En el debut de la humanidad, justo antes de que la poesía y la pintura tomaran forma; las danzas, donde cuerpos humanos evolucionaban a voluntad de ritmos definidos, ya habían alcanzado un estado de perfección.
Las danzas antiguas son los diálogos de la humanidad entre el cielo, la tierra y los seres divinos. La naturaleza se expresa a través de las danzas eternas del universo. En Lie Zi, el libro escrito por Lie Yukou, en los alrededores del año 500 a.C., dice: “Cuando se toca un Qin, los pájaros bailan y los peces saltan”. El Qin es un ancestral instrumento de cuerdas.
Las escrituras budistas frecuentemente describieron al Buda utilizando el canto y la danza para exponer su Fa o Ley a los seres humanos. En el sutra Huayan, el Buda fomenta también a todas las Bodhisattvas a aprender las capacidades técnicas del canto y la danza para ayudar a la salvación de los seres. Los seres divinos utilizaban sus danzas para mostrar la inmensidad del Fa o Ley, y el silencio para declarar su profundidad.
En las danzas de la dinastía Tang, la danza Pu Su Man, la danza Tian Zhu, y la danza Su He Xiang entre otras, demostraron la influencia de las danzas de la religión budista. Las diferentes danzas enriquecieron las ceremonias y los rituales budistas. El libro Monasterios de Luoyang inscribió la gran ocasión de tocar música y de interpretar danzas en los festivales y ceremonias budistas de las dinastías del Sur y el Norte (420-589 d.C.): “Las doncellas celestiales volaban y las damas tocando la música lo hacían como si estuviesen en las nubes, las bailarinas se movían graciosamente con sus largas mangas y los instrumentos musicales producían sonidos encantadores; las maravillas estaban más allá de toda descripción”. La música y las danzas budistas llegaron a Japón pasando por la India, y las regiones occidentales y centrales de China. En Japón, la música y las danzas budistas se combinaban con los rituales budistas y formaban una clase de música y danza budista especial. En estos rituales, las bailarinas evolucionaban lenta y libremente en el centro de la escena.
Además la historia confirió a cada grupo étnico una orientación y una única lengua corporal. Los bailarines de Shen Yun han hecho revivir el arte tradicional chino que desde hace mucho tiempo se había perdido. En la cultura china de inspiración divina, la visión del universo, como el “ida y vuelta” del que habla el Libro de los cambios, y “el Dao viaja sobre la tierra sin detenerse” enunciado por Lao Zi, impregnan profundamente la estética de la danza tradicional. En términos de técnica, la danza china, con su orientación y sus movimientos, es resultante de la antigua cultura china. Los ritmos y los movimientos del cuerpo son incomparables y únicos. Bailando según un ritmo cíclico aunque variable e imprevisible, los gestos de manos del artista, la torsión y la ondulación de su cuerpo y el trazado de sus pasos se asemejan mucho a una elipse. La danza refleja la rotación y la repercusión de un ritmo rico y armonioso, y cada pausa indica un nuevo principio. Así el principio y el final de las danzas se conectan con naturalidad y suavidad, como si fuera un dragón con su cola en la boca, cíclica y eterna. Las largas mangas de seda, características de los trajes de danza chinos, representan ampliamente el esplendor palpable del “círculo” en movimiento perpetuo de la vida. Con movimiento de brazos que vuelan, las bailarinas dibujan innumerables circunvalaciones y círculos de respiración como las nubes y el humo. Haciendo eco al paisaje pintado sobre el telón de fondo, el ritmo que deja sin respiración y sin embargo intangible, lleva a pensar que “semejante danza sólo puede existir en el cielo”.
En el Spectacular de Año Nuevo Chino durante la actuación de la troupe Shen Yun, los bailarines se posicionan inclinados, vestidos con túnicas típicas de mongoles y avanzan con esplendor sacudiendo sus hombros, con cierto aire de amenaza y seducción, mientras avanzan en cuclillas hacia el campo de batalla. Repentinamente, los hombres se arrodillan y doblan sus cuerpos tocando la tierra con sus espaldas, y la cara vuelta hacia el cielo. Su virilidad y su afinidad con la tierra son casi infartantes. Las propias bailarinas se ciñen en vestidos tibetanos, inclinan el cuello, y avanzan prudentemente paso a paso sobre la tierra, lanzando sus mangas de seda flotante de un blanco puro de nieve y formando flores de loto tibetanas sobre los picos cubiertos de nieve. Por un breve momento, se despliega ante nuestros ojos el solemne y único respeto que los mongoles y los tibetanos tienen por la naturaleza y por ellos mismos.
En contraste, las jóvenes de la nacionalidad Dai muestran un estado totalmente diferente de existencia con sus tallas siempre finas y flexibles. Se inclinan hacia la tierra en posturas estables y llenas de resistencia. Las damas manchurianas de la corte, por el contrario, avanzan por el suelo a pequeños pasos con una espalda recta. Sus cuerpos altivos y sus modales exquisitos nos recuerdan que no las apremia ni el trabajo ni los beneficios mientras que entran y salen de la escena, sin ninguna intención ni exigencia del tiempo.
Las danzas étnicas de diferentes estilos se despliegan sucesivamente bajo la atenta mirada del público. Los bailarines describen la elevación original de la civilización antigua en la historia. Sus cuerpos manifiestan el sentido de la realidad y de la profundidad, que tanto falta en la sociedad moderna, despertando antiguos recuerdos. Ganaron la libertad. La danza, que tiene desde el principio de la civilización humana la sagrada función de abrir la sabiduría, nos presenta ahora al tiempo antiguo, cuando el cielo y la tierra y las miríadas de cosas formaban una alianza.









