Un equipo de investigadores alemanes ha hecho nuevos descubrimientos sobre el almacenamiento y el tránsito de las grasas en la mosca del vinagre.
La conservación de un nivel apropiado de grasa en el organismo es esencial para la supervivencia. En efecto, un almacenamiento insuficiente de grasa provoca un riesgo de inanición en un período de carencia, mientras que un exceso de grasa puede provocar riesgo de enfermedades, como las cardiovasculares, la diabetes de tipo 2 y el cáncer. Los mecanismos que regulan el almacenamiento y la liberación de las reservas de lípidos son poco conocidos.
En un estudio previo, Ronald Kühnlein y sus colegas del instituto Max Planck de química biofísica, observaron cómo la mosca del vinagre organiza sus reservas de grasa. Al igual que los mamíferos, la acumula en forma de gotitas en las células de un tejido específico para su conservación.
“La composición química de esta grasa almacenada es idéntica en ambos especimenes”, declara el profesor Kühnlein. “Se trata en ambos casos de un triglicérido”.
No basta, sin embargo, con poder conservar la grasa, es también indispensable poder acceder a ella y utilizarla en caso de necesidad. El proceso de “movilización” es el objeto de este nuevo estudio.
“Cuando la grasa se metaboliza, hacen falta fermentos lípidos para dicho proceso: la lipasa de Brummer en los insectos y la lipasa del triglicérido adiposo en los mamíferos”, explica el profesor Kühnlein.
Los investigadores estudiaron moscas que no podían producir correctamente la enzima de la lipasa de Brummer, así como aquellas en las que el receptor de la hormona adipocinética era defectuoso. Este receptor acelera una vía de señalización que acaba en la movilización de las reservas de grasa. Todas las moscas fueron, primero alimentadas y posteriormente se las privó completamente de alimentos con el fin de observar cómo movilizaban sus reservas de grasa.
Las moscas que carecían de uno de estos genes eran más gordas que las moscas normales. A pesar de su facultad limitada para movilizar sus reservas de grasa, sobrevivieron no obstante más tiempo a la privación de alimento.
Las moscas en las que ambos genes eran defectuosos se volvieron cuatro veces más gordas que las moscas normales y acumularon excesivas gotitas de grasa en las células adiposas de su organismo. Sin embargo, cuando se les retiró el alimento, estas moscas murieron rápidamente de hambre.
“No pudieron acceder a sus reservas de lípidos”, comenta el profesor Kühnlein. “Esto significa que existen dos mecanismos de movilización de la grasa en la mosca. Si ambos mecanismos están bloqueados, las moscas privadas de alimento no tardan en perecer a pesar de su masa lipídica; no pueden, en efecto, acceder a las reservas de grasa”.
Estas moscas podían en cambio acceder a sus reservas de glúcidos y aprovecharlas, lo que atestigua que las variaciones de lipasa de Brummer y de la hormona adipocinética únicamente se destinan al acceso de reservas de grasa y no a otras fuentes de energía del organismo.
La próxima etapa de los investigadores consiste en comprender las interacciones entre las vías de señalización de la lipasa de Brummer y de la hormona adipocinética, así como identificar otros genes que desempeñan un papel en el almacenamiento y la movilización de la grasa. Esto también aplicaría sobre los mecanismos que participan en el ser humano, ya que nosotros estamos dotados asimismo de receptores similares a los de la hormona adipocinética de la mosca que interviene en el metabolismo de los lípidos.
Aunque este estudio está en su más temprana etapa (experimental) es posible que pueda aportar una comprensión aplicable a los problemas relacionados con la obesidad, enfermedad que hoy es padecida por un alto porcentaje de la población mundial.









