La siguiente es la intervención de Miguel Wu en un ciclo de conferencias realizado en Francia sobre los derechos humanos en China. Michel Wu es el antiguo jefe de redacción de la sección China en Radio Francia Internacional.
Señoras, Señores,
Quiero agradecer al Memorial Caen así como a la señora Lamperti y otros amigos que me invitaron a hablar en un lugar tan simbólico, sobre mi país de origen: la actual China bajo el dominio comunista.
Llevo a mis espaldas 40 años de periodismo compartidos entre China y Francia. Voy a tratar de darles alguna información de base sobre China, información que ha escapado un poco a la prensa francesa.
En julio de 1949, José Stalin decía a Liu Shaoqi, uno de los jefes del Partido Comunista Chino, quien conducía al final de la guerra una delegación de peregrinaje a Moscú contra los nacionalistas: “Los vencedores siempre tienen razón. Usted ganó, pues usted tiene razón”. Esta referencia, la encontré en una obra monumental del señor Si'n Haonian, un historiador chino en el exilio en Nueva York. Inmediatamente después, la cuestión que esto trae aparejado es saber si los vencedores siempre tienen razón.
De hecho, el régimen de Beijing acaba de marcar triunfalmente su 58 aniversario bajo la denominación de “República Popular”. Es reconocido por la inmensa mayoría de los países del mundo y controla un país tan vasto como un continente. ¿Tienen razón estos dichos chinos comunistas que no dejan de una manera o de otra de asombrar a occidente? Y bien, gracias a mi experiencia de observador lúcido, reúno a mi amigo historiador para hacerle ver que bajo el estandarte de república popular, el régimen de Beijing es, por su naturaleza, sólo una restauración del absolutismo muchas veces milenario ya que la República de China, el primer régimen democrático en Asia, ha sido fundado en 1911 por los nacionalistas bajo la dirección del Dr. Sen Yat-Sen.
Analicemos primero la realidad. ¿Qué es la República? Es ante todo, como usted sabe, la soberanía del pueblo. Sí, el pueblo se anuncia por toda China, pero en ninguna parte es soberano. El mundo en el exterior que cree firmemente que uno más uno hacen dos, se hizo rodar a menudo en un sofismo demasiado bien afilado.
Los responsables del régimen dirían: tenemos nuestra asamblea popular, equivalente al Parlamento. Falso: los diputados del palacio Bourbon son elegidos en sufragio universal mientras que los “parlamentarios” en China son designados por las instancias del partido único y confirmados por un simulacro de elección en el curso del cual no es cuestión de un candidato que esté fuera de circuito. Por otra parte, la casi totalidad de los elegidos son miembros del Partido. Uno de mis antiguos colegas me confirmaba que los proyectos de ley, las mociones y las resoluciones, debían ser presentados primero a la sesión y luego solo cabía esperar que el comité del Partido pusiera su sello.
Beijing diría: ¡Escuchen¡ No sólo tenemos nuestro Parlamento, también tenemos al igual que ustedes, la separación de los dos poderes: el poder ejecutivo y el poder judicial. Falso: porque lo que es cierto es que en cada una de estas instancias se instaló una oficina del comité del partido que es el máximo responsable. Esta estructura doble se implantó en todos los escalones, ministerios, empresas, agricultura, pasando por la policía y las fuerzas armadas. Wei Jingsheng, figura de proa del movimiento a favor de la democracia, me dijo un día que incluso estando en un monasterio descubrió una oficina que llevaba la placa del comité del partido. Bajo las apariencias de la república, son las organizaciones del Partido Comunista quienes controlan como un pulpo todos los rincones y escondrijos del país.
Beijing diría: Tenemos nuestro sistema de cooperación multipartidista. Es un secreto a voces que las ocho formaciones políticas que se reúnen cada año en “conferencia consultiva política” antes de los trabajos de la asamblea son financiadas y encuadradas por el partido y que declaran sin excepción en los estatutos su alivio al Partido Comunista.
Beijing diría: Tenemos nuestro ejército popular. Es también falso. Un principio afirmado y reafirmado en público por todos los jefes del partido es que las fuerzas armadas deben someterse firmemente a la dirección del partido. El ejército, la policía, el ministerio fiscal y la justicia están considerados como “instrumentos de dictadura”.
Al lado de la Corte Imperial, está la oficina política quien guarda el cordón vital del pueblo. No reside en la Ciudad Prohibida, sino muy cerca de un bello jardín imperial herméticamente cerrado. En la cumbre de la jerarquía se encuentra un secretario general que asume las funciones de presidente y de jefe de las fuerzas armadas. Más autoritario que Su Majestad, convoca periódicamente al comité permanente de la oficina política, un círculo de 7 o 9 personas para decidir todo y sobre todo. Mucho más acaparadores que la nobleza, los oficiales del gobierno disponen de todos los recursos materiales y humanos, se embriagan en un desenfreno digno del fin del imperio romano y lanzan proyectos de prestigio para hacer creer que representan también una civilización.
Sin embargo, lo que es original para el régimen de Beijing, es que además de un jefe, además de un partido y además de una doctrina, aplica invariablemente el principio de una sola opinión. Uno de los ideólogos afirmó este año que el marxismo es el mejor preservado en China. Para Beijing, la caída del muro de Berlín es curiosamente la ocasión de apelar a la ortodoxia del movimiento comunista internacional con el que jamás dejó de soñar la jefatura. Y justo bien incorporando el absolutismo muchas veces milenario sobre la crítica del programa de Gotha, que el PCCh fundó su “dictadura del proletariado” bajo la cual, el número de chinos reprimidos es más importante que la población francesa. Eliminando periódicamente y sistemáticamente a los “enemigos de clase” y vilipendiando a Estados Unidos de América como el cuartel general del capitalismo mundial, el régimen de Beijing cree que mientras tanto, puede asegurar así su legitimidad en el extranjero. Diez años después de los acontecimientos de la Plaza Tiananmen, es un movimiento espiritual llamado Falun Gong quien cruelmente está siendo sacrificado sobre el altar de la dictadura.
Para imponer el pensamiento único y hacer aplicar sus decisiones, el régimen de Beijing colocó una máquina de propaganda con células del partido creadas en todas las redacciones de los medios de comunicación, una cyber policía y un “escudo de oro” para controlar a los internautas, los sitios webs y los blogs. El departamento de propaganda relacionado con el comité central del partido, da regularmente instrucciones sobre la línea editorial y marca la censura. Si los periodistas que siguen las instrucciones pueden salvar la piel, los que trabajan por la conciencia se arriesgan a la prisión, radiación o expulsión.
Para descubrir la realidad china, basta con releer un poco los informes de la prensa oficial: ¿La guerra de Corea? Es puesta en marcha por el sur; ¿Las nacionalizaciones? Es la carrera hacia el paraíso socialista; el gran salto hacia adelante, es el rendimiento agrícola que bate el récord mundial y el restaurante gratuito para las cientos de millones de campesinos; ¿La campaña contra los intelectuales? El caso es que sirven los intereses de la burguesía; ¿la gran revolución cultural? Es derribar a los responsables aburguesados en prevención del revisionismo, etc. Si todo esto es del pasado, la verdad actual, tampoco, se encuentra ni siquiera en Coco Chanel o Yves St Laurent en Beijing; es también el proceso de los grupos rojos, Corea del Norte, Darfour, Birmania. Es el grupo de Shanghai y las armas a manos de los terroristas. Allí dónde hay presencia de Beijing, no hay paz. La verdad actual, usted la descubrirá también en la aduana francesa donde se han detectado juguetes peligrosos, medicinas dudosas y otros productos falsificados “made in China”.
Los crímenes de la dictadura despertaron poco a poco a los intelectuales que se interrogan la naturaleza del régimen quién continúa actuando con mucho rigor. En efecto, entre los años 1984 y 1994, historiadores como el profesor Si’n Haonien, desempeñaron un papel precursor escribiendo una nueva historia de la República China. En su obra monumental publicada en Nueva York “Quien es la nueva China”, el señor Si'n analizó archivos y documentos con el que consta que instigadores del PCUS y de la internacional comunista, han usurpado las experiencias de la revolución de 1911 antes de restaurar en el nombre del comunismo una nueva monarquía.
La experiencia de todas las democracias del mundo muestra que la República jamás se estableció de un solo golpe. Es al cabo de 86 años de lucha, de la revolución de 1789 a la 3ra República en 1875, que el pueblo francés dio fin a las tentativas de restauración. El pueblo ruso pudo izar de nuevo los colores nacionales promulgados por el gobierno provisional nacido de la revolución democrática de febrero de 1917, con el fin de la restauración comunista en 1991, es decir 74 años de lucha ensañada entre dictadura y democracia. Esto posiblemente no está acabado todavía. ¿Y el 3er. imperio nazi no es un desquite desastroso de la dictadura contra la democracia en Alemania? Según los estudios del señor Si'n, durante el período largo que va del fin de la última dinastía de Qing a nuestros días, el régimen de Beijing representa la 3ra tentativa de restauración. Después de muchas vicisitudes en la guerra civil como en la resistencia antijaponesa, la República replegada en la isla de Taiwán desde el 1949, a pesar de sus fracasos militares, ha puesto en ejecución todas las instituciones y legislaciones democráticas según el programa político elaborado por el Dr. Sun Yat-Sen al principio del último siglo. Taiwán ya es una democracia donde la población goza de derechos fundamentales y la libertad de elegir sus dirigentes al sufragio directo y universal. La lucha entre dictadura y democracia se prosigue siempre a los dos lados del estrecho de Taiwán.
¿Cuál es la perspectiva de la democratización en China? Los análisis y los comentarios van a buen paso. En cuanto a mí, pongo en desafío a estos visionarios que predicen que después del comunismo es el diluvio en China. A estos profetas, deseo simplemente que su beso con Beijing no sea mortal; y es indiscutible que abastecer de armas a Beijing, es ayudar a la dictadura que destruye la democracia. Creo bien que la miel de los chinos no es la miel de los franceses. A la hora de la universalización, si hay todavía una solidaridad internacional que hay que hacer jugar, se trata de China, de ayudar al pueblo chino que reinstaure su República sobre el continente.
Gracias a todos por su atención.









