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La obsesión por evitar riesgos puede generar estancamiento

La gente obsesionada en evitar riesgos debería, al menos, atreverse a preguntarse: ¿Cambiaría positivamente mi personalidad y mi vida si corriera tal o cual riesgo?
Por Francisco Gavilán - La Gran Época
Vie, 2 Dec 2011 07:18 +0000

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¿Qué es un riesgo?

El riesgo no es emoción ni aventura. Tampoco es la probabilidad de éxito. Es, precisamente, la medida de la probabilidad del fallo, el cual se incrementa con el tamaño de la inversión. El miedo a correr riesgos es porque invertir emocional o financieramente en algo implica la posibilidad de pérdida. Mucha gente piensa, por ejemplo, que el matrimonio es una “aventura de riesgo” ¿No es acaso la elección de pareja una especie de lotería o azar que implica riesgo? Efectivamente, puede serlo.

Si considerásemos el porcentaje de divorcios y la “inversión” que se hace en este proyecto –emoción, ilusión, tiempo, y dinero— muchas personas reconsiderarían esta decisión. Todas las actividades humanas pueden interpretarse, en ciertos aspectos, como juegos de azar que implican riesgos. El ser humano es una criatura condenada a vivir entre riesgos y posibilidades. ¡Quien arriesga puede perder, pero quien no arriesga pierde siempre!

Es imposible progresar sin correr riesgos. Los riesgos son necesarios para crecer y madurar. Para agudizar la inteligencia. Para prosperar y aprender de nuestros errores.  Algunas veces caerás, pero te volverás a levantar. El riesgo y la inseguridad forman parte inherente de la vida y de la libertad. Pero es lo que te garantiza estar vivo. Si no corres riesgos, estás muerto. Sin asumir riesgos no habría inversiones empresariales.

Ni cambios de trabajo. Ni nuevos pisos. Ni nuevas amistades. Ni nuevos descubrimientos. ¡Ni nacimientos de bebés inesperados! Las gentes miedosas de correr riesgos se autoengañan. El miedo las esclaviza. Pierden la oportunidad de vivir la vida plenamente  al perseguir la seguridad completa. Son como ese preso miedoso que para asegurarse una perfecta organización para la fuga de la cárcel contrata los servicios de una agencia de viajes. La gente obsesionada en evitar riesgos debería, al menos, atreverse a preguntarse: ¿Cambiaría positivamente mi personalidad y mi vida si corriera tal o cual riesgo?

La doctora Elisabeth Kübler-Ross, una reconocida autoridad en dar apoyo a enfermos terminales, afirmaba que la respuesta más habitual de las personas que estaban a punto de morir a la pregunta “¿Qué haría si volviera a vivir?” era: “Me habría arriesgado más”.

Tolerancia de riesgoBasándose en la teoría de la probabilidad, se puede predecir, sin necesidad de acudir al astrólogo de cabecera, cuánto riesgo podría uno correr sin que tuviera que asumir pérdidas inaceptables. La “tolerancia de riesgo” varía, obviamente, de una persona a otra. Para determinar este cálculo personal, es preciso elaborar un inventario de evaluación.

En él hay que barajar el riesgo límite de perder dinero, de contraer compromisos, de ser rechazado, de perder poder o independencia, de ser superado por las expectativas de los demás, de ser atacado física o emocionalmente, de caer enfermo o de ser atropellado, entre otros parámetros. Lo que hay que evitar son riesgos obvios: permanecer en mitad de la carretera, por ejemplo, puedes ser atropellado por el tráfico de ambos sentidos.El objeto de esta evaluación es, pues, contemplar los posibles factores de riesgo para tomar una decisión con ciertas garantías.

Las nuevas experiencias siempre generan una dosis de ansiedad. Pero una forma de superarlo es tan fácil como “hacer números”. La evaluación te ayudará a sentirte más seguro y prevenir el futuro. Salvo que sea uno taxista, ¡los taxistas nunca saben dónde estarán dentro de cinco minutos!

El autor: Francisco Gavilán es escritor y psicólogo. Colabora habitualmente en publicaciones como El País, Psicología Práctica, Psychologies, Arte de vivir, etcétera. Es autor de numerosas obras  como los best-seller Ya no hay patitos feos, Toda esa gente insoportable, traducido a varios idiomas, o No se lo digas a nadie…así. 

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