Mientras la comunidad internacional sigue con atención los sucesos que día a día se desarrollan en Myanmar, los ojos se van posando cada vez más sobre China, que hasta ahora se ha mantenido en un extraño silencio.
Es conocido que el régimen chino es el más fuerte aliado del régimen de Myanmar, si no el único. Myanmar, que hasta 1988 se llamaba Birmania, es un país pobre y subdesarrollado pero con una rica fuente de recursos naturales que no puede procesar. Esto le ha valido el interés de varias naciones, pero especialmente de la dictadura china, que no sólo necesita sus recursos naturales, sino que también la considera un acceso estratégico al océano índico, además de tener al régimen birmano como un seguro comprador de armas y otros bienes. Para proteger estos intereses, el régimen chino no había ocultado su rol de protector político del régimen militar de Myanmar.
Durante los últimos 15 años, la República Popular China vetó todos los intentos de incluir la situación de Myanmar en la agenda del Consejo de Seguridad de la ONU. Cuando finalmente se trató el tema en noviembre pasado, el representante chino se esforzó por excluirlo rápidamente, sin proveer ninguna solución para la desesperante situación en Myanmar. En enero pasado, también vetó una resolución del mismo Consejo de Seguridad para instar a los generales birmanos a detener la persecución a minorías y líderes de la oposición. Finalmente, durante la primera semana de manifestaciones e incidentes en Myanmar, el régimen chino se las arregló para evitar que el Consejo de Seguridad sancionara a la junta militar birmana e incluso que condenara el uso de la fuerza en Rangún, permitiendo que sólo se expresara “preocupación” al respecto.
De repente, los monjes tomaron las calles, manifestándose pacíficamente con sus típicos trajes color azafrán y llevando imágenes de Buda en sus manifestaciones. Los monjes, como clero, juegan un rol central en la vida y cultura de Birmania, donde el 89% de la población es budista. Por eso, la participación de los monjes convierte a las protestas en una verdadera revolución pacifista capaz de derrumbar a la junta militar.
Esto provocó el temor de que se repita la historia de 1988, cuando los estudiantes birmanos salieron a las calles a pedir más democracia y el régimen los reprimió, dejando un saldo de más de 3000 muertos.
Al ver que las protestas crecían en intensidad, y conociendo la relación del régimen chino con su par birmano, varias naciones pidieron a China que revirtiera su postura para evitar una tragedia. Pero la respuesta de China fue un escueto “China seguirá trabajando con la comunidad internacional para promover una solución apropiada al problema en Myanmar”, según el comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores chino. Sin embargo, la evasión de China no hizo más que aumentar la presión internacional.
La amenaza azafrán
La inacción de China frente a los pedidos de la comunidad internacional la deja cada vez más trabada en el núcleo del conflicto.
La principal contradicción que enfrenta el régimen chino es que, mientras, por un lado, intenta dar una imagen de apertura y legitimidad frente a occidente, apoyar un movimiento democrático que se alza contra una dictadura sería cavarse su propia fosa, ya que el descontento social en China es igual –si no superior –al de Birmania, y pronunciarse a favor de ello sería también como arrojar un anzuelo para que las mismas protestas ocurran en China, lo cual sería un debacle para la dictadura comunista.
Por esto mismo, el régimen chino es el primero que quiere que las protestas populares de Myanmar fracasen. Teniendo en cuenta que este tipo de revoluciones generalmente tienen efectos en cadena –como ocurrió con las “revoluciones de colores” que terminaron con los regímenes autoritarios en países de la ex Unión Soviética –es de esperar que en caso de que la Revolución Azafrán tenga éxito, la sigan revoluciones similares en los países con situaciones similares, incluyendo China, Corea del Norte y Vietnam.
Pero el aspecto que más acorrala al régimen chino es el hecho de que sean los monjes budistas quienes tengan el papel principal en la Revolución.
Lo que puso en jaque a la junta en Myanmar fue que los monjes son ampliamente respetados en el país, ya que el pueblo los identifica con sus raíces culturales y espirituales más antiguas. Frente a éstas, la dictadura birmana sufrió la estocada mortal. Aunque el pueblo birmano está devastado por el hambre y la pobreza, su creencia en el budismo y el ejemplo de los monjes les está dando la fuerza para no rendirse frente a la violencia de la junta.
Por su parte, el Partido Comunista sabe, por experiencia propia, sobre el poder que tienen las creencias tradicionales para dar fuerza a los pueblos oprimidos, por eso es particularmente severo en su persecución de grupos religiosos y espirituales, tales como los tibetanos, los uigures musulmanes, los cristianos y, sobre todo, los practicantes de Falun Gong. El régimen chino sabe que, de llegar a ser exitosa la Revolución Azafrán, sentará un claro precedente para que el pueblo chino tenga su “revolución de color” -¿quizás amarilla?- de la mano de las creencias tradicionales que el partido quiso destruir, pero no pudo.
Entre la espada y la pared
Todo ello llevó a que varias organizaciones de derechos humanos, importantes funcionarios, artistas y diversas organizaciones de todo el mundo comenzaran a promover un Boicot a las Olimpiadas de 2008 a celebrarse en Beijing. Si el régimen comunista vuelve a mostrarse cómplice de una masacre de militares hacia un pueblo –siendo que todavía es juzgado por su propia masacre del ’89- y cómplice de una dictadura sangrienta, esto generará –y ya está generando- una ola de repudio a la dictadura china y también puede dar un gran impulso y más adherentes al cada vez más resonante boicot de las Olimpiadas.
Por si fuera poco, frente a la actitud indiferente del régimen chino, los activistas birmanos en el extranjero, en su mayoría estudiantes birmanos sobrevivientes de la masacre de 1988, plantearon un ultimátum al régimen chino para que revierta su postura y ayude activamente a detener las represiones en Birmania, dejando de impedir la intervención del Consejo de Seguridad de la ONU. De otro modo, los activistas prometieron iniciarle “una guerra no violenta” al régimen chino, participando activamente en el Boicot a las Olimpiadas y en el boicot a los productos chinos.
Es particularmente con respecto a este punto que el régimen chino tendría las mayores pérdidas, pues la cadena de la lógica es la siguiente: el primero objetivo del régimen chino es mantener su poder; para ello, necesita de las inversiones extranjeras y el comercio exterior, los cuales son su principal sustento, y además necesita aplacar el descontento social interno, que es cada vez mayor; para ello, ha enfocado enormes esfuerzos en propagar una imagen de apertura y prosperidad; y la realización exitosa de los Juegos se ha convertido en el principal objetivo y un punto de inflexión clave de esta campaña de propaganda y, por propiedad transitiva, un factor político clave para sostener su poder.
Así que la amenaza de los activistas birmanos de incorporarse al boicot de los juegos ya es otro golpe duro para el PCCh.
Pocas opciones, y una certeza
Frente a esta situación, cualquiera sea el accionar que elija la República Popular China, algo deberá sacrificar. De ahí la inacción y evasiva actual. Pero, dada la presión internacional, ya no puede pasar desapercibida.
Entonces, en conclusión, si mantiene la inacción y evasiva actual, significa que sigue protegiendo a la dictadura de Myanmar, lo cual será perjudicial para la imagen que el PCCh intenta proyectar y acarreará el debilitamiento del régimen por las razones recién explicadas.
Si decide permitir y participar en las sanciones económicas a Myanmar, la República Popular China sería también la principal perjudicada, dada la dependencia a las materias primas y combustibles que le provee Myanmar.
De cualquiera de las dos formas el régimen chino sale perdiendo. Pues, de ser derrocada la junta militar birmana, el régimen chino también estaría en problemas, e incluso mayores. Aquí, tanto la pérdida del control sobre los recursos naturales de Birmania como el repudio internacional pasan a un segundo plano, porque si Birmania recupera su democracia, la “estabilidad social” de China, mantenida a la fuerza por el Partido Comunista Chino, verá sus días contados.


