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Acerca de lo justo y lo injusto

Vivir los sufrimientos con alegría trajo a un niño enormes recompensas


Adaptado por Alejandra y Alberto Peralta - La Gran Época
10.07.2007 05:17


Bao Zheng

Hay una historia tradicional china muy popular sobre un niño muy pobre que vivió en la Dinastía Song del Norte (años 960-1127); como era huérfano e inválido, dependía de la limosna y la ayuda de los demás aldeanos para sobrevivir.

Frente a la aldea había un río sin puente. Cada día los aldeanos necesitaban cruzar el río y atravesar el agua para recoger leña o cultivar la tierra en el otro lado, lo cual era un inconveniente para ellos, y especialmente difícil para los mayores. En estaciones de lluvias, el río a menudo era imposible de cruzar.

Los aldeanos se acostumbraron a vivir de este modo y año tras año nadie hizo nada por cambiar la situación; pero un día los habitantes de la aldea encontraron al niño inválido amontonando piedras a la orilla del río, ellos le preguntaron qué estaba haciendo y la inesperada respuesta fue que quería construir un puente de piedras así la gente del pueblo podría cruzar el río con más facilidad. Ninguno lo tomó en serio y al principio muchos se rieron de su sueño.

Cada día, buscaba rocas y las apilaba a la orilla del río y, pasado el tiempo, los aldeanos notaron que la pila de rocas había crecido hasta convertirse en una pequeña montaña. Conmovidos por la persistencia del niño, cambiaron de opinión y decidieron unírsele para recoger piedras.

En poco tiempo, la pila de rocas se hizo tan grande que los aldeanos llamaron a un constructor de puentes para que construyera un puente de piedra.

El niño pasaba todo su día ayudando en todo lo que podía con la construcción del puente. Cuando éste estuvo a punto de ser terminado, un accidente ocurrió al extraer las rocas y el pequeño se lastimó seriamente; sobrevivió pero quedó ciego. Los habitantes lo sintieron mucho, y culparon al Cielo por dejar que este pobre niño con tan buen corazón tuviera que pasar tal tragedia. Pero el niño no se quejaba y seguía acudiendo al lugar de la construcción, ayudando en silencio con lo que podía. Con el esfuerzo de todos, finalmente el puente se terminó.

Cuando los aldeanos celebraron la apertura del puente, todos se sentían tristes por el niño, que aunque era pobre, lisiado, ciego y huérfano, él lo había inspirado todo. En cambio, el pequeño no se sentía triste, sonreía ampliamente demostrando felicidad genuina por los aldeanos.

Inesperadamente, una tormenta se desarrolló como si fuese a refrescar el nuevo puente y limpiarlo del polvo y la suciedad; pero después de un trueno ensordecedor, los aldeanos quedaron perplejos al descubrir que el pequeño había muerto tras ser alcanzado por un rayo. Todos lloraron y no podían entender por qué el Cielo había sido tan injusto y cruel con un niño tan bueno.

Bao Zheng, un magistrado muy respetado y juez imperial, estaba de paso por la región. Todos los aldeanos acudieron a él y se quejaron de la injusticia con respecto al niño. Ellos le preguntaron, “¿Por qué el Cielo es tan injusto? ¿Por qué las buenas personas no son recompensadas como corresponde? De esta forma, ¿cómo querrán las personas ser buenas en el futuro?” El magistrado Bao no pudo contestar y, afectado por las emociones de los aldeanos, escribió una declaración, “No hagan ningún mal, no hagan ningún bien” y se fue.

Después de volver al palacio, Bao Zheng informó sobre el viaje al emperador pero omitió el incidente. Aunque estaba perplejo por el hecho de que el buen niño hubiera tropezado con tanta tragedia, se sentía inquieto por haber escrito aquellas palabras.

El emperador requirió verlo en privado porque la noche anterior había nacido su nuevo hijo. El pequeño príncipe era muy lindo, pero por alguna razón no paraba de llorar en todo el día. El emperador quería que Bao indagara sobre cuál podría ser el problema. Bao quedó maravillado por la piel blanca y suave del pequeño príncipe, pero en su delicada mano se sorprendió al ver una hilera de palabras: “No hagan ningún mal, no hagan ningún bien”, precisamente las palabras que él había escrito al oír la historia del niño de la aldea. Quedó azorado, e intentó apresuradamente limpiar esas palabras de la mano del recién nacido. De forma extraña, las palabras desaparecieron inmediatamente.

Extrañado al ver que la marca de nacimiento en la mano del príncipe había desaparecido, el emperador temió que Bao hubiese borrado el signo de buena fortuna de su hijo y le pidió explicaciones.

Bao entonces contó al emperador la historia del pequeño aldeano y aquellas palabras que en esa ocasión escribió y que tanta incomodidad le provocaron, y que ahora aparecían en la mano del niño. El emperador sintió que el asunto era muy peculiar y le ordenó a Bao que hiciera un viaje al mundo de los fantasmas para averiguar exactamente lo que había ocurrido.

Bao se recostó en la cama descansando su cabeza en la almohada de “tierra e infierno” y viajó al mundo de los fantasmas. Ahí encontró que en una vida anterior el niño fue un terrible delincuente y cometió espantosos crímenes, su alma había cometido grandes pecados y originalmente los dioses hicieron preparativos para que él pagase todo el karma acumulado en tres tiempos de vida: en la primera vida sería pobre, huérfano y lisiado; en la segunda sería ciego; y en la tercer reencarnación sería alcanzado y muerto por un rayo.

El niño nació pobre y lisiado, pero decidió ser una persona buena y siempre tratar de ayudar a los demás, por esto los dioses resolvieron acortar su tiempo de pago en dos cursos de vida y lo dejaron ciego. El pequeño todavía no se quejaba y continuó pensando en otros primero. Los dioses entonces redujeron su tiempo de pago a una sola vida, e hicieron que sea alcanzado por un rayo.

El rey del mundo subterráneo preguntó al magistrado Bao, “¿No piensa usted que es una buena cosa pagar el karma de tres vidas en sólo una? Debido a que sólo hizo obras buenas y siempre quiso ayudar a otras personas sin preocuparse nunca por sí mismo, acumuló una gran cantidad de virtud y por eso reencarnó en un príncipe inmediatamente después de su muerte”.

Al magistrado Bao se le mostró un nuevo sentido de justicia que, aunque no podía comprender del todo, de una cosa estaba seguro: ahora podría dar al emperador una buena explicación.

Esta vieja historia nos enseña que por no comprender la verdadera naturaleza de las cosas nos pasamos anhelando una vida buena y cómoda, y aunque esto parezca justo, en el proceso muchas veces peleamos y perjudicamos a los demás, acumulando deudas que más tarde tendremos que pagar.