Érase una vez un discípulo de una escuela budista que practicaba la cultivación con su Maestro. Un día, el discípulo estaba meditando con el Maestro cuando de repente le preguntó: "Maestro, no puedo ver el paraíso de la Felicidad Suprema. ¿Cómo puedo creer que existe?"
El Maestro no respondió nada. Se levantó, llevó al discípulo a un cuarto muy oscuro y dijo: "Hay un martillo en la esquina de esta habitación”. El cuarto era tan sombrío que el discípulo no podía ver nada incluso abriendo sus ojos tanto como le fue posible; entonces le dijo a su Maestro que no podía ver nada.
Luego el Maestro encendió una vela. A la luz de la vela, vieron el martillo en la esquina de la habitación. El Maestro le dijo a su discípulo: "¿Es que algo no existe simplemente porque no puedes verlo?" Las palabras entonces golpearon al discípulo, que comprendió de pronto. Después de eso, practicó la cultivación de modo diligente.
Esta historia tiene implicaciones profundas. Piensen en esto: Como seres vivos en la oscuridad y el caos, ¿realmente comprendemos nuestro cuerpo, nuestra vida y el Universo? Si persistimos en nuestra manera tradicional de pensar y nos negamos a admitir las cosas que no podemos ver, no demostramos un espíritu científico.
Debemos comprender que el hecho de que las cosas que no pueden ser explicadas por nuestra ciencia moderna, empírica y poco desarrollada, no significa necesariamente que no existan.
La inmensa y profunda cultura de la cultivación taoísta y budista aportó miles de años de brillante civilización. Es también un camino luminoso que se nos dejó para poder eliminar la insensatez y la ignorancia y poder caminar hacia la rectificación de nuestra comprensión del Universo.









