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El extraño mundo del Sr. Sheldrake (2ª parte)

En ocasiones, nuestro pensamiento parece estar ligado al del resto de los seres de la raza humana. Según la ciencia actual, esto se reduciría a mecanismos psicológicos; según Sheldrake, todos somos partes de un gran campo mórfico


Por Leonardo Vintiñi – La Gran Época
11.03.2008 14:18

(Garry Gay/Getty Images)

“Podríamos contemplar el origen del universo y la creatividad que contiene como un misterio impenetrable y dejarlo así. Si decidimos explorar más allá, nos encontramos con la presencia de varias antiguas tradiciones de pensamiento sobre el origen creativo último, bien sea éste concebido como el Único, Brahma, el Vacío, el Tao, el Abrazo eterno de ShivayShakti o la Santa Trinidad”. Dr. Rupert Sheldrake

Cuando los científicos en los laboratorios de cualquier parte del mundo intentan sintetizar un nuevo tipo de cristal, frecuentemente dan nota de cuán difícil y extenuante puede resultar dicha tarea. Sin embargo, cada vez que el hecho llega a consumarse, los demás laboratoristas del mundo, inevitablemente, no tardan mucho más en alcanzar la síntesis del nuevo compuesto químico. De hecho, cuantas más veces se produzca la cristalización del compuesto en cuestión, tanto más fácil logrará hacerse el procedimiento en las veces subsiguientes.

Este curioso fenómeno, conocido por los científicos del mundo entero por la “hipótesis de los barbudos itinerantes” es uno de los fenómenos más incomprensibles que los químicos de hoy en día se ven obligados a explicar. La argumentación más “racional” a este fenómeno, cuenta con que uno de los laboratoristas donde originalmente se había logrado el compuesto, hubiera alojado en su barba, ropa y/o efecto personal, una partícula del cristal para, luego de un viaje al laboratorio amigo, depositar a ésta en la habitación, mesa de trabajo o algún lugar cercano donde la partícula actuaría como nuevo núcleo de cristalización.

Pero dicha hipótesis presenta un dilema: ¿Qué ocurre cuando el compuesto se logra sintetizar después del ensayo original sin la participación de ninguno de estos “científicos barbudos” ocupándose de viajar de un lugar a otro? La respuesta, igual de ingeniosa que la primera, sugiere que las partículas del cristal podrían viajar por el aire de un lugar a otro, produciendo un fenómeno que aparenta un milagro.

Sin embargo, Rupert Sheldrake, el controvertido biólogo doctorado en Cambridge, no precisa de barbudos viajeros ni de milagros para explicar el proceso que atañe a los cristales. Para Sheldrake, éste y muchos de los fenómenos hasta ahora incomprensibles para la biología, serían fácilmente explicables si nos introdujéramos en el universo de los “campos mórficos”.

Pero, ¿de qué trata la teoría de los campos mórficos? Un extraño fenómeno protagonizado por los macacos de la isla japonesa de Koshima suscitó la atención de los biólogos en general a finales de los años 50. Cuando en 1952, un grupo de científicos de la isla, que alimentaba a los monos con batatas sucias, notó cómo una de las hembras llamada “Imo” comenzaba a adoptar el hábito de lavar la comida en un arrollo, se sorprendieron al observar con qué rapidez los demás miembros de la isla aprendían el truco. En pocos años, todos los macacos de la isla habían aprendido a quitar con agua, la arenilla y suciedad que hacía a la cáscara del tubérculo, algo un poco molesto para la ingesta. Sin embargo, el fenómeno dio un salto espectacular cuando los científicos notaron al cabo de seis años que, con igual énfasis, los monos del continente (los cuales no tenían contacto alguno con la isla) también comenzaron a lavar sus alimentos antes de ingerirlos.

Para Sheldrake, el comportamiento de los monos de Koshima y el aparentemente inconexo fenómeno de cristalización simultánea en distintos laboratorios del mundo, responde a un mismo orden de sucesos. Si cada hecho, acción, o creación formara o reforzara una suerte de “memoria inherente” en el espacio del universo, esto podría alterar otro hecho dado en un tiempo futuro sobre elementos similares. Es decir que, si la acción de lavar batatas de un mono surgiera sin un patrón o “campo mórfico” preexistente en el universo, cuando el segundo mono lo hiciera, la acción parecería más “instintiva” a la especie. Si los siguientes monos decidieran intentarlo, el campo mórfico correspondiente a “lavar batatas” sería usado y a la vez reforzado por tales acciones, y así, un mono que no estuvo en contacto físico con otro de su misma especie, podría conectar aún su comportamiento con el de sus iguales mediante el campo mórfico universal. Del mismo modo, un compuesto químico que carece de campo mórfico en el presente será mucho más difícil de cristalizar que otro cuyo campo haya sido ya formado por un primer compuesto.

Es decir que, un comportamiento de un elemento cualquiera del universo, tanto sea animal, vegetal o (tal como es demostrado con los cristales) mineral, crea una especie de memoria residente capaz de ser transmitida a elementos de la misma especie o similar. En efecto, cuando más similar es un elemento a otro (dos animales de la misma especie) más fácil es que este campo mórfico sea transmitido entre los elementos. En palabras del propio Sheldrake, “Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman. Si un animal aprende un nuevo truco en un lugar, por ejemplo, una rata en Londres, le es más fácil aprender a las ratas en Madrid el mismo truco. A cuantas más ratas londinenses se les enseñe ese truco, tanto más fácil y rápido les resultará a las ratas de Madrid aprenderlo”

En efecto, tal experimento fue llevado a cabo en numerosas ocasiones. Un clásico ejemplo es la prueba de inteligencia con que el Dr. William McDougall sometía a las ratas. McDougall medía la inteligencia de diferentes roedores para resolver un laberinto dado; a las ratas catalogadas como “inteligentes”, las apareaba entre sí, y a las ratas “torpes” las sometía a igual cruza. Los linajes torpes e inteligentes se mantenían aislados entre sí, y el experimento se extendió por más de cincuenta años, comenzando en la Universidad de Harvard y continuando en Escocia y Australia. El resultado final fue tan sorprendente como significativo: diez, veinte y sucesivas generaciones más adelante, las ratas de ambos linajes se hacían cada vez más rápidas en resolver el laberinto, sin estar antes expuestas a la prueba. Tanto las torpes como las inteligentes eran capaces de terminar la prueba unas diez veces más rápido que las ratas originales. Hasta el momento, no existen más teorías que la del campo mórfico para interpretar el resultado de tales fenómenos.

De hecho, hasta el momento, no existen teorías sólidas para explicar el extraño comportamiento de las ratas, ni de los monos de Koshima o la cristalización simultánea de nuevos compuestos químicos, más que las expuestas por Rupert Sheldrake. De cualquier forma, verdad o mentira, cuento o realidad, el campo de las ciencias holísticas parece no encontrar aún cabida, en un mundo en el que el “método científico” reina como amo y señor del pensamiento general.

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