Aguas dulces, frescas, amplias; aguas extensas. El río Yangtzé, el más extenso de toda China, era el hábitat perfecto para el Baiji. Veinte millones de años así lo atestiguan. Sin embargo, el boom de la tecnología fue mucho para el curioso cetáceo. Los milenios de convivencia del hombre con la “divinidad blanca” como era conocido en la mitología china, terminaron de la noche a la mañana con la llegada de la apertura económica, las nuevas tecnologías de producción, y la contaminación masiva del imperio amarillo.
De los delfines del río Yangtzé, Baiji o Lipotes vexillifer, como es conocido científicamente, solo quedan fotografías, algunos esqueletos, y muchas odas en su honor. Estos carismáticos seres de 100 kg. de peso y 2,5 metros de longitud surcaban los 6.300 kilómetros de grandeza (e infinitos ramales) emitiendo sonidos característicos, dando saltos de cuando en cuando y saliendo a respirar a la superficie cada un período de tres a cuatro minutos. Su sonar biológico les permitía tanto navegar por las turbulentas aguas del Yangtzé, como comunicarse con individuos de su misma especie, desarrollando un sistema social de una complejidad tal, que cada delfín poseía un silbido particular, un nombre propio.
La potestad de los baiji sobre las aguas orientales fue única e indiscutible durante tiempos remotos. Pero solo unos pocos años de intervención humana fueron suficientes para que estos delfines de pico largo desaparecieran del mapa. La contaminación progresiva de las aguas del Yangtzé, los accidentes con las hélices de las embarcaciones y la pesca ilegal fueron motivos más que poderosos para acabar con los baiji. A menudo se estima que el ruido de los motores causaba la perdida de comunicación entre especimenes, dejando individuos aislados y con riesgo de ser arrollados en su propio terreno. Los sistemas de pesca mediante descargas eléctricas o múltiple anzuelo también hacían víctimas a los dueños del Yangtzé.
Para la descripción de la especie en los registros de la dinastía Han (202 a.C. a 220 d. C), la población de los baiji era abundante y jubilosa. Según el antiguo diccionario Erya, los delfines de aleta blanca se contaban por 5000. Dieciocho siglos más tarde, en 1979, el régimen chino ya ingresaba a los baiji en la lista de especies en peligro de extinción. En 1990 la población ya se encontraba con solo 200 ejemplares, y el número comenzó a descender exponencialmente con el correr de los años, el incremento de la contaminación y la construcción de la presa de las Tres Gargantas en 1994. En 1998 solo se estimaba un total de siete ejemplares, y cuando el llenado de represa hubo comenzado en el 2003, los baiji ya comenzaban a formar parte de la historia. Algunos raros y escasos avistamientos por parte de lugareños eran reportados cada año.
Pero cuando la expedición en busca de ejemplares de baiji comenzara en noviembre del 2007, los resultados obtenidos serían mucho más que sombríos. Durante seis semanas de rastreo por el Yangtzé con sofisticados equipos de cámaras e hidrófonos, el número de veces que el alegre sonido de los baiji resonó en los parlantes fue cero. Nada. Un siniestro escalofrío que anunciaba que el último de los delfines blancos ya había dejado este mundo para siempre.
La trágica historia de los baiji deja una amarga lección acerca del comportamiento humano. Actualmente, el mismo Yangtzé es testigo de la agonía de el pez espátula, quien vive en las aguas de la China, desde hace muchos millones de años. Sin embargo, el régimen nacional no se encuentra comprometido lo suficiente con el patrimonio biológico de China, como para decir que el pez espátula (y todas las especies que viven en las contaminadas aguas del Yangtzé) no vaya a correr la misma suerte que el delfín de aleta blanca.
Lamentablemente, si aún queda algún ejemplar con vida del mítico baiji penando bajo las venenosas aguas del gran río, la inviabilidad genética de la especie nos dice que ya no quedan casi esperanzas para el pez de aleta blanca: el destino del baiji ya se encuentra sellado; su silbido agudo, alegre y entrecortado se ha ido para siempre.




