“Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto”. Albert Einstein
"Aunque parezca difícil, el evolucionista honestamente se ve compelido a admitir que no hay prueba absoluta de la evolución orgánica". Horatio H. Newman, evolucionista y pionero en genética humana.
Caracoles zurdos y otras preguntas sin respuesta
Los caracoles zurdos marinos es una de las tantas rarezas con las que nos deleita la naturaleza. Al contrario que sus hermanos diestros, los caracoles zurdos presentan una leve mutación que provoca que la espiral de su concha, se encuentre invertida. Esta característica, provoca que el “abrelatas” de su más fiero victimario, el cangrejo, pierda su utilidad y no pueda hacer uso de la maña para darse un manjar de lujo. Naturalmente, según la metódica matemática evolucionista, esta inversión en el dibujo de su concha desembocaría en el gradual predominio numérico de los caracoles zurdos, mientras que el factor ambiental (cangrejos hambrientos) se ocuparía, naturalmente, del ocaso de la especie diestra. Sin embargo, en la práctica, los caracoles zurdos aún constituyen menos del 5 por ciento de los especímenes de caracoles. Su número no se ha incrementado a lo largo de los años y, enigmáticamente, la “evolución” de una especie a otra no tiene lugar.
Los trilobites, uno de los fósiles más representativos de la paleontología, declinaron en número hacia finales del Pérmico. Su relativamente rápida extinción había constituido un misterio para los científicos hasta hace pocos años. Las investigaciones concluyeron en que la clave para comprender el final delos trilobites, residía en la gran cantidad de veces que estos no lograban liberarse de su cáscara, la cual mudaban cada cierto tiempo durante el crecimiento. Irónicamente hablando, la exo-coraza que los protegía los convertía muchas veces en prisioneros de sus cuerpos, cuando la rajadura de escape no terminaba de partirse. Pero el inevitable fin de los trilobites, así como el de muchas especies en la prehistoria, trae aparejado otro enigma ineludible: ¿Cómo es que, sin inferencia del parámetro ambiental pujante, el mismo factor que llevó a la perdición de la especie haya dejado que ésta proliferase libremente en un principio?
Estos enigmas, sólo representan un muy breve panorama del tópico evolucionista, y no constituyen la única piedra en el camino de la “Teoría Sintética de la Evolución”. Más bien en cada área (genética, paleontológica y teórica) la evolución se ha visto no sólo abrumada de refutaciones, sino situada en ocasiones en una actitud incómoda y hasta sumamente “imaginativa”.
Mutación y selección natural: motores hipotéticos de un Dios sin nombre
Basta con mencionar los últimos avances en la investigación del denominado “ADN chatarra”, el cual se presumía como la evidencia clara de los diferentes estadíos cursados por la especie humana, para caer en cuenta que las más evidentes deducciones son también proclives a tambalear en cuanto se realiza un estudio un poco más exhaustivo. Esto representa de por sí un dilema, el cual encierra un enigma tan dificultoso de aclarar, que hasta hoy no es posible dejarse tentar por la idea de que la molécula de ácido desoxirribonucleico surgió en algún instante de la Tierra primitiva, de la noche a la mañana.
Inclusive la “evidencia” de que todas las criaturas sobre el planeta comparten el mismo código celular para dirigir al organismo, ha sido descartada como argumento capaz de justificar la descendencia de todas las especies a partir de una unidad primigenia.
En cuanto a los procesos de mutación y selección natural, materia prima y motor de la evolución según la teoría sintética, han demostrado también una multitud de aspilleras muy difíciles de explicar por los científicos partidarios. Como punto principal, la inmensa mayoría de las mutaciones son de carácter neutro o negativo en el desempeño del organismo. Sólo una de cada mil tiene la posibilidad de ser exitosa. Según C. H. Waddington, profesor de genética animal de la Universidad de Edimburgo "una mutación ocurre rara vez, tal vez una en un millón de animales o una vez en un millón de periodos de vida". La idea se ve aún mas fortalecida, si se toma en cuenta al profesor de Antropología de la Universidad de Pittsburg, Jeffrey H. Schwartz, cuando afirma que las células poseen un ejército de proteínas resistentes a las mutaciones, lo que transforma a este “engranaje evolutivo” necesario para sustentar a la teoría, como altamente improbable. De modo que, si un cambio real ocurriera en las especies, este debería ser a pasos considerablemente grandes, más que a pequeñas mutaciones. Esta idea se ve acoplada a las investigaciones recientes que demuestran que para que ocurra una verdadera “purificación” de la especie,, los cambios ambientales sobre la especie deberían actuar en forma extrema. De hecho, la supervivencia de sólo unos pocos individuos de la “vieja” población, la no mutada, influiría sobre la descendencia de los más capacitados dando lugar a un fenómeno denominado genéticamente como “tendencia a la media”. Es decir, que si en una población de h. sapiens africanos, existiera la posibilidad de que una mujer dotada de una excepcional claridad en el tono de su piel se cruzase con un hombre negro de raza pura, la descendencia de ambos no necesariamente sería de un oscuro “café con leche”. Según las observaciones empíricas, en el supuesto e improbable caso que la descendencia no fuese igualmente de negra como su padre (gen dominante), los caracteres “mutados” de las generaciones sucesivas, se verían genéticamente diluidos en la cruza con otros individuos de la población inicial. El aislamiento total del individuo mutado significaría un inmediato cortafuego para la posible descendencia del gen mutante. Es decir, que, si la estadísticamente complicada posibilidad de que una mutación exitosa entre especies hubiese tenido lugar en la historia, aún nos restaría aclarar como es posible que este hecho haya ocurrido tan aceitadamente en millones y millones de oportunidades, hasta dar lugar a las millones y millones de especies animales acuáticas, terrestres y aéreas, insectos, árboles, arbustos, tubérculos, algas, etc.
La “colita del mono” y otros órganos vestigio
Hasta no hace pocos años, los biólogos evolucionistas deducían que muchos órganos sin función aparente en el ser humano, debían ser “vestigios” evolutivos. Cargas sin sentido que en un pasado remoto hubieran servido a la especie, pero que en la actualidad serían totalmente inútiles. En un principio, esta lista de órganos vestigiales rondaba los 180. Pero con el paso de los años, al encontrársele funciones respectivas a cada uno de los órganos, esta lista fue declinando gravemente. En la actualidad, no existe ninguno de los anteriores órganos que no hayan sido identificados como útiles para el hombre. Inclusive el cóccix, el cual se suponía como el vestigio de una cola simiesca, se ha revelado como un punto de inserción para los músculos perineales, un área de apoyo para los glúteos, y un sostén de la cavidad pélvica, entre otras funciones. El mismo caso se aplica al conocido apéndice, al cual actualmente se le atribuyen funciones de carácter inmunitario, o a la glándula tiroidea, directora de todo el metabolismo corporal.
De la rótula al esqueleto: un camino sumamente hipotético
Desde el siglo pasado hasta el presente, la paleontología ha ganado la dicha de desenterrar gran cantidad de kilos de evidencia fósil. El registro sobre el pasado remoto de las especies se vio ensanchado año tras año, enriqueciendo la cultura de la búsqueda hacia los orígenes y los cambios de toda la flora y fauna planetaria. No obstante, ante un análisis imparcial de las evidencias halladas, las llamadas “cadenas evolutivas” de las diferentes especies, no parecen alejarse mucho de una simple teorización llevada a cabo por los científicos darwinistas.
El primer gran inconveniente ha sido apartar los preconceptos evolucionistas y considerar a cada registro como una pieza única y probablemente inconexa con especies anteriores o posteriores en el tiempo. Este hecho parece haber sumido a muchos investigadores en una carrera de locos para intentar relacionar a una especie con otra. El resultado, expresado por el paleontólogo Tim D. White, aparenta resumir la situación en la que los paleontólogos se encuentran: “Los espacios en blanco (de la cadena evolutiva) no se llenan completamente; tu llenas uno grande y creas dos pequeños".
El producto de esta corriente de pensamiento ha llevado a la sociedad entera a asumir conceptos no comprobados, como verdades absolutas: las aves descienden de los reptiles; el humano desciende del “hombre mono”, etc.
Otro punto a tomar en cuenta, es que para ignorancia de la mayor parte de los legos en la materia, los registros fósiles de las especies prehistóricas reconstruidas, constituyen algunas escasas piezas óseas, tales como muelas, fragmentos de cráneo, rótulas, costillas, etc. Incluso el aspecto externo y órganos blandos de estos animales son reconstruidos a partir de estos pocos fragmentos. Tal como Stephen Gould, geólogo evolucionista de Harvard, propone: “La rareza extrema de las formas transicionales en el registro fósil persiste como secreto de oficio de la paleontología. Los árboles evolucionistas que adornan nuestros libros de texto tienen información sólo de la punta y los nodos de sus ramas; el resto es inferencia, quizás razonable, más no la evidencia de fósiles”. De hecho, el mismo Charles Darwin confesó que su teoría carecía de evidencia fósil sustentable, y no se hubiera permitido ilustrar su libro a partir de engaños artísticos.
Quizá uno de los resultados más populares sea la típica cadena evolutiva homínida, representada generalmente por un pequeño “monito” que va adquiriendo tamaño y posición erecta, para culminar en un respetable y derecho “homo sapiens” de piel clara. Es notable observar cómo los artistas de la evolución parecían “conocer” el color de piel, pelaje y rasgos superficiales de los distintos homínidos. De hecho, el conocimiento no es tal, sino simplemente el uso de un recurso artístico, con el fin de crear la sensación de transición gradual de una especie hacia otra. En realidad, el aspecto superficial definitivo de cada especie siempre ha permanecido como un parámetro imposible de dilucidar para los antropólogos.
En pos de realizar una ciencia más madura, basada en la observación y experimentación imparcial de los cambios y fenómenos del cuerpo cósmico entero, construyendo paso a paso una disciplina abierta, una ciencia de rigor, y con la valentía de derrumbar cualquier vieja teoría preestablecida (como lo hiciera Copérnico en su tiempo con el geocentrismo; como lo hiciera Einstein en su momento con la teoría gravitatoria de Newton), de esta manera y sólo de esta manera, ganarán los hombres de ciencia la esperanza de encaminarse hacia la verdad misma que encierra nuestro maravilloso universo.









