Posadas de lujo en Portugal representadas por castillos, palacios y conventos
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Hace unos 70 años comenzó en Portugal una iniciativa estatal para construir hoteles regionales donde los viajeros podían disfrutar de la cultura local, la cocina y la arquitectura. El concepto se amplió unos años más tarde para incluir la recuperación y restauración de los edificios centenarios del país, castillos deteriorados, palacios, conventos y monasterios para convertirlos en hoteles de lujo.
Hoy en día hay más de 40 de estas posadas por todas partes de Portugal con precios razonables, gestionadas por el Grupo Hotelero Pestana.
Construidas sobre las ruinas del pasado épico de Portugal y contemporizadas por renombrados arquitectos portugueses, con un enfoque en el confort y la elegancia, estas posadas históricas iban conmigo. Y así surgió una misión: llegar a conocer el sur de Portugal, de posada en posada.
Alcácer do Sal
Cuando llegamos a la tranquila ciudad de Alcácer do Sal, a 95 kilómetros al sur de Lisboa, no había un castillo a la vista. Nos detuvimos en una curva a lo largo de la calle principal del pueblo, justo cuando un joven salía paseando de un restaurante hacia nosotros.“¿Pousada de Don Afonso II?”, le pregunté.
Señaló el escarpado promontorio que ascendía detrás del restaurante.Cuando alcanzamos la escarpada cumbre, la silueta de un muro ondulado y una torre de piedra iluminados por un ardiente atardecer saltaban a la vista. “Tienes que visitar el museo”, sugirió Paolo Aleixo, nuestro encantador conserje, mientras nos acompañaba a nuestra habitación.
El viaje duró una media hora, serpenteando por el laberinto del claustro y el patio, los nichos ocultos, los glamurosos salones, un amplio restaurante y un bar. No podíamos evitar comernos con los ojos las suntuosas tapicerías antiguas, el mobiliario contemporáneo, la artesanía local y los artefactos antiguos. Arcos gigantes, amplias escaleras y pasillos de varias plantas recordaban el dramático paisaje de cumbres que franqueamos fuera.
A la mañana siguiente, deambulamos por el museo arqueológico debajo de la posada. Una excavación muestra restos estratificados de la Edad del Hierro (siglo VII), de la época romana, la musulmana, la medieval y de civilizaciones modernas. El arroz, los alcornoques, las uvas y las aceitunas que crecen en el fértil valle de los alrededores y cerca de la cercana costa del Atlántico explican por qué los conquistadores a lo largo de los siglos libraron batallas para gobernar aquí.
El arquitecto portugués Diogo Lino Pimentel levantó elegantemente esta posada, en los años noventa, sobre las ruinas de un castillo árabe del siglo VIII, renovando además su palacio del siglo XII y reemplazando un convento del siglo XVI. Los restos de los tres se conservan. El terreno incluye un jardín bien cuidado con higueras, un enrejado de vid, un nopal, y una atractiva piscina color turquesa, con bar exterior.
Estoi
Llegar a la Posada de Estoi, coloreada de un rosa Pepto-Bismol del siglo XVIII, y el palacio rococó, con sus jardines de varias alturas, es como deslizarse dentro un pastel de bodas. Un paisaje de suaves ondulaciones que se podría confundir con la Toscana envuelve a Estoi. En un día claro, la sureña costa del Algarve aparece enfocada.
Faro, una aldea prehistórica pesquera, capital de la región del Algarve desde 1756, está a sólo 9,5 kilómetros de distancia.
Inaugurada en 2009, la Posada merece la mejor nota en belleza, originalidad y proximidad a una gran variedad de playas extraordinarias: está la popular Albufeira al oeste, y la familiar Tavira al este.
Tomamos el sol en cada una y consideramos Ilha de Tavira -una mota de una isla de 11 Km. de largo y 500 m. de ancho- más auténtica por su refrescante ausencia del flash de los turistas.
Faro muestra un abandono insensato. Edificios tapiados, con ventanas rotas y fachadas desconchadas, permanecen junto a elegantes boutiques. Sorbimos saladas ostras crudas -las mejores que he probado- en Faro, en el Restaurante Benfica, con vistas al pintoresco puerto deportivo de la ciudad.
Estas emanaban una frescura nítida, como si hubieran sido sacadas del mar momentos antes de servirlas sobre nuestros platos. Me di el gusto mucho más allá de la mitad que me correspondía. Nuestra entrada de risotto de marisco, deliciosamente combinado con un vino blanco seco del norte de Portugal, dejó recuerdos perdurables.
Évora
No hay nada más sublime que pasear por esta encantadora ciudad amurallada, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. La Pousada dos Lóios se sitúa en el punto más alto, donde las estructuras de románico, gótico y barroco convergen.
Como antiguo convento, la posada cuenta con algunos de los lugares más tentadores de la ciudad para los vecinos. Nos dimos un paseo por varios siglos en menos de una hora.La Capilla de los Huesos (Capela dos Ossos), en la Iglesia de San Francisco (Igreja de São Francisco), es una capilla macabra que hay que ver.
Los cráneos y huesos de 5.000 cadáveres desenterrados y cuidadosamente ensamblados por los monjes franciscanos en el siglo XVII alinean los muros. La sombría inscripción “Nuestros huesos esperan a los vuestros” saluda a los visitantes en la entrada.
Para aligerar el ambiente esa noche, desfilamos hacia el Restaurante 1/4 Para As 9, justo a tiempo para arrebatarles la última mesa al aire libre. Una pareja británica de viajeros expertos cenaba en la mesa de al lado. Keith y Christie nos contaron que pasaron el día en Estremoz, a 48 Km. al noreste, visitando la posada donde se habían hospedado 40 años atrás.
Tan bella como la recordaban, sonreían radiantes. No pudimos resistirnos a echarle un vistazo al día siguiente. La Pousada Rainha Santa Isabel se eleva sobre el paisaje de fama mundial de Estremoz, de mármol blanco como la nieve. Construido en el siglo XIII por el rey Don Dinís para su esposa, Isabel de Aragón, es un extravagante tour-de-force.
Dimos un paseo a través de su adornado lobby, salas de estar y comedor, exquisitamente decorados con antigüedades. Un escenario como este merecía un acontecimiento digno. Entró una novia y su séquito.
Palmela
Concluimos que no había manera de que nuestra última posada pudiera estar al nivel de nuestras aventuras previas. Sin embargo, la Pousada de Palmela, un castillo del siglo XII convertido en monasterio en 1423, no defraudó.
La amplitud de sus terrenos y ruinas conservadas transmitían la ilusión de un espacio sin fin. Subimos y exploramos cada muro y torre de piedra, como niños desbocados a la hora del recreo. Amplias vistas de un bosque de pinos y cipreses -Parque Natural de Arrábida- se derraman en el Golfo de Setúbal.
Brindamos por nuestra última cena, un banquete de langosta y camarones, acompañado de un chispeante vino verde en un restaurante llamado acertadamente Portugal, mientras mirábamos con satisfacción a través de la bahía cómo los ferrys verde lima lánguidamente dejaban pasajeros de aquí para allá.
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