Recientemente, en el marco de la decisión del gobierno argentino de restringir y controlar las importaciones desde China, algunos sectores elevaron sus “preocupaciones” por las posibles represalias anunciadas como respuesta por el régimen chino.
“La parte china no comprende ni acepta de ninguna manera el súbito hecho de que la parte argentina haya tomado medidas de restricción sin ninguna notificación previa y presta una grave preocupación a este aspecto. Reserva su derecho de tomar las medidas necesarias”, advirtió la cancillería china.
Poco tiempo después, unos embarques de soja argentina y estadounidense fueron demorados más de lo habitual por las autoridades de cuarentena de China.
Éste es un típico método de intimidación estilo “matón” que le ha posibilitado a la dictadura comunista china obtener logros en su política exterior desde la apertura económica. Pero tales medidas y amenazas del régimen chino no pueden prosperar, porque la realidad de las necesidades económicas de China no las sustentan. Por eso, sólo una visión objetiva de las implicaciones del comercio bilateral y demostrar una resolución firme de Argentina pueden soslayar el “temor” generado por la cancillería china.
China necesita más de Argentina, que Argentina de China
Por un lado, el marco normativo de la Organización Mundial de Comercio (OMC) actúa como un colchón tanto para un lado como para el otro. Para China, acudir a tomar “represalias” por fuera de los compromisos asumidos en la OMC, sería el mayor atentado que pudiera cometer contra sus propios intereses, fuertemente ligados con la imagen que intenta proyectar en el exterior. Por lo tanto, hay que estar claros de que no puede cortar las exportaciones argentinas, y si hubiera limitaciones, éstas no pueden no ser compatibles con el contexto del libre comercio.
Pero más aún, de algo hay que estar seguros: China sería la más perjudicada si redujera las importaciones de soja desde Argentina. Mirándolo más ampliamente, China sería más perjudicada si no prosperara el comercio bilateral.
China se abastece en Argentina de productos primarios, orientados a satisfacer necesidades primarias de la población como la alimentación, o a nutrir el desarrollo económico; en ningún caso cuenta con recursos naturales suficientes para auto-abastecerse. La demanda de China de este tipo de productos vitales para la sustentación de la población y el desarrollo es alta, mientras que la oferta en el mundo es reducida y limitada. Por eso, Argentina, a los ojos de China, es uno de los pocos “oasis” encontrados en la desesperada búsqueda de alimentación y recursos naturales.
Por otro lado, Argentina importa más de 4.000 productos diferentes desde China, de los cuales el 99% son manufacturas de origen industrial. Casi absolutamente ninguno de ellos se dirige a satisfacer necesidades primarias de la población y la oferta de este tipo de productos en todo el mundo es alta. Además, muchos de ellos se fabrican también en Argentina, y los que no, podrían llegar a fabricarse. La única diferencia es que los productos chinos son comparativamente baratos, lo cual tiene su ventaja a corto plazo, que es una leve mayor posibilidad de acceso a ellos, pero también sus desventajas a corto y largo plazo, como lo son la mala calidad –llegando a la toxicidad y peligrosidad de varios productos- y la destrucción o imposibilidad de desarrollo de la industria local.
Otro punto que es necesario diferenciar es la naturaleza de la respuesta del régimen chino. ¿Es esa la respuesta de una nación o una actitud patotera partidaria? La economía china es ultra dependiente de las exportaciones, pero no necesariamente el pueblo chino es el foco de beneficio, sea del proceso o del producto de estas exportaciones (ver nota “El enorme superávit comercial y la economía china, Pág. 4). Lo que sí necesita el gobierno chino para alimentar al pueblo chino es la soja argentina. La actitud de amenazar con “medidas” del régimen dictatorial chino no toma como base los intereses del pueblo chino, sino que es meramente la clásica respuesta patotera de la dictadura comunista, con una intención meramente intimidatoria, en línea con el proyecto económico nacional del Partido Comunista Chino (PCCh), el cual se enfoca en la auto sustentación y apoderamiento del propio régimen a nivel doméstico e internacional.
Por lo tanto, ya que el único sustento que tienen las amenazas del PCCh es su capacidad de intimidación, el mero factor que determina cuán efectivas pueden ser tales amenazas es la debilidad o fortaleza que demuestre Argentina para sostener sus decisiones. Este hecho se ha repetido y ha quedado demostrado en todo el mundo. El PCCh utiliza la apertura de su mercado para manipular las decisiones y posturas, tanto económicas como políticas, especialmente de los países cuya política exterior está dominada por la endeblez, los intereses de pequeños grupos beneficiados y la corrupción de los funcionarios.
Un claro contra-ejemplo de esto es Alemania. Ese país ha demostrado una sólida política exterior guiada por principios éticos, denunciando incluso fuertemente los diversos abusos de derechos humanos en China, a pesar de las comunes advertencias del régimen chino de “no inmiscuirse en asuntos internos” para poder llevar “un comercio sano entre ambos países”. Sin embargo, el comercio bilateral no ha hecho otra cosa que incrementarse constantemente, pues, por un lado China realmente necesita del comercio con Alemania, y por otro, el gobierno alemán ha demostrado a nivel general no ser susceptible a amenazas irrealistas.
Cuando el PCCh ve que la postura de su contraparte es firme y con una base moral indeclinable, éste retrocede, pues ya no cuenta con ningún recurso para intimidar o convencer y debe aceptar y ajustarse a la realidad, que le impone limitaciones por las necesidades de China como Nación.
Cerrar, esclavizar o exigir importaciones “éticas”
Existe una regla que está por encima de las habilidades comerciales y de los intereses de sectores comerciales y cualquier normativa de la OMC, que es: “no hay ganancia sin pérdida; y no hay pérdida sin ganancia”. Si los argentinos nos guiamos por nuestro viejo concepto –off the record- del objetivo del comercio “ser más astutos y salir ganando”, resultaría en las mismas viejas consecuencias, que son: engañarnos a nosotros mismos, intentar beneficiarnos en el corto plazo y, cuando aparecen las pérdidas mayores en el largo plazo, preguntarse, ¿qué pasó?
Entonces, asumiendo que cualquier ganancia implicará una pérdida de igual medida, si decidimos no engañarnos y nos damos cuenta de que el “sólo ganar” no es un criterio realista, ¿qué criterio queda para guiar el comercio? Hacer simplemente, primero y principal, lo que es correcto. Damos por sentado que “lo correcto” está en sintonía con el marco normativo dispuesto por la OMC y en la OIT (Organización Internacional de Trabajo).
Entonces, aplicando el principio recién mencionado y las normas de la OMC y la OIT, ¿qué elementos hay que considerar para evaluar la protección de la industria nacional y la calidad de las importaciones desde China?
1-Respecto de realizar mayores controles de la calidad:
Si la medida de controlar la calidad para asegurar la salud de los consumidores se considera éticamente correcta y está encuadrada en el reglamento de la OMC, hay que aplicarla sin miedo a represalias, pues en caso de haberlas, éstas no pueden apartarse de la OMC y, a largo plazo, tampoco pueden apartarse de la necesidad real de la Nación china. Finalmente el resultado a largo plazo de tales medidas trae un beneficio mutuo, pues éstas conllevan, en definitiva, un mejor cumplimiento de normativas aceptadas y firmadas por ambos países, las cuales están orientadas a desarrollar un comercio sano y justo. Revertir las medidas adoptadas se convertiría en, “bueno, yo soy cómplice en esto, mientras vos seas cómplice de aquello”, que en este caso se traduce en, “bueno, yo importo sin restricciones tus productos peligrosos para la salud e irregularmente baratos acá, si vos volvés a alivianar los controles de la soja allá”. En ambos casos, hay pérdidas y ganancias por igual; la diferencia radica en cuál de las dos decisiones llega a un beneficio mutuo a largo plazo.
2-Con respecto a los bajos precios de los productos chinos importados masivamente que destruyen la industria nacional:
Utilizando esta misma perspectiva, además de los elementos ya planteados por Argentina, que son éticamente correctos y legítimos en la OMC, aparece un elemento clave, que es tanto ético como comercial, hasta ahora no considerado formalmente.
¿Por qué los productos chinos logran ser tanto más baratos que los argentinos y los del resto del mundo? ¿Se asegura que el proceso entero de su manufactura cumpla con las normas de la OIT y la OMS? La respuesta es no.
Existe en China una masa de más de 150 millones de trabajadores indocumentados, la mayor parte campesinos de áreas rurales que emigran a las urbes para trabajar. Los salarios, cuando los hay, y las condiciones de trabajo de todos ellos está lejos de los estándares de la OIT, y una gran porción encuadra en la definición de esclavitud. Según Amnesty International, esta población ascendería a 300 millones en 2015.
Existe además una enorme red de esclavitud infantil. Los niños son secuestrados y forzados a trabajar encerrados en fábricas lejanas a sus hogares. Recientemente, un grupo de padres de una región ha denunciado casos de mil niños en estas condiciones.
Está probado también que en China existen al menos 300 mil trabajadores esclavizados por el gobierno en los “campos de trabajo forzado” o campos de “reeducación mediante el trabajo”, muchos de los cuales son presos de conciencia. Esta fuerza laboral gratuita produce una variada gama de productos. Existen numerosos ejemplos de productos de este origen vendidos al extranjero.
Si productos elaborados sin o prácticamente sin costo salarial llegan a mercados donde los precios de la competencia (en este caso la industria nacional argentina) incluyen el costo salarial, a esta última, imposibilitada de competir, le quedan pocas alternativas:
1-cerrar
2-esclavizar de igual manera para poder competir
3- restringir las importaciones
O sea, en este sentido, la aceptación de productos importados bajo este tipo de “manufactura asalariada” es perjudicial tanto para el pueblo del país destinatario, porque obliga a esclavizar o a cerrar, como para el pueblo victimizado del país de origen, porque se nutre tal tipo de condición.
Éste es el verdadero meollo de la competencia desleal de los productos importados de China. Establecer restricciones desde una perspectiva ética, orientadas a asegurar que las condiciones competitivas y laborales del producto de origen cumplen con los estándares de la OMC y la OIT, sería incuestionable por la opinión pública nacional, sería alabada por la comunidad internacional y agradecida por el pueblo chino. La única condición necesaria es sostener abiertamente la ética y una convicción moral sólida a la hora de establecer y afirmar las políticas fomentadoras de la industria nacional, sin miedo a “represalias” del régimen dictatorial chino.


