Los antiguos creían en la armonía entre los hombres, en que los diferentes fenómenos celestiales estaban relacionados desde arriba hasta abajo, y sincronizados. Ninguna de las cosas que se desenvolvía en la sociedad humana era un caso aislado. Todo tenía un orden. Los campos de la ciencia abarcaban muchas otras dimensiones. Los misterios dentro de lo inexplicable tenían su origen en la fe, en la creencia en que existían seres superiores, quienes -dicho en un lenguaje moderno- “administraban” los asuntos humanos. Por supuesto, la base de esta ciencia, el orden de estos fenómenos, desde arriba hasta abajo, eran regidos por una característica: la consideración hacia el prójimo. Éste era el punto de equilibrio.
Este concepto tan simple, trae enormes diferencias en la práctica. Tomemos un ejemplo para ilustrar este punto: en la antigüedad, sobre todo en Oriente, de donde proviene la ciencia más antigua de esta civilización, una vez enferma una persona, se buscaban las causas en su vida y en su relación con el cosmos. No sólo se limitaba a la razón superficial de esta dimensión. En estos términos, era un tipo de ciencia con una mentalidad mucho más amplia que la actual.
Esta ciencia explicaba que todo en el mundo humano fue creado para beneficio del hombre, pero que el hombre debía ser capaz de manejarlo con consideración. Los bosques debían ser explotados, pero tomando medidas para no destruirlos. Los animales podían ser usados como fuente de alimento, pero sin llegar al exceso. Cuando la humanidad enfrentaba catástrofes o desgracias, se debía a que los pecados del hombre recibían un castigo divino. El avance de la humanidad, según este tipo de ciencia, iba mano a mano a la elevación espiritual y moral. Donde reinaba la paz y la armonía, donde los corazones de la gente eran buenos, ¡raramente habría catástrofes! El dicho, “el bien es recompensado y el mal recibe su castigo” era una regla de oro.
Entonces, con respecto a la ciencia actual, ¿dónde yace la gran diferencia? En principio, la ciencia actual sólo toma los fenómenos como cuestiones aisladas y no como un conjunto de factores interrelacionados. La medicina moderna se ha desarrollado de modo que sólo se buscan las causas de las enfermedades en la superficie. ¿Y cuáles son las consecuencias? Las personas han perdido la habilidad para relacionar sus enfermedades con su conducta diaria y con la actitud en su vida. Esto provoca que las personas -y en una escala más grande, la humanidad- se consideren seres individuales aislados, y no parte de un conjunto de seres, de un sistema. En otras palabras, se ha generado inconscientemente una mentalidad egoísta y egocéntrica.
Muchos podrán decir que la ciencia de hoy está trayendo grandes progresos a la humanidad y que la tecnología ha alcanzado un alto grado de desarrollo, pero, si miramos esto dialécticamente, la ciencia empírica actual está limitando al hombre, encerrándolo cada vez más entre los límites que nos permiten percibir nuestros sentidos.
Lo que no se pueda medir ni explicar con los parámetros marcados por la misma ciencia, no existe, se niega o se ignora. La consecuencia directa de esto es la negación del carácter espiritual de la sociedad y la aparición del materialismo como parámetro para juzgar los fenómenos.
Esto lleva a que hoy en día se mide el “bienestar” de una familia o de un país, según su nivel de vida, posesiones materiales e ingresos económicos. Una persona es feliz si posee un buen auto, o si es dueño de una casa, pero no se menciona la cualidad moral de las personas, si es un buen padre o madre, o si es una persona generosa, si tiene la capacidad de perdonar a otros y no competir dañando a los demás cuando hay intereses de por medio. Los valores morales parecen ya no ser parte de las “cualidades” de la gente.
Otra consecuencia de esta ciencia material es que las personas hoy en día están cada vez más dependientes de los aparatos modernos y, básicamente, han reemplazado el uso de la imaginación y de la inteligencia humana por la inteligencia artificial: las computadoras. Éstas parecen ser quienes guían y dirigen a la humanidad actual, trayendo por una parte cierta comodidad a la vida diaria, pero por otro lado reforzando el carácter materialista de esta sociedad y expulsando de la misma a quienes no tienen acceso a ellas.
Es muy difícil retornar al antiguo camino de la ciencia y de la sociedad humana, y es más difícil todavía imaginarse cómo sería eso. Este artículo sólo tiene el objetivo de plantear una cuestión fundamental: el problema actual no yace en las soluciones superficiales que pueden proveer las leyes o cualquier tipo de imposición. El materialismo y el empirismo llevados al extremo provocaron el marcado individualismo de la sociedad de hoy, en la que parece que no se puede confiar en nadie y tampoco se ve ninguna salida. Pensar en que los humanos pudieran verse como partes de un mismo “todo”, recuperaran su naturaleza social y volvieran a estar en armonía con su entorno, puede parecer una utopía para muchos. Pero no hay más que recordar que el hombre alguna vez supo vivir así, que por naturaleza el hombre está preparado para vivir en conformidad con las leyes naturales, y entonces sólo se trata de recordar cómo éramos hasta no hace mucho.









