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Un combate por la libertad: setenta y siete años, china y cristiana

Una historia de generaciones de terror que no acaba hasta que caiga la dictadura comunista china


Por Luo Ya – La Gran Época
29.10.2007 12:10


Bautismo en la Catedral de San José en Chongqing, China, celebrado el 14 de octubre de 2007. Se estima que hay aproximadamente de 10 a 15 millones de católicos en China. (China Photos/Getty Images)

Ya de salud precaria, Shuang sufrió graves torturas durante su encarcelamiento, pasando así en poco tiempo de los 55 kilos de peso a 36. Shuang también perdió la vista mientras expiaba su pena, por lo que era incapaz de reconocer a su propio hijo cuando iba a visitarle. No le quedaba más que fiarse de su limitado oído para comunicarse con él.

El padre de Shuang, Shuang Deli, fue ejecutado en 1949 por contrarrevolucionario, cuando el régimen comunista chino tomó el poder y después confiscó todos los bienes de la familia. En el momento de su ejecución, forzaron a la familia a estar presentes, y cuando reclamaron su cuerpo, tuvieron que rembolsar primero el precio del proyectil. La historia pareció repetirse en el matrimonio de Shuang, porque su marido también fue condenado a 20 años de campo de trabajos forzados por “contrarrevolucionario”.

La tragedia de Shuang

Para salir de la pobreza provocada por la confiscación de sus bienes y el encarcelamiento de los miembros de su familia, Shuang se casó con un hombre llamado Hua Zaichen.

La pareja tuvo dos hijos varones y una hija. En 1957, Hua fue también enviado a un campo de trabajo y allí lo tuvieron encarcelado durante 20 años. Shuang se vio obligada a educar a sus niños sin la presencia de un padre. Durante la revolución cultural, unos funcionarios le pidieron que se divorciara de su marido encarcelado, pero Shuang se negó. Por su desobediencia, fue golpeada brutalmente por las autoridades locales, mientras la exhibían desnuda colgada de un poste. Después la expusieron de rodillas sobre una estructura triangular.

Hua Huiqi, el hijo de Shuang, se hizo cristiano en 1990. Debido a su creencia en la Iglesia, a menudo era acosado y golpeado por la policía. Su madre se mostraba muy inquieta por la seguridad de su hijo y lo acompañaba a la Iglesia donde comenzó a recibir una enseñanza cristiana. Después, fue bautizado en 1992 y por esa misma fecha, Shuang transformó su domicilio en una pensión para los cristianos que venían a Beijing para reivindicar sus derechos. Su hospitalidad alertó a la policía que la hostigó continuamente.

Al encontrarse la casa de Shuang muy próximo a la Plaza de Tiananmen, los funcionarios lo declararon como un lugar políticamente peligroso. Cuando se atribuyó a Beijing los Juegos Olímpicos de 2008, destruyeron la casa de Shuang alegando que esta casa era una ofensa para el eslogan escogido para los Juegos, “Nueva Beijing, Nuevos Juegos Olímpicos”. La familia fue trasladada a otro barrio y ubicada en un lugar llamado Guanjiakeng, donde era vigilada constantemente por la policía las 24 horas.

Cuando Shuang y su hijo denunciaron la demolición forzada de su casa antes de la conferencia de los parlamentarios de Beijing, fueron golpeados brutalmente por la policía.

La queja costó al hijo de Shuang seis meses de encarcelamiento por la oficina de seguridad pública del sector de Chaoyang.

El 9 de febrero, Shuang y su marido también fueron detenidos cuando acudieron para pedir sus derechos así como la liberación de su hijo.

La pareja fue detenida y declarada culpable de “destruir intencionalmente la propiedad pública y particular”. El 26 de febrero, fueron condenados a dos años de prisión y a una multa de 5.000 yuanes, unos 485 euros aproximadamente. Shuang fue ingresada en el campo de trabajo del sector de Chonweng de la oficina de seguridad pública de Beijing y en la prisión de mujeres de Beijing. Durante su estancia, le causaron heridas tanto física como mentalmente, no le permitían dormir antes de medianoche aún cuando sufría hipertensión grave, diabetes, cataratas y neuralgia. Los miembros de su familia no estaban autorizados a visitarle, tampoco podían ayudarle de ninguna manera, y no pudieron conseguir autorización de visita hasta cinco meses y medio más tarde. Hua dijo que su madre fue torturada hasta los límites de la muerte, y que actualmente tiene un aspecto muy demacrado, sus manos le tiemblan, su cara está muy pálida, y su mirada cada vez más apagada.

La presión intolerable ejercida sobre Hua

Hua reveló que las autoridades de Beijing mantuvieron a su madre como rehén. Precisa que cuando estaba encarcelada, Meng Zhuang, el oficial responsable de las cuestiones religiosas de la oficina de seguridad pública de Beijing, la obligó a cooperar con la policía. También le prohibieron todo contacto con los otros hermanos de la religión de su iglesia y los pensionistas que residían en su casa cuando viajaban a Beijing para hacer reconocer sus derechos. “Su madre no será liberada si usted se niega a cooperar con nosotros”, le afirmaba la policía.

El 25 de julio, Hua fue puesto en libertad. Una semana más tarde, el oficial de policía Meng Zhuang se presentó en su domicilio para forzarle a cooperar con los oficiales. Le exigieron que devolviera las coordenadas esenciales de las personas albergadas en su domicilio y a cambio de su cooperación, le ofrecían la promesa de visitar a su madre. “Su madre podría ser liberada al momento con una simple orden de nuestro jefe”, le indicaba Meng. Ante la negativa de su colaboración, Meng lo amenazó de nuevo: “Usted no verá nunca más a su madre si se niega a cooperar con las autoridades”.

Hua acusó a la policía de utilizar a su madre como rehén para así conseguir su sometimiento. “La policía se mostró peor que una banda de terroristas”, exclamó. “Hasta los propios terroristas liberarían a los niños y las personas mayores. Sin embargo, los oficiales chinos continúan deteniendo a una mujer mayor como rehén, para conseguir que me rinda”. Hua confirma que su casa ha sido demolida con el fin de dejar el terreno libre para los Juegos Olímpicos de 2008 en Beijing. Comenta que esto atentaría contra la reputación de los responsables de los Juegos Olímpicos, cuidadosos de dar la imagen de un país dónde se tiene en cuenta los Derechos Humanos. “Esto dejará para siempre una mancha en la historia de los Juegos de Beijing, de la misma manera que los Juegos acogidos por Hitler en Alemania”, añadió Hua.