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¿Reside la memoria fuera del cerebro?

Luego de más de un siglo de investigaciones, los científicos aún no logran dilucidar por qué ninguna parte del cerebro parece ser la responsable de alojar nuestros recuerdos


Por Leonardo Vintiñi – La Gran Época
12.11.2007 13:15


“Un grupo de neurólogos extrae un pequeño dispositivo electrónico contenido en un receptor de radio; luego de observar detenidamente que el aparato sólo emite un chirriante sonido similar a una ‘U’ prolongada, los especialistas deducen unánimemente que en el dispositivo extraído debían, por lógica, encontrarse todas las letras del alfabeto, exceptuando la ‘U’”. El profesor Saccone, especialista en neurología, resume en tono socarrón la visión con que la mayoría de sus colegas encara el estudio de la mente humana. Los años de estudio sobre el cerebro en la cátedra de anatomía no han logrado que el médico argentino perdiera el respeto hacia el océano de desconocimiento que aún representa la mente conciente, en los albores del siglo XXI.

La morada física de la memoria, cuando no de la mente en sí, se ha revelado como uno de los grandes “santos griales” de la ciencia del nuevo siglo. Desde Francis Crick (co-descubridor de la estructura del ADN) en la década de 1940, hasta el presente, la memoria ha sido buscada tanto en regiones específicas del cerebro, como en el órgano íntegro, y hasta como una función “inalámbrica” al mismo cuerpo. Sin embargo, desde que el mundialmente reconocido biólogo e investigador Dr. Rupert Sheldrake fundara la teoría de los campos morfogénicos, la investigación de la mente ha discurrido por dos vertientes diametralmente opuestas. Según Sheldrake, autor de numerosos libros y artículos de carácter científico, la memoria no se asienta en ninguna región cerebral especial, sino que permanece en forma de campo abstracto fuera del cerebro, el cual actúa meramente como “codificador” y “decodificador” del flujo de información producido por la interacción de cada persona con el medio que lo rodea. El doctor de Cambridge recuerda que, tras los numerosos casos de amnesia producidos tras un accidente, gran porcentaje de ellos logra recuperar la memoria, cuestión que no podría tener lugar si sostuviéramos que los recuerdos perdidos se encontraban en un tejido ya destruido de una región cerebral específica.

Rupert Sheldrake suele realizar una interesante analogía para explicar la manera en la que él cree que mente y cerebro pueden interaccionar: “Si dañara tu aparato de TV para que fueras incapaz de recibir ciertos canales, o si hiciera enmudecer al aparato de TV mediante la destrucción de la parte relacionada con la producción de sonido a fin de que todavía pudieras recibir imágenes pero no sonido, esto no probaría que el sonido o las imágenes estaban almacenadas dentro del aparato de TV. Meramente demostraría que yo afecté el sistema de sintonización para que tú ya no pudieras recibir la señal correcta. La pérdida de memoria por daño cerebral no prueba ya que la memoria esté almacenada dentro del cerebro. De hecho, la mayor parte de la memoria perdida es temporal: la amnesia que sigue a una conmoción, por ejemplo, es a menudo temporal. Esta recuperación de memoria es muy difícil de explicar en términos de teorías convencionales: si los recuerdos han sido destruidos porque el tejido de memoria ha sido destruido, no deberían regresar de nuevo; y sin embargo a menudo lo hacen”. “Los experimentos sobre estimulación eléctrica del cerebro por Wilder Penfield (neurocirujano que trazó el mapa del cerebro en la década del ’30) y otros sugieren otro argumento a favor de la localización de la memoria en el interior del cerebro. Penfield estimuló los lóbulos temporales de los cerebros de pacientes epilépticos y encontró que algunos de estos estímulos podían provocar respuestas vívidas que los pacientes interpretaban como recuerdos de cosas que habían hecho en el pasado. Penfield supuso que, de hecho, estaba estimulando recuerdos que estaban almacenados en el córtex. Volviendo de nuevo a la analogía de la TV, si estimulara el circuito de sintonización de tu aparato de TV y saltara a otro canal, esto no probaría que la información estaba almacenada dentro del circuito de sintonización”.

Bajo la concepción opuesta, numerosos neurofísicos han intentado desentrañar residencias de la memoria en el interior del encéfalo; uno de los más populares, realizado hace más de un siglo por el neurofisiólogo norteamericano Kart Lashley, demostró que aún luego de seccionarse hasta un 50% del cerebro de una rata, ésta podía recordar los trucos con que se la había instruido. Lo sorprendente del experimento residía en que los roedores continuaban ejecutando los actos aprendidos, independientemente de qué mitad de su cerebro había sido seccionada. Investigaciones sucesivas revelaron resultados similares en especies como el pulpo.

La teoría holográfica, nacida de experimentos como los de Lashley, considera que la memoria podría residir no en una región concreta del cerebro, sino en todo el órgano por igual. Sin embrago, la neurología ha descubierto que el cerebro es una masa sináptica en permanente cambio; todas las sustancias químicas y células interactúan y cambian de posición en forma constante. Teniendo en cuenta semejante plasticidad del encéfalo, es difícil sostener cómo la memoria pudiera alojarse en la distribución completa del cerebro, para ser recuperada desde un cerebro completamente distinto. Ante este panorama tan amenazante para la biología mecanicista tradicional, muchos investigadores se han volcado a pensar que la verdadera residencia de la memoria se encuentra en un espacio dimensional no observable, y que el cerebro no actúa como portador de ella, sino como el nexo físico necesario para relacionar al individuo con su “campo mórfico”. Tal como el Dr. Saccone diría: “Yo puedo tener recuerdos vívidos de mi madre, pero eso no quiere decir que tenga la cara de mi madre grabada en una neurona”.