“Cuanto más sabemos, con más detalle queremos analizar los procesos del cambio, y por tanto aparecen nuevos vacíos en el conocimiento”
J. Bertranpetit, experto en ADN antiguo y profesor de la Universidad “Pompeu Fabra”, Barcelona.
Kenia, África, marzo del 2001:
En la costa occidental del lago Turkana, el matrimonio Leakey y colegas trabajan dedicadamente al calor del continente negro, sobre un estrato de suelo fechado entre 3,2 y 3,5 millones de años de antigüedad. Tras días de investigación, en un momento dado, el toque justo y predestinado de una de las herramientas sobre la tierra tiene la fortuna de despertar de su sueño milenario al actualmente célebre Kenyanthropus platyops; el “hombre de cara chata”, una vez más, abre sus ojos para contemplar el mundo.
“Cara chata” y el Hombre de Tianyuan: dos invitados para aguar la fiesta
Un descubrimiento arqueológico representa, sin lugar a dudas, un motivo de celebración. Y así lo fue en aquel marzo de 2001 para el matrimonio de investigadores Leakey y, probablemente en su momento, para los descubridores del reciente hombre de Tianyuan. No obstante, lamentablemente, ambos casos constituyen en la actualidad una pequeña gran “espinilla” en la horma premoldeada de la teoría evolucionista moderna. En poco menos de siete años, este dúo de “forajidos” de la evolución, podría convertirse, para las teorías antropológicas más aceptadas hasta el momento, en algo así como “los aguafiestas”, en palabras del propio Richard Leakey, al hacer referencia al objeto de su hallazgo.
La “precocción” que dificultosamente había logrado la teoría del “Out of África” (Desde África) año tras año durante el siglo pasado, parece haber sufrido tantos contratiempos durante los primeros del presente, que no sólo la teoría, sino la evolución homínida entera, se vio obligada a reestructurarse para poder permanecer más o menos acorde a la ya establecida “línea de ascendencia” de la especie humana. Desde el descubrimiento del “Hombre del Milenio” en octubre de 2000, pasando por el “Hombre de cara chata” y el “Hombre de Chad” (2001 y 2002), y concluyendo con el hallazgo chino del “Hombre de Tianyuan”, revelado en abril de 2007, las teorías antropológicas preexistentes agregaron no sólo un mejor registro fósil a sus actas, sino también nuevos interrogantes, cada uno más interesante y profundo que otro. El resultado: el hombre de cara chata continúa hasta hoy como un eslabón aparentemente inconexo dentro del gran arbusto evolutivo; el hombre de Chad, cuya jerarquía lo sitúa según los científicos como el primero de los homínidos, obligó a dudar de las verdaderas rutas migratorias realizadas por nuestros “antepasados”, y el hombre de Tianyuan, mitad homo sapiens, mitad hombre primitivo, representa un verdadero gran dilema para la teoría más generalizada hasta el presente (Out of África). Sólo mencionar al nuevo pero popular homo floresiensis, el pequeño “Hombre Hobbit” descubierto en el otoño de 2003 en una cueva de Indonesia, sería terminar de pincelar el verdadero esquema de la incertidumbre en la cual se hallan sumidos los presentes hombres de ciencia al intentar componer un mapa genealógico, carente en apariencia de ramificaciones tangibles.
La situación actual probablemente no podría ser mejor expresada que en las palabras del antropólogo francés Jean Chalin: “imaginando que nos lanzamos en una operación para recomponer un rompecabezas de más de un millón de piezas, de las que tan sólo poseemos entre 150 y 200, y que además ignoramos los detalles del dibujo final (para el cual sólo disponemos de algunos puntos de referencia) (...) tal es el objetivo de los paleontólogos”
La justa medida de la evolución
“La evolución no es una teoría, es un hecho”. Con estas palabras sentenciaba en 1980 el prestigioso astrónomo y divulgador científico Carl Sagan a un conjunto de conocimientos y calibraciones teóricas iniciadas y recopiladas durante ciento veinte años, desde que Charles Darwin las hubiera propuesto en su célebre obra “El origen del las especies”. En realidad, cuando Darwin propuso a la selección natural como mecanismo de la evolución de las especies, sus escritos y declaraciones se encontraban en medio de una gran vacilación. No sucedió sino hasta la última mitad del siglo pasado que la teoría evolutiva de las especies comenzó a ganar un terreno infranqueable, sustentada por las pruebas realizadas en el campo de la biología, y más que nada de la genética. Gracias a los estudios de última generación, la ciencia no sólo ha logrado realizar un seguimiento de verdaderos mecanismo de selección artificial de las especies durante la historia contemporánea, sino que incluso ha observado pequeñas mutaciones naturales y logrado “desencriptar” y comparar la similitud entre el ADN de la especia humana, y distintas especies de primates y otros animales.
Negar que la muerte de un individuo no competente imposibilita su legado genético, y que constantemente se engendran individuos más o menos adaptados a los diversos ambientes, sería igual a negar las bases mismas de la observación empírica. Pero de aquí a dar por sentada la eficacia de la selección natural como motor ancestral para llevar a cabo el proceso de diversificación de las especies a partir de un solo ADN sería desvirtuar el fundamento de la ciencia de brindar conclusiones coherentes, a utilizarla con el peligroso fin de establecer verdades absolutas. Las polémicas suscitadas entre las corrientes creacionistas y evolucionistas durante las últimas décadas (y en particular en los últimos años), han evidenciado constantemente la degeneración triste de una teoría apta para la evaluación científica en una facción religiosa más, cuyo objetivo muta de estudiar las bases teóricas establecidas a agredir de formas inmaduras a sus oponentes no científicos. El rigor de la investigación aún no nos autoriza, ni por cerca, a soltar afirmaciones de un carácter tan tajante, más si se tienen en cuenta los diversos interrogantes que se han debido superar en el último tiempo para explicar de manera más o menos racional cómo actúan los mecanismos evolutivos. Un ejemplo de ello es que, según la teoría evolutiva, un factor fundamental para la supervivencia y mutación de una especie cualquiera es el principio de “la supervivencia del más apto”; pero según estudios recientes realizados por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) de Francia, la presión selectiva natural para que un cambio de esta naturaleza tenga lugar debería ser prácticamente “extrema”. Caso contrario, los débiles de la especie también deberían sobrevivir, contrarrestando así totalmente el principio de evolución hacia formas más aptas al medio. Además, de ser necesaria una gran fuerza de empuje para que un cambio real se produzca, los pequeños cambios, beneficiosos pero secundarios para la especie (tales como el pelaje de las cejas o control de esfínteres en humanos), nunca podrían tener lugar debido a que no son indispensables para la supervivencia del individuo. Cabe entonces replantear si nuestros actuales experimentos de laboratorio pueden ser tomados como una prueba contundente del motor evolutivo, o si los resultados de las pruebas de selección artificial deberían contar como un caso meramente obvio de empuje externo.
Macacos parlanchines y monos cazadores. ¿Futuras vías de hominización?
La observación de un grupo de primates senegaleses empleando lanzas para cazar a otras especies animales, así como estudios realizados sobre comportamiento de macacos y cercopitecos de nariz blanca que parecen usar formas de lenguaje rudimentario para comunicarse entre sí, ha despertado en las semanas previas la atención de la comunidad científica entera para dilucidar si estamos ante comportamientos animales básicos o una prueba más de nuestros teóricos orígenes “simiescos”. Pero, según la opinión de muchos científicos, todos estos casos no representan de ningún modo una tendencia evolutiva de las especies hacia el uso de la razón. La postura de rigor en la ciencia, como siempre, parece poseer siempre un marcado grado de ambigüedad. Nuestro hipotético pasado africano pudo y a la vez pudo no haber sido; la inteligencia humana pudo haber sido causada por el incremento de fósforo en la dieta, o por gracia divina. Cualquiera fuera el caso, no existen pruebas contundentes de ninguna naturaleza que permitan afirmar uno u otro hecho. Negar cualquier razonamiento posible supondría una estrechez de miras en el camino hacia la búsqueda de la verdad.
Sin embargo, sí existen serios baches a zanjar en la exposición evolucionista homínida, escuetamente modificada desde que fuera propuesta por Darwin y Wallace en el siglo XIX. ¿Qué papel juega el hombre de Tianyuan en el “origen” del homo sapiens? ¿Cómo se explica evolutivamente el sentido de la moral y el altruismo? ¿Representan Australopithecus, Toumai o Didika los “eslabones perdidos” de la cadena o meramente especies diferentes? ¿Por qué el caracol zurdo no proliferó sobre su hermano diestro? Los pequeños vacíos de la teoría darwiniana quizás signifiquen, en realidad, monstruosas fallas que aprendimos a obviar durante años. Quizás con la esperanza puesta en resolverlas en un futuro no muy lejano; quizás en pos de sostener un modo sistemático de pensar, capaz de explicarlo “casi” todo.









