos años tienes?
“Catorce”
“¿Eres de Lhasa?”
”Sí, me escapé”
“¿Escapaste solo o con amigos?”
“Solo”
“¿Solo? Debes haberte tardado mucho. ¿Cuánto te demoraste?”
“Me tomó veinte y tantos dias”
“Veinte y tantos días... ¿Estabas asustado de estar solo?”
“Estaba asustado, muy asustado”
“Asustado. ¿Qué hiciste cuando estabas asustado?”
“No hice nada, sólo apurarme y apurarme”
“Apurarte. ¿Querías llegar rápido aquí, cierto?”
“Sí, apurarme para ver al Dalai Lama”
Al ver a este niño de 14 años, sabiendo que había caminado solo durante mas de 20 días desde Lhasa, por las rugosas Montañas del Himalaya hacia Dharamsala, supe que estaba entre los afortunados en llegar con vida a su destino. Superar las imperdonables Himalayas, que están cubiertas con hielo y nieve durante todo el año, con una abrumadora elevación de 5.500 metros, uno puede encontrar cualquier cantidad de fatalidades. Uno puede enfrentar una avalancha, fisuras en la nieve, o fácilmente puede congelarse o morir de hambre.
Me dirigí a un joven hombre de unos veinte años. Dijo que su nombre era Badan Byangmtsho.
“¿De dónde eres y cuánto tiempo has estado aquí?”
“Soy de Kangba en Ganzi, la región autónoma de la Provincia de Sichuan. He estado aquí casi un mes”.
“¿Por qué quisiste escapar?”
“Primero, quería conocer al Dalai Lama; segundo, quería salir para aprender algunas habilidades y conocer sobre cultura”.
“¿Regresarás después de aprender por un tiempo?”
Un pintor de 23 años interrumpió diciendo, “No, no lo haremos. Ya hemos escapado, y sólo regresaremos al Tibet una vez que sea libre”.
Camino al campo, conocí a un niño de 14 años quien no quería jamás regresar a Tibet. Sus pies se habían congelado al realizar el peligroso viaje por los Himalayas para llegar a Dharamsala.
Cuando recién lo conocí, estaba sentado descansando en una roca. Tenía cabello negro, ondulado, y sus brillantes ojos oscuros reflejaban profunda tristeza. Al acercarnos Xiang y yo, sus ojos nos acogieron con una mirada fría y penetrante. Me acerqué a saludarlo y preguntarle qué edad tenía. Miró a otro lado, y moviendo sus labios levemente, con indiferencia respondió “catorce”. Le pregunté con una sonrisa qué estaba haciendo. Respondió que estaba descansando, y que quería ir al hospital en Dharamsala para ser tratado. Le pregunté por qué necesitaba tratamiento. Se enrolló los pantalones para mostrarme las vendas en sus dos pantorrillas, las que usaba para asegurar los zapatos en sus pies. El niño después desenrolló sus vendas y lentamente se sacó los zapatos, revelando dos piernas sin pies.
Al ver esto me estremecí y quedé sin habla. El niño suavemente respondió, “Quedaron así al congelarse cuando me escapé hacia aquí”.
El dolor penetró en mi corazón. Ni siquiera podía imaginar cómo un niño tan joven pudo escalar la cadena montañosa más alta del mundo, los Himalayas, sin pies.
Me senté en cuclillas, sosteniendo cuidadosamente sus piernas con muñones y sin pies. Sus heridas extremidades mostraban cicatrices arrugadas. Me dije a mi misma que debía recordar las cicatrices, las que no sólo estaban en las piernas del niño, sino eran marcas del camino del pueblo tibetano en el exilio durante 40 años.
Mis distraídos pensamientos fueron traídos a la realidad al oír una conversación cerca de mí.
Xiang Xiaoji conversaba con un joven, Doje Tsering, sobre si el Tibet debía ser independiente y si podía ser independiente. Él había recientemente escapado de la provincia de Sichuan.
“Mi punto de vista es que el Tibet puede aún ser parte de China, pero nosotros necesitamos una autonomía total, democracia, libertades y derechos humanos”, dijo Doje Tsering.
“Entonces, ¿tu no quieres un Tibet independiente?, preguntó Xiang.
“Yo no quise decir que no quiero la independencia. Pero hay pocas esperanzas para eso”, dijo Doje Tsering bajando su voz. “No estamos hablando de si eso es o no posible. Estamos hablando acerca de si idealmente debiésemos o no ser independientes”, comentó Xiang. Doje Tsering se mantuvo en silencio. “No seas demasiado teórico, Xiang”, interrumpí medio bromeando.
Súbitamente Doje Tsering elevó su voz, “Yo deseo mucho que seamos independientes”. Inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz tembló al hablar. “Nosotros los tibetanos en el territorio chino hemos atravesado sufrimientos y resistido la opresión. Espero realmente que podamos ser independientes. Debemos gobernar nuestro propio país. Podemos cuidar la dignidad de nuestra raza y de nuestra religión. Por lo tanto, yo sí quiero ser independiente”. Estaba tan molesto y lleno de remordimiento, que Xiang y yo debimos esperar a que se calmara. Le dije que nosotros, quienes somos chinos desplazados, chinos de la diáspora, también estamos en el exilio y que tampoco podemos regresar a casa mientras China no sea libre. Bajo la dictadura totalitaria en China, el pueblo Han tampoco tiene libertad ni dignidad.
“Entonces tu piensas que la independencia del Tibet es aún particularmente importante. ¿Si un día el Tibet puede tener una autonomía genuina cuando el sistema comunista en China se disuelva, esto quiere decir que se convertira en una sociedad democrática?”, le pregunté.
El joven hombre se mantuvo pensativo por un momento y respondió, “Pienso que si realmente China puede tener derechos humanos y democracia, si podemos derrocar la hegemonía y autocracia del Partido Comunista Chino (PCCh) con nuestros esfuerzos unidos, podremos co-existir. En ese caso, estaré dispuesto a permanecer en China y vivir y trabajar con el pueblo Han. Para entonces, pienso que la independencia ya no importará más”.
Doje Tsering, quien había llegado a Dharamsala hacía sólo doce días, dijo que él había recibido la marca de la educación del PCCh desde muy pequeño. Después de crecer, se dio cuenta que la historia, religión, tradición y cultura tibetana que él había aprendido de sus padres eran totalmente diferentes de las que había aprendido en la escuela. Como tibetano, no puede hablar tibetano, y siente que sabe menos y menos acerca de quien es él, y la verdad acerca de su raza. Por lo tanto, se le ocurrió aprender todo acerca del Tibet en otro lugar”. Después de dejar China, me pude dar cuenta que los chinos dentro de China son desdichados. Bajo el sistema autocrático del PCCh, tienen muy poco entendimiento del mundo exterior. Lamento que ellos aún vivan en un entorno donde las noticias son completamente controladas. Estoy contento de haber podido escapar. Realmente lo siento por ellos”, dijo Doje Tsering.
Samdrup, quien estuvo prisionera en China durante 27 años, ha cocinado para los refugiados en el campo de refugio durante 7 años. Nos dijo que muchos refugiados intentarán escapar hacia Dharamsala cuando llega el invierno. “Los tibetanos están acostumbrados a vivir en el altiplano frío. Es difícil para ellos acostumbrarse a los veranos calurosos de las llanuras indias. Algunos tibetanos que escaparon hacia India en el verano, se infectaron de enfermedades, y algunos incluso murieron. Otra razón para escapar en el invierno es que durante la estación fría, los ríos que conducen a India están congelados. Es más fácil cruzar”, dijo Samdrup. “Cada año muchos tibetanos se congelan o se mueren de hambre cuando escapan a través de los Himalayas, los que siempre están cubiertos de nieve. Las manos o pies de algunas personas se congelan y destrozan. Se han convertido en discapacitados de por vida”.
Samdrup comentó que los refugiados que escaparon hacia Dharamsala han sido bien cuidados por el gobierno en el exilio, el cual ha establecido muchos servicios para ellos. Los pequeños refugiados de menos de 6 años, quienes no tienen padres, son enviados al orfanato. Los niños entre 6 y 17 años son enviados al “Pueblo Infantil”. Ellos estudian en una escuela con grados separados, de acuerdo a su edad. Los adolescentes sobre 18 años, son enviados a aprender a la “Escuela de Educación para Adultos”. Los ancianos son ubicados en hogares de ancianos. Todos los costos de las instituciones mencionadas, son absorbidos por el gobierno en el exilio.
Samdrup dijo que todas las personas que han escapado ha Dharamsala se reunirán en grupos, personalmente con el Dalai Lama. Muchas personas incluso han arriesgado sus vidas para venir aquí a encontrarse con el Dalai Lama. Sin embargo, a medida que aumenta el flujo de refugiados, es más y más difícil para el gobierno en el exilio poder costear los gastos exorbitantes. Por lo que el gobierno en el exilio, no tiene otra elección sino persuadir a algunas personas para que después de haber visto al Dalai Lama, regresen al Tibet.
El interés de Dharamsala en la democracia en China
A medida que el sol se pone en Dharamsala, un pequeño pueblo montañoso en el norte de India, éste muestra una sorprendente semejanza con una noche de mercado en un pueblo chino. La gente se ve caminando en sus pocas calles sinuosas, mientras los negocios y restaurantes sirven a sus clientes.
Llegamos al pueblo a mediodía e invitamos a almorzar con nosotros a nuestro conductor, Luosang –quien desde que nos pasó a buscar y manejó por la montaña, había pasado más de siete horas. Le sugerimos que pidiera un plato auténticamente tibetano, y yo pedí lo mismo para probar la cocina tibetana. Esperamos durante un buen tiempo hasta que llegaron dos grandes platos de sopa de fideos con huevos molidos y carne. Yo quedé anonadada. Le pregunté a Luosang si era un plato típico del Tibet. Él sólo sonrió y comenzó comer alegremente.
En la tarde, salí del hotel (un establecimiento tibetano en el centro del pueblo) con mi compañero de viajes, Xiang Xiaoji. Yo quería pasear por las calles, viendo que el área céntrica estaba sólo a unas pocas cuadras. Pensamos encontrar un restaurante al azar con sabor a genuina cocina tibetana. Xiaoji y yo nos detuvimos frente a un restaurante con luces destellantes, preocupados de entrar por error a un restaurante indio. Entonces, una voz muy confiada y clara nos habló a nuestras espaldas en mandarín. “Tú eres Xiang Xiaoji, te conozco. Tú eres Xiang Xiaoji”. Sorprendidos nos dimos vuelta. Un apuesto joven de un poco más de 20 años, miraba a Xiang Xiaoji y sonreía.
El joven se presentó como Jiayang Dajie. Había leído los artículos de Xiang en la revista Beijing Spring y había visto antes su fotografía, por lo que pudo reconocer de inmediato a Xiaoji. Xiaoji, quien normalmente parece calmado y no pierde la serenidad, de pronto estaba sobrecogido con varias emociones. Nunca se imaginó que podía encontrar a un amigo que lo reconociera en un pueblo montañoso y remoto en tierras extranjeras.
Por lo que Jiayang y su amigo nos acompañaron en la comida. Comimos sopa ácida y picante y chow mein. “Debido a que en India no crece la cebada, los tibetanos comen parecido al pueblo Han. En realidad, incluso en el Tibet, comen parecido”, dijo Jiayang. Durante la comida Jiayang nos relató su experiencia al escapar del Tibet tres veces, dos veces llegando a Dharamsala.
Jiayang creció en la zona de Haidong de la provincia de Qinghai. En 1993, cuando él tenía 16 años, decidió abandonar su país con dos compañeros de clases. Primero ellos fueron desde Qinghai a Lhasa, y tomaron un bus a Shigatse camino a la frontera. El resto del viaje fue a pie. Recorrieron durante más de diez días en la nieve y hielo de los Himalayas, y se reunieron con un hermano y hermana quienes también habían escapado de China. El hermano mayor se cayó en una grieta del camino y Jiayang y los otros dos corrieron a rescatarlo. Desgraciadamente, el hermano se convirtió e una víctima de los elementos ya que varios de sus dedos fueron arrancados cuando Jiayang y los otros intentaban rescatarlo. Atascado en la grieta, el cuerpo del hermano pronto formo parte del helado paisaje.
Después de la muerte del hermano, su hermana menor sobrecogida por el dolor, decidió abandonar y regresar a casa. Pronto fue capturada por los guardias de la frontera. Como consecuencia, Jiayang y sus otros dos compañeros de viaje fueron capturados cerca de la frontera de China-Nepal por los guardias a caballo de la frontera. El primer intento de escapar de Jiayang había fracasado.
Después de haber sido enviado de regreso a China, inmediatamente Jiayang comenzó a preparar su segunda fuga. Esta vez, organizó un grupo de 20 para ir con él. Después de un mes y 28 días de escalar hielo y nieve, finalmente llegaron a Nepal en febrero de 2004. Ellos llegaron a Dharamsala donde está localizada la Administración Tibetana Central.
En el camino, Jiayang vio dos monjas congeladas hasta la muerte, y aun de pie en la nieve que cubre los Himalayas. “Es tan lamentable, nadie sabe quienes son”, recordó Jiayang. “Sus familiares nunca sabrán su destino. Para escapar del Tibet, muchas personas enfrentan un destino similar”.
Después de haber vivido medio año en Dharamsala, Jiayang de 16 años, decidió regresar al Tibet. Había visto tanto del mundo exterior, y era tan diferente de lo que había conocido antes. Dedicó mucho de su tiempo en Dharamsala leyendo en la biblioteca, aprendiendo una riqueza de nueva información. Leyó una gran cantidad de libros sobre la historia del Tibet, cultura y tradición religiosa, y materiales sobre cómo los militares chinos entraron al Tibet y asesinaron a su pueblo. Durante ese periodo de tiempo, Jiayang también leyó la revista China Democrática publicada por una organización democrática en Japón, y comenzó a aprender acerca del movimiento en China. Llegó a darse cuenta que bajo el régimen totalitario del Partido Comunista Chino, el pueblo chino compartía la misma suerte con los tibetanos. A pesar de ser emocionante la revelación, también lo estremecía.
Jiayang regresó a casa con una gran mochila que contenía 26 copias de “China Democrática” y muchos otros libros y grabaciones sobre la verdad de la historia del Tibet, incluyendo cintas y videos del Dalai Lama.
Caminó durante 14 días y finalmente regresó al Tibet. Distribuyó todos los libros, revistas, cintas y videos a los tibetanos que encontró. Más tarde, fue arrestado y detenido. Permaneció más de un año y medio en siete diferentes centros de detención. Finalmente, se enfermó muy gravemente estando en la cárcel y fue enviado a un hospital para un tratamiento. De modo que aprovechó la oportunidad de escapar una tecera vez.
Una vez más Jiayang llegó a Dharamsala en enero de 1997. Ahí fue cuando leyó la revista “Beijing Spring” y supo sobre el movimiento democrático en China. Este es el tema que le preocupa principalmente, porque ha llegado a comprender que los tibetanos podrían tener la libertad, dignidad y la oportunidad de una autonomía verdadera, sólo si China logra la democracia. Jiayang también comentó que se entristecía mucho cada vez que sabía de noticias sobre la lucha interna entre organizaciones democráticas.
Escapar no debería ser el destino de la humanidad
Ahora con 22 años, Jiayang es un delgado y apuesto joven, cuya vida ha sido marcada de fugas desde que tenía 16. Xiang Xiaoji es una persona muy reflexiva quien casi nunca revela sus emociones. Cuando escuchaba la historia de Jiayang soltó unos pocos sutiles y profundos suspiros. Aunque no dijo nada, creo que la historia sacudió su corazón.
Esto me recuerda naturalmente a los seis barcos de carga que, el verano pasado, llevaban de contrabando entre 600 y 800 fugitivos desde China a Canadá. Esas embarcaciones que iban sobrecargadas y desvencijadas, que estaban oxidadas y no contaban con instalaciones de rescate, anduvieron a la deriva entre dos y tres meses. Si hubieran enfrentado cualquier tormenta o desperfecto de los barcos, sin dudas, todos habrían muerto a bordo.
También sé muy bien que los chinos inmigrantes ilegales aspiran a Canadá, pero también a Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, como asimismo a México. Zarparán a cualquier país que les dé un poquito de libertad, dignidad, protección y esperanzas para el futuro. Tal como las sangrientas pisadas sobre la nevada Himalayas, la ola de los inmigrantes ilegales chinos se ha ido enfervorizando durante décadas.
Durante años, los términos tales como “soberanía”, “territorio”, “fronteras”, y “estado”, han comenzado a perder sus significados. La verdadera supervivencia de la humanidad depende realmente de la naturaleza.
Desde el comienzo de la historia de la humanidad, han habido masacres y guerras y desde entonces estas personas ya han estado luchando por recursos para su propia supervivencia. Hoy en día, con los avances tecnológicos y mejoramientos en las civilizaciones, los humanos han descubierto y creado abundancia en recursos para sobrevivir. Sin embargo, los odios, masacres, expulsiones despiadadas y exterminios, nunca han disminuido. Estos asesinatos sin sentido existen sólo para proteger la tal llamada “soberanía”, resguardando lo sagrado del “territorio”, consolidando la seguridad de la “frontera”, todo para asegurar la dignidad del “Estado”.
Actualmente, pongo en duda seriamente el significado de esos términos. El bienestar de todo pueblo debe ser el principio más alto, no sólo del poderoso, del superior o de los intereses especiales de grupos que ejercen poder sobre los derechos y supervivencia de otros. La única forma de lograr esto es engendrar tolerancia, respeto y amor entre los diferentes grupos étnicos, diferentes culturas y diferentes formaciones históricas.
Si la “soberanía” es sólo una excusa para intimidar a los débiles, si el “territorio” es sólo una fina ostentación de poder, si “frontera” es sólo una cerca para separar a los pueblos, si “estado” es sólo una máquina para asesinar pueblos, ¿para qué los necesitamos? ¿Están los soldados desplegados en las fronteras entre China-Nepal, China-Bután, y China-Phnom Penh para prevenir a estos pequeños países que invadan a la gigante China? No. En cambio, los despliegues en las fronteras existen para prevenir al pueblo chino escaparse de China; los soldados están ahí para cazar las sangrientas huellas de los tibetanos que escapan.
¿Existe futuro para estos felices niños?
Un gran número de niños y adolescentes tibetanos también escapan de China. Muchos de ellos se van sin la compañía de sus padres. Aquí está la historia que escuché en el centro de bienvenida a los refugiados. El secretario del partido comunista en un pueblo del Tibet decidió escapar a Dharamsala. Muchos pueblerinos que supieron la noticia, llevaron sus hijos a la casa del secretario para implorarle que los llevara a Dharamsala. Como resultado, cuando el secretario llegó a Dharamsala, trajo consigo a niños de 11 familias del pueblo.
Me pregunto cuántos tibetanos en China ponen sus sueños en sus hijos, y ponen los sueños de los niños en esta pequeña ciudad montañosa, Dharamsala.
Dawa Tsering nos acompañó al señor Xiang Xiaoji, a mi y al señor Ni Yuxian quien recién llegó a visitar a los niños del pueblo de Dharamsala. Dawa nos dijo que el gobierno tibetano en el exilio construyó cinco pueblos infantiles en India. Dijo que el 90% de esos niños eran tibetanos quienes huyeron de las provincias chinas del Tibet y Qinghai, Sichuan, Gansu y Yunnan. La mayoría de los padres de estos niños no están aquí. Son huérfanos, o sus padres están en China.
El pueblo infantil de Dharamsala alberga a 10.000 niños entre 6 y 13 años de edad. Como supimos, ellos escaparon de China, principalmente buscando educación y escuelas establecidas por el gobierno tibetano en el exilio, particularmente para estudiar la lengua tibetana y para heredar la cultura y religión tibetanas.
Cuando nosotros llegamos, los niños estaban ocupados exhibiendo sus trabajos de arte en una soleada ladera del cerro. Los trabajos eran grandes piedras en las cuales ellos pintaron animales que se asimilaban a la forma de la piedra. Eran pinturas de gatos, perros, cabras, rinocerontes, leones y tigres. Pintaban muy bien. Dawa dijo que los niños se preparaban para dar la bienvenida a su santidad el Dalai Lama quien los visitaría al día siguiente.
Los niños se veían muy felices y estaban ocupados disfrutando su trabajo.
Yo quise hablar con algunos niños. Dawa comentó que aquí los niños no eran como aquellos en otros centros de refugiados quienes recién habían llegado y la mayoría podía hablar chino. Estos niños, agregó, han estado aquí hace ya un tiempo y muchos ya no pueden hablar chino.
Jugué mi viejo rol nuevamente, de mezclarme entre los ocupados niños conversando con ellos. Después de n tiempo aquellos que podían hablar chino comenzaron a tener interés en mí. Me contaron que se levantan a las 6 am cada día, que toman desayuno a las 6,30 y que comenzaban sus clases a las 7. Estudian tibetano, inglés y matemáticas. Después de almorzar, las clases de la tarde continúan hasta las 4 pm, seguidas de tiempo para jugar. Pero ellos me dijeron que la mayoría de los estudiantes prefieren usar ese tiempo también en terminar sus tareas o estudiar.
Un niño llamado Dorje se me acercó, y se presentó, “Soy de Lhasa”. Conversé con él:
“¿Cuántos años has estado aquí?”
“Ocho años”.
“¡Ocho años! ¿Cómo es que aún hablas tan bien el chino?”
“No dejé Lhasa sino hasta que estuve en 7o grado”.
“¿Por qué viniste?”
“Mi papá y mi mamá querían que viniera a la India a estudiar”.
“¿Por qué quisieron que vinieras a estudiar a India?”
“¿Por qué? ¡Porque nuestro Dalai Lama está aquí, en India! Él es a quién nosotros más amamos. Y en India podemos estudiar tibetano. Entonces mis padres quisieron que viniera para acá”.
“¿Estás contento aquí con tus estudios y vida? ¿Has aprendido lo que querías? ¿Qué quieres hacer cuando crezcas?”
“Me gusta el inglés. Cuando crezca quiero ir de regreso a casa y ser un profesor de Inglés”.
Otro niño quien parecía tener ocho o nueve años corrió hacia mí y se presentó con una amable y clara voz: “Mi nombre es Zhaxi Cairen”. Era realmente lindo con grandes ojos y una cara delgada. Le pregunté cuánto tiempo había estado aquí y si había venido con sus padres. Me dijo que había estado acá sólo por un mes. Sus padres, quienes aún están en su ciudad natal en la Provincia de Qinghai, le pidieron a alguien que lo trajera a Dharamsala.
“¿Durante cuánto tiempo tuviste que caminar?”
“Un mes”
“¿Sabes por qué quisieron tus padres que vinieras hasta aquí para estudiar?”
“Aquí puedo tener un mejor entorno para estudiar. Puedo estudiar lengua tibetana y además, puedo aprender inglés. Tambien tendré la oportunidad de ver al Dalai Lama”, agregó, “Si aún estuviera en China, no podría ver al Dalai Lama”.
“¿Aprendiste la lengua tibetana cuando estabas en China?”
“Muy poco. Principalmente chino”.
“¿Diariamente, cuando vivías en China, cuántas clases tenías de lengua tibetana y cuántas eran de la lengua china?”
“Teníamos cuatro clases en la mañana. Dos de ellas eran de chino, una de matemáticas, la otra era de lengua tibetana”.
“¿Tenías una buena vida en tu ciudad natal? ¿Eras feliz?”
“No. Mi familia necesita pagar matrículas muy caras. Cada semestre necesitamos pagar más de 2.000 yuanes”.
“Tus padres no pueden costear tus matrículas. Por eso ellos decidieron enviarte aquí a que estudiaras. ¿Es eso cierto?”
“Sí. Puedo aprender muchas cosas útiles aquí. De modo que cuando crezca, seré una persona educada”.
“¿Extrañas a tu mamá y a tu papá?”
“Sí, mucho”.
“¿Que se hará entonces? ¿Quieres regresar a casa?”
“Regresaré a casa después que crezca. Primero, debo estudiar bien en este pueblo.
Suolan Dejie, de diecisiete años, ha vivido en Dharamsala durante siete años. Un fugitivo la trajo a India, cuando ella tenía diez años.
Aunque ella me dijo que le gustaba mucho vivir aquí, también extraña a sus padres. Sólo podía escribirles a sus padres para decirles cuánto deseaba verlos nuevamente. Ella esperaba un día ser capaz de regresar al Tibet.
Nosotros seguimos a Dawa Cairen quien nos llevó a la residencia de estos niños. Algunas de las residencias tenían un letrero de madera que decía “Pequeña Noruega” o “California, USA”. Dawa nos explicó que gracias al apoyo financiero de muchos países occidentales, ellos eran capaces de establecer y mantener los Pueblos Infantiles, para que estos fugitivos niños tibetanos puedan tener un lugar seguro para estudiar y llevar una vida pacífica.
Todo está muy bien organizado y fluye suavemente en el Pueblo Infantil. Esos niños están felices de estar aquí. Aún así, parece que cada niño está soñando con regresar algún día a casa.
Sin embargo, los tibetanos han vivido los últimos 40 años una vida de fugitivos. Actualmente no hay una sola señal que les diga afirmativamente que su sueño se tornará realidad.
¿Están estos niños predestinados a ser fugitivos…?
Estar imposibilitada de regresar durante 10 años a China, siempre ha sido un gran dolor en mi corazón. Aunque siempre les digo a otros que sabia que tenia que pagar un alto precio por confrontar a un régimen totalitario y que yo puedo pagarlo, siempre siento ese dolor en mi corazón.











