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Un día del niño sin “Made in China”

La detección de millones de juguetes tóxicos obliga a observar el peligroso mar de las importaciones chinas. ¿Se puede confiar en resto de los productos de ese origen? ¿Hay posibilidades reales de garantizar su seguridad?


La Gran Época
19.08.2007 15:50


Los juguetes fabricados en China inundan el 70 % del mercado de juguetes del mundo. (Teh Eng Koon/AFP/Getty Images)

La reciente retirada del mercado de aproximadamente un millón y medio de juguetes importados de China por Fisher-Price, por estar contaminados con altos niveles de plomo, alarmó a padres y madres de todo el mundo.

La investigación realizada demostró que al menos 83 productos contienen esta sustancia altamente peligrosa para la salud de los niños, que puede causar serios problemas de salud al ingerirse, e incluso puede causar daños cerebrales.

La lista de los juguetes incluye: los varios personajes del programa infantil de televisión Plaza Sésamo, los juguetes Cañón de agua, El teléfono, Diego aventuras de animales, El supermercado, El castillo, los personajes inspirados en el dibujo animado Dora la Exploradora, entre otros.

Los países afectados hasta ahora son Argentina, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, México, Irlanda, Australia, España, Francia y Portugal.

Ahora, Fisher-Price es una empresa grande, internacional, que da alta importancia a su reputación y que ha actuado responsablemente. Si los juegues importados de China por Fisher-Price -que es una empresa con altos niveles de control- estaban contaminados, ¿Qué ocurre entonces con los millones de juguetes importados de China por importadores más pequeños, que inundan el 70 % del mercado de juguetes del mundo?

Hasta ahora, pareciera que el foco de atención se ha anclado en esta gran empresa. ¿Cuántos otros Made in China con altas posibilidades de estar contaminados hay en las jugueterías? ¿Puede uno quedarse tranquilo por haberse identificado tan sólo una camada de juguetes tóxicos y que las jugueterías acepten devoluciones? La respuesta claramente es no.

Lejos de la raíz del problema

Los productos de un país no sólo llevan consigo los procesos de producción estándar del país, sino también muchos otros factores sociales y culturales. Por ejemplo, los precios de diversas mercancías sirven como herramienta para medir la fuerza laboral, los salarios y el sistema de beneficios del país. Asimismo, la calidad de los productos puede reflejar la ética comercial y el orden moral del país de origen, así como la infraestructura y el rigor de la ley en el mismo.

Cuando abundan productos contaminados, como el caso de juguetes, que ponen en riesgo la salud de millones de niños en todo el mundo, se percibe la carencia de moral en cualquier orden aplicable. Pero no se limita a este producto. Los juguetes se suman a una larga lista de productos venenosos importados desde China, que incluye: un jarabe para la tos que causó cerca de 300 muertes en Panamá, alimentos para mascotas que causaron miles de muertes en EE.UU. y Canadá, pastas de dientes tóxicas, y la lista es demasiado, demasiado larga. Para hacerse una idea, casi el 50% de los productos marcados como “peligrosos” por la Unión Europea son de origen chino.

Es ilógico pretender que los millares de productos Made in China sean inspeccionados. Incluso dentro de EE.UU. se siguen detectando de estos productos, como por ejemplo una gran camada de neumáticos peligrosos que fueron sacados del mercado en los últimos días.

También es ilógico pretender que de repente empiecen a llegar de China productos seguros y de buena calidad, pues el problema tiene una raíz mucho más profunda que simples costumbres o normas industriales.

El pueblo chino, que históricamente estuvo dotado de elevados estándares morales sostenidos por una sólida base de creencias y tradiciones, ha sufrido en los últimos sesenta años una desvalorización progresiva hasta límites insospechables, forzada por el adoctrinamiento de la dictadura comunista desde el poder. Todas las creencias que sostenían la moral fueron sometidas violentamente con la imposición del ateísmo; los valores tradiciones fueron reemplazados con los argumentos de la “revolución” en los años cuarenta y cincuenta. Pero el pico de la desvalorización del pueblo chino fue en los años ’60 durante la “Gran Revolución Cultural”, en la cual el régimen comunista empujó a alumnos a golpear y apedrear a sus maestros que no demostraban “cualidades revolucionarias”, a hijos a acusar a sus padres, etc. Y en los ’80, pero especialmente los ’90, después de la Masacre de Tiananmen, llegó el broche de oro: para enfocar la atención del pueblo llegó la apertura económica, junto con la nueva posibilidad, desconocida por muchos, de ganar dinero por cuenta propia.

Pero claro, la moral tradicional china ha sido sepultada, y las restricciones de las libertades se ha mantenido igual o peor, sólo que ahora la gente puede hacer algo: ganar dinero. Así que, de no poder pensar en nada libremente, ahora se puede pensar en algo, que es ganar dinero a toda costa, ganar, ahorrar y comprar y volver a ganar; eso está permitido. El problema es que por efecto de la historia de China de los últimos 60 años, ya no existe ninguna moral, ni principio ético ni valor tradicional que pudiera guiar el comportamiento dirigido a este único fin significativo que hoy es permitido en la dictadura comunista en China, que es “ganar dinero”.

Este es justamente el meollo del problema y es un punto difícil de diferenciar desde otras partes del mundo, donde habitualmente se cree que “lo mismo ocurre en todos lados”.

Además, la sociedad en China carece de medios regulados para investigar o castigar a aquellos que cometen cualquier tipo de actos inescrupulosos, o, cuando los hay, suelen ser meramente pantallas y no se aplican en absoluto, con la excepción de aquellos asuntos que afectan los intereses del régimen. En China actualmente no existe el rigor de la ley, sino el rigor del Partido Comunista Chino (PCCh). Es un claro ejemplo de esto el arresto y la sentencia de muerte del director de la Administración Estatal de Alimentación y Fármacos de China por casos de corrupción, inmediatamente después de que la comunidad internacional comenzara a protestar públicamente por los alimentos contaminados importados de China. El PCCh actuó –a su manera tradicional- sobre una situación que no es nueva ni poco conocida, sólo cuando sus intereses fueron tocados.

Por lo tanto, no hay que esperar una solución de fondo, pues la raíz del problema está en que tras el manto de rigidez del Partido Comunista y la pantalla de la industrialización del crecimiento económico, el orden social en China ha colapsado junto con el declive de la moralidad, así que los productos exportados llevarán inevitablemente las cualidades de su lugar de origen.