“El arte rupestre es sencillo y complejo, resbaladizo y fugaz, cautivador y mágico, expresión de formas de ver el mundo, maneras de pedir, de curar, de comunicar y de contar, entre otras muchas funciones que pudo haber cumplido, pero también es un material que ofrece más problemas que soluciones al estudiarlo”. Francisco M. Galván, arqueólogo mexicano.
Impacto. Cataclismo terrestre. Mientras el planeta en su integridad reverbera tras la colisión del gran fragmento rocoso, una ola inmensurable (la más alta jamás observada) barre con el 80% de la superficie terrestre; el hábitat humano, así como todo indicio de tecnología contemporánea, es destruido en su práctica totalidad. Lo restante, sólo espera por corroerse con el tiempo; los sobrevivientes, apenas cuentan como los individuos mínimos para concentrarse en comenzar un nuevo ciclo de civilización humana.
Este ingenioso guión post-cataclísmico, llevado a la ficción en obras tales como “El nuevo Adán”, suele atrapar e interesar a un nutrido porcentaje de lectores por una razón en particular: la posibilidad de que el hecho se traslade a un futuro real. Sin embargo, no pocos conocen que el suceso también resulta atractivo por presentar la probabilidad de haber ocurrido en un pasado remoto.
“La Marche”: el inicio del misterio rupestre
“Con las piedras grabadas de Lussac-les-Châteaux, la prehistoria adquiría un nuevo aspecto, otro sentido, el pasado salía de las tinieblas y nuestros antepasados se despojaban de la “canga grosera” que la buena voluntad les cubría hasta entonces”. Robert Charroux, arqueólogo francés.
La noticia no era poco revolucionaria: los rostros más antiguos del mundo habían sido hallados en una cueva de Lussac-les-Chateaux, Francia; 15.000 años de antigüedad testimoniaban cómo era el aspecto y la vestimenta de los “hombres de las cavernas”. Grande fue el asombro del círculo científico internacional cuando, en 2002, se confirmara que los rostros retratados en la caverna de La Marche no eran falsificaciones contemporáneas, sino registros históricos oficiales que indicaban sin lugar a dudas que los hombres de las cavernas no poseían el arraigado estereotipo de pieles sobre el torso y pelo enmarañado que los antropólogos modernos nos habían acostumbrado a imaginar, sino que más bien parecían corresponder con perfectos ejemplares de ciudadanos medioevales, de pelo corto, barba rasurada y prendas de vestir confeccionadas al cuerpo.
Paradójicamente, los grabados de La Marche no fueron descubiertos cinco años atrás, sino que el escepticismo científico los ponderó al olvido durante más de seis décadas desde que el científico francés León Pencard los hubiera descubierto y estudiado durante cinco años desde 1937. “Ya era tiempo de reevaluar la validez de estos dibujos” asevera el investigador Michael Rappenglueck de la Universidad de Munich; “fueron totalmente ignorados por la ciencia moderna”. Sin embargo, gran parte del tesoro cultural (quizás la mayoría) se perdió debido a la erosión de la roca con el tiempo y a las técnicas usadas por los arqueólogos antiguos en el piso de la caverna.
Entre los más asombrosos ejemplos del desarrollo de la civilización “prehistórica” encontrados en las cuevas de Lussac-les-Chateaux, se destacan los detalles de gente con ropa a la medida, sombreros, capas y botas, barba y bigotes perfectamente rasurados. Inclusive, algunos detalles tales como caballeros montados y hombres y mujeres perfectamente vestidos al estilo moderno, no pueden dejar de inquietar a los más dogmáticos antropólogos y arqueólogos actuales que abogan por una edad de piedra un poco más “cromañonesca”
Tassili y Tasmania: testimonios de lo imposible
“¡Los hombres de la prehistoria representaban cosmonautas! Es cada vez más probable que extraterrestres hayan visitado la Tierra hace 10 mil años”. Alexei Kazantsev, arqueólogo soviético.
Longilíneos cuerpos se menean al compás de una antorcha en un ritual sagrado; un grupo de cazadores persigue a su presa; un par de bisontes copulan, y un elefante camina detrás de un caballo y un rinoceronte. Miles de millares de imágenes tapizan las bóvedas pétreas de los asentamientos arqueológicos humanos alrededor del planeta. San Francisco de la Sierra, Altamira, Vilhonneur, Lascaux, Chusca, Cosquer, Cap Blanc Gönnersdorf, Hayonim, Balzi Rosi… la humanidad del pasado no escatimó en registrar cada hecho cotidiano en las paredes, pisos y cielorrasos de sus provisorios hogares. La gran mayoría de las pinturas se enmarcan en el retrato de bestias salvajes, escenas de caza y rituales religioso-culturales. Los pigmentos, en su mayoría, consistían en mezclas de agua, pinturas minerales y vegetales, grasa, yeso, orina y, hasta heces. Sin embargo, en contraste con la precariedad de la tinta y la dureza del “lienzo”, a menudo las pinturas rupestres representan verdaderos parámetros de belleza artística. La fidelidad de los trazos, proporciones y sombras de la plástica prehistórica es con frecuencia mucho más exquisita y refinada que la utilizada en todas las obras correspondientes a la etapa inicial del arte en el ciclo de la civilización humana presente; con una clara extrañeza, pareciera ser que las artes actuales simplemente se limitan a imitar a la plástica del neolítico y períodos anteriores.
De cualquier forma, la exquisitez de los murales, seguramente no ha de representar el enigma más profundo que envuelve a la gente de las cavernas; lo más perjudicialmente amenazador se encuentra en, precisamente, el contenido de sus conceptos.
De todos los yacimientos arqueológicos mundiales, probablemente las cuevas de Tassili en el desierto del Sahara, alberguen la mayor colección de pinturas “amenazadoramente indescifrables” para la ciencia. Miles y miles de grabados de 15.000 años de existencia revelan escenas atípicas para una población rudimentaria en vías de civilizarse: hombres con casco y antenas, trajes corporales de una sola pieza, figuras humanoides de más de cinco metros de altura, y objetos similares a naves espaciales surcando el firmamento. Ante el asombro, los arqueólogos sólo se limitan a denominar este período artístico de la gente de Tassili como “período de las cabezas redondas”.
En Tanzania, pinturas similares a las de Tassili parecen recordar a las mejores historias de ciencia ficción actual. Desde figuras desproporcionadas sin cara, indumentaria extremadamente inhabitual en la cultura primitiva y escenas de abducción, los retratos de hasta 50.000 años de edad representan un desafío para comprender la historia desde el punto de vista actual. Si las figuras de animales retratadas en Tanzania se presentan en proporciones tan fidedignas a las reales ¿pueden los antiguos artistas haber representado tan desencajadamente todo tipo de artefacto primitivo y proporciones humanas, de modo tal que en la actualidad no podamos más que interpretar todo tipo de escenas futuristas? Respecto a las figuras humanas, la investigadora Mary Leakey afirma que “resulta difícil comprender por qué las dibujan tan altas, a menos que sean seres míticos o tengan algún significado que se nos escapa”. Algunas escenas incluso parecen retratar raptos alienígenas, globos aerostáticos, escaleras y jirafas con collar de domesticación.
Esa extraña gente del pasado
“La A del amuleto triangular de El Castillo (España), en suma, es una A perfectamente homologada y plenamente integrada en el contexto cultural ibérico. Tanto, que podría pasar por una letra de la escritura ibérica..., si no fuera porque es algo así como ¡35.000 años! más vieja que sus modernísimas descendientes”. Jorge Mª Ribero-Meneses, filólogo español.
Afirmar que las primeras letras del alfabeto español comenzaron a desarrollarse 38.500 años antes de nuestra era podría parecer asombroso (o desafiante) si los conceptos antropológicos que actualmente nos rigen no se modificaran paulatinamente con cada nuevo descubrimiento. Sin embargo, afirmar que la humanidad actual proviene de diferentes ciclos de civilizaciones en vez de trogloditas come-carne, es un concepto tan polémico como audaz. Cualquiera sea el caso, las asombrosas pinturas rupestres del Sahara, así como varios de los cientos de emplazamientos prehistóricos del mundo, parecen mostrar un patrón similar: distintos estilos pictóricos en distintas eras cronológicas. Frecuentemente, las pinturas están superpuestas, cada estilo separado por pocos o varios milenios de diferencia. En algunos sitios, pueden hallarse hasta una decena de distintos estilos, que van desde los 50.000 a los 1.500 años de antigüedad. Ante estos curiosos, pero concretos hechos, sólo cabe preguntarse qué tanto conocemos acerca de cómo vivían nuestros ancestros de las cavernas. Si no eran primitivos ¿de dónde venían? Si hace 30.000 años ya sabían tejer tela y vestirse, ¿dónde se encuentra la verdadera prehistoria? Ante el incesante surgimiento de hallazgos modernos que nos obligaron en los últimos 15 años a retrasar el período de subdesarrollo cada vez más, sólo podemos especular y limitarnos a reconstruir paso a paso, el gigantesco y poco entendido rompecabezas que representa nuestro pasado humano.








