El reconocido actor argentino Hugo Arana, quien participó en la ‘marcha por el verdadero espíritu olímpico y la dignidad humana’ del Relevo Mundial de la Antorcha de los Derechos Humanos en Buenos Aires, Argentina; se estuvo quejando estos días porque en sus declaraciones a la prensa le escribieron siempre la palabra “Tibet” cada vez que decía “Falun Gong”. Ambas palabras no son muy parecidas como para confundirlas por su sonido.
En realidad, este no es un hecho aislado ni casual. Muchos medios, en especial los más importantes del país como La Nación, el grupo Clarín y varias agencias de noticias nacionales, han reducido todas las denuncias de derechos humanos sobre China –que llegan al nivel de holocausto y abarcan todo el territorio chino– a una represión aislada en el Tibet, incluso hasta el punto de alterar las citas textuales.
Pero estas distorsiones en los últimos días han ocurrido no solo a nivel nacional, sino, más bien, en todo el mundo, y tienen que ver con que el asunto de Falun Gong es el que penetra verdaderamente en la llaga de la crisis humanitaria en China.
En el artículo “Llevar una antorcha para China”, publicado recientemente por el periódico estadounidense The Weekly Standard, el prestigioso periodista Ethan Gutmann remarca al respecto que, para el periodismo americano, el asunto de Falun Gong presenta algunas ‘contras’. Entre ellas, dice Gutmann, “los medios dependen de una mínima cooperación del partido (comunista chino) para tener acceso y acreditación. Falun Gong es el enemigo número uno del partido; puesto que es un movimiento espiritual arraigado en todo el territorio chino, es más difícil de contener que un movimiento ‘separatista’ como el de los tibetanos. Esto significa que la zona implicada no es solo Lhasa, sino que es en todos lados, y las noticias tendrían que ser suprimidas directamente en vez de solo limitar el acceso geográficamente. Las historias sobre persecución y tortura podrían generar represalias –bloqueo de websites, detención y, peor aun, perder la posibilidad de operar (en o con respecto a China). Artículos que le pegan palabras de difamación como ‘secta’ a Falun Gong o, aun mejor, que evaden el tema, aseguran el acceso”.
Esto es aplicable también en Argentina, y habría que sumarle la presión directa de la embajada china sobre el gobierno y sobre los medios con amenazas comerciales y relacionales.
En particular, luego de los incidentes en Londres, París y San Francisco, cuando la gente tenía sed de saber por qué eran las protestas y profundizar en las causas, un artículo de Clarín repitió la propaganda del régimen comunista chino al decir que el mayor temor de ese régimen con respecto a las protestas son las ‘autoimnolaciones’, afirmando que los budistas y los practicantes de Falun Gong se autoinmolan. Esto es justamente algo que la maquinaria de propaganda del régimen comunista se ha esforzado por hacer creer en todo el mundo, con el objetivo de enfocar la atención en presuntos actos irracionales o dañinos de las víctimas para convertirlas en victimarios y desviar, así, la atención y la condena internacional sobre la persecución a dichos grupos pacíficos. Incluso en 2001, cuando la persecución a Falun Gong escalaba en brutalidad y la condena internacional crecía, el régimen chino montó escenas de supuestos practicantes prendiéndose fuego en la Plaza Tianannmen, y las distribuyó en todo el mundo. Más allá de que la práctica de autoinmolación es contraria a las enseñanzas de Falun Dafa, esas imágenes en sí –que llegaron también a la Argentina– fueron estudiadas y descalificadas rápidamente por importantes organismos como International Education Development, que en una sesión de la Subcomisión de Promoción y Protección de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, declaró: “El régimen apunta a un supuesto incidente de autoinmolación en la Plaza Tiananmen el 23 de enero de 2001… Sin embargo, obtuvimos un video del incidente que en nuestra opinión demuestra que este evento estuvo montado por el gobierno”. No obstante, siete años después, parece que algunos medios insisten en su difusión, especialmente en momentos críticos, como éste, para el Partido Comunista chino.
El foco puesto en la violencia de los monjes y tibetanos, en el marco de la represión en Tibet, presenta similitudes. Ya existen varias pruebas de la implicación del régimen en orquestar actos de violencia generados por supuestos tibetanos, para transmitir tales imágenes al mundo y al interior de China (ver “ ¿Orquestó el régimen chino la violencia en el Tibet? ”). La valiente irrupción sorpresiva de los monjes ante los periodistas internacionales en Lhasa gritando “¡No les crean! ¡No les crean!” es algo a lo cual los periodistas y observadores del mundo deberían prestar suma atención.
La censura se evidencia con la cobertura de la Antorcha de los Derechos Humanos
Para cubrir esta ceremonia de la Antorcha de los Derechos Humanos se presentaron casi todos los medios argentinos e internacionales que siguen el recorrido oficial de la antorcha olímpica, de Japón, Macao, Francia, Alemania, Londres hasta de China. Y también unos occidentales y chinos, que actuaban como reporteros y que no pudieron identificarse como medios, pero que tuvieron suficiente tiempo para interactuar con todos los periodistas acreditados desde las 10 de la mañana en adelante.
Los periodistas hicieron entrevistas todo el tiempo, pero no se publicó casi nada, algunos apenas mencionaron tres palabras sobre el Tibet. Y cuando mencionaron el tema del genocidio contra los practicantes de Falun Gong, no reflejaron la verdad.
Tampoco se mencionó la presencia o adhesión de diputados nacionales, actores, la directora del INADI y ONGs, o la adhesión del cuerpo entero de la Legislatura Porteña. No obstante, la marcha fue apoyada por cientos de ciudadanos argentinos, algunos extranjeros y otros cientos aplaudiendo a los costados.
La agencia de noticias Associated Press minimizó la marcha de la Antorcha de los Derechos Humanos a “25 personas ataviadas con túnicas rojas y blancas”.
En cuanto a las ‘túnicas rojas y blancas’, pareciera ser un método periodístico para insinuar algo indirectamente. En este caso, muy probablemente es para llevar a los lectores a una imagen de Falun Gong como una “secta”, justamente la calumnia con la que el PCCh tildó a los practicantes de Falun Gong desde el principio de la persecución, hace 9 años, para justificar las violaciones de derechos humanos.
Esto también apareció en un artículo del diario La Nación que le agregó que personas con las túnicas rojas y blancas eran “chinos disidentes agrupados en torno a la filosofía Falun Gong”. Pero estuvo presente una sola china, que el viernes anterior había sido amenazada de muerte frente a la Legislatura de la ciudad si aparecía en el evento del día 11.
El gran temor del Partido Comunista Chino es la revelación de la persecución a Falun Gong en China, porque cuando el mundo descubra la verdadera situación dentro de los campos de trabajo forzado, las torturas y la sustracción de órganos de practicantes de Falun Gong, esto significará el fin del régimen, ya que ni el pueblo chino ni el resto del mundo lo podrán ignorar. Mediante el silencio y la distorsión de los hechos, los medios en realidad se convierten en cómplices de esta persecución.


