El Ikebana nació en China en el siglo VII. Un sacerdote budista fue el iniciador de estas nociones de ikebana que se hacía como ofrenda a los dioses, a Buda, y realizado únicamente por monjes. Actualmente se dedican a ello muchas mujeres, pero en aquella época eran sólo hombres y monjes. Más tarde, llegó a Japón y como siempre, estos introdujeron otros conceptos e hicieron evolucionar este arte a su modo y manera. Actualmente el ikebana en China y en Japón no es lo mismo.
La Gran Época: ¿En qué consiste el ikebana?
Señora de Castelbajac: Ikebana consiste en juntar flores y ramas, en un equilibrio que corresponde a la relación que existe entre el cielo, el hombre y la tierra. Este es el funadamento del ikebana, el triángulo del que se propone hablar sin saber siempre lo que se quiere decir: la rama más alta corresponde a la relación con el cielo, la rama media colocada a 2/3 de la primera corresponde al hombre y la última, más pequeña, colocada a 1/3 de la segunda, corresponde a la tierra. Es la relación entre las tres lo que crea un ikebana, es decir, el arreglo triangular crea en el espíritu de la gente la perfección que buscan. Esta perfección que se intenta obtener, en realidad, jamás la obtenemos porque la perfección no existe. La perfección de la relación entre el cielo, el hombre y la tierra crearía la paz en el mundo, por la que nunca más la gente pelearía…
LGE: Sería como una armonía...
Sra. de C.: Exactamente, una armonía total, es de hecho nuestro objetivo
LGE: ¿El recipiente tiene también importancia?
Sra. de C.: Una importancia inmensa y es uno de nuestros placeres porque nos preguntamos: ¿Qué voy a poner dentro? ¿Cómo voy a arreglarlo? Es evidente que un recipiente alto y redondo no albergará las mismas plantas que uno llano y bajo, llamado moribana, en el cual se pondría muy poca agua y el agua puede compararse a la tierra, es decir, cuando hablo de tres puntos, el agua puede ser el equivalente de la tierra.
LGE: ¿Pueden ser utilizados otros materiales como piedras, por ejemplo?
Sra. de C.: Las escuelas muy antiguas no utilizan otros objetos más que las flores y las ramas. Las piedras siempre han sido utilizadas porque tienen la ventaja de esconder lo que se hace debajo para mantener el conjunto. Pero en nuestra escuela, la escuela Sogetsu, que es una de los más recientes (existe desde el 1929), podemos utilizar lo que queramos: vaso, plexiglas, hierro, porcelana. Es una escuela creada por Sofu Teshigahara, fallecido hace unos años.
Creó una escuela completamente diferente porque no quería las reglas estrictas de las escuelas de las que su padre formaba parte. Luego hubo una guerra, así pues no había tantos materiales para hacer arreglos florales. Incluimos los objetos que encontramos: metal, hierro, madera, pero siempre con flores. Y siempre flores frescas, jamás artificiales. Las ramas pueden estar estropeadas, viejas, secas o tiernas, bellas, verdes o coloreadas, pero siempre están vivas al principio.
LGE: ¿Podemos decir que el practicante de ikebana dialoga con los vegetales?
Sra. de C.: Sí en el sentido de que la persona que crea un ikebana dispondrá de ello con arreglo a su gusto, a la temporada, a los colores. También a partir del recipiente porque da lugar a una elección diferente según su color y su textura. El diálogo con las flores es el mismo que con el de las plantas que tiene en su casa. Usted sabe como se siente una planta, se dice que es necesario hablarle. En el ikebana, podemos decir que las ramas también tienen algo que decir, o sea, usted quiere poner una rama doblada de tal manera, pero esta no siempre quiere.
Se mantiene una relación física y materialmente con la flor. El estado mental en el que se encuentre se reflejará en los arreglos: si está triste será triste y alegre cuando esté alegre. Podemos reconocerlo rápidamente. Pero como suele suceder, es un poco difícil de expresar, es muy personal, es la persona quien hace y arregla las flores con sus manos.
LGE: ¿Practica el ikebana desde hace tiempo?
Sra. de C.: Sí, desde hace 15 años.
LGE: ¿Puede decirnos que es lo que le aporta?
Sra. de C.: Hace 16 años viví un drama muy grande en mi vida y para recuperarme de esta inmensa pérdida, los amigos que practicaban el ikebana me dijeron: ven con nosotros, verás que simpático. Quedé deslumbrada en la medida en que esta relación, esta intimidad con las flores me transformó y me ayudó mucho.
LGE: ¿Da sosiego?
Sra. de C.: Sí. Trabajamos siempre en silencio, porque es el silencio el que hace tener esta relación con las plantas. Tuve una profesora japonesa. Aunque no habla francés, tenía un verdadero talento para hacernos compartir totalmente las emociones que se pueden vivir y todo lo que pasa en Japón, las fiestas en que se hacen arreglos diferentes, según la temporada. No hacemos los mismos trabajos en invierno que en primavera y esto es fundamental a la hora de utilizar una flor de temporada.
LGE: Es una especie de sabiduría, ¿no?
Sra. de C.: Es una sabiduría a la cual se trata de llegar. Al principio siempre tenemos ganas de poner muchas cosas, y de hecho, el aprendizaje del ikebana nos enseña a librarnos de lo que está de más. Cortamos ramas y hojas que aunque sean hermosas, están de más. En relación a nuestra interioridad, a menudo tendemos a tener demasiadas cosas. En el ikebana, aprendemos a desprendernos, a guardar solo el mínimo.
LGE: ¿Se aprende un determinado principio de intemporalidad al desprenderse también del ramo?
Sra. de C.: Es una arte de la imtemporalidad, porque si hago un arreglo y vuelvo esta tarde, habrá una hoja que habrá cambiado de sitio, o una flor que se habrá desprendido. Un arreglo de ikebana es bello en el momento, ahora. No lo hacemos para que dure varias semanas. Por otra parte no dura jamás tanto.
LGE: ¿Les enseña a ser desprendidos también?
Sra. de C.: Queremos que el ikebana sea un arte que pueda ser practicado por todo el mundo. El Maestro de ikebana Teshigahara, que creó la escuela Sogetsu, dijo: «Un ikebana puede ser hecho donde se quiera, por cualquiera, con cualquier material». También con todos sus ritos. No quería que un ikebana fuera practicado por gente escogida. Podemos encontrar un alma, una filosofía profunda, una gran calma con cualquier material.









